ESMIRNA BARRERA

“Ya estoy cansada de esas llamadas telefónicas obscenas”. Tal comentario le hizo Himenia, célibe madura, a su amiguita Solia. Preguntó ésta: “¿Recibes muchas de esas llamadas?”. “No –replicó Himenia algo apenada–. Yo las hago”… Se iba a correr al día siguiente el derby de Kentucky. Los organizadores de la gran carrera se asombraron, y soltaron después la carcajada, cuando un hillbilly, astroso campesino, llegó a inscribir en la famosa competencia a su caballo, un matalote viejo, huesudo y derrengado. Le preguntaron al sujeto: “¿Qué edad tiene ese animal?”. Respondió el hombre: “Nueve años”. Volvieron a preguntarle, irónicos: “Y ¿por qué hasta ahora lo traes a la carrera?”. Respondió el campesino: “Porque hasta ayer lo pudimos agarrar. Usamos una motocicleta que levanta 200 kilómetros por hora, y aun así batallamos para darle alcance”… En su sermón el predicador clamó en tono apocalíptico: “¡El mundo va directo hacia el infierno, hermanos! ¡La fornicación se ha apoderado de la humanidad! ¡Cuántas formas adopta el pecado de lujuria! ¡Él con ella! ¡Ella con él! ¡Él con él! ¡Ella con ella!”. Un muchachillo adolescente que asistía al servicio se inclinó sobre su compañero de banca y le dijo al oído: “Se le olvidó el pecado de yo con yo”… Un lugareño llegó con su esposa al mostrador de la línea municipal de autobuses y le pidió al encargado: “Me da un boleto pa’ Polonia”. “¿Para Polonia? –sonrió el boletero–. No podemos darle ese servicio”. El tipo se volvió hacia su mujer y le dijo: “Te fregates, Apolonia”… El añoso caballero se quejaba con acento de aflicción: “Debo estar envejeciendo. Por la mañana me levanto sintiendo los efectos de la noche anterior, y resulta que la noche anterior no hice absolutamente nada”… Una señora iba en su vagoneta. Llevaba en el vehículo a sus dos pequeños hijos y a ocho chiquillos más, sus amiguitos, que iban con ellos a una fiesta de cumpleaños. Inadvertidamente la conductora se pasó un alto, y un patrullero de tránsito la hizo orillarse a la orilla –así le dijo– y la amonestó, severo: “Señora: ¿no sabe usted cuándo debe detenerse?”. Se apresuró a aclarar ella: “Nada más dos son míos”… Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, se compró con la tarjeta de crédito un vestido de 90 mil pesos. “¡90 mil pesos! –clamó desesperado don Sinople, su marido–. ¿Cómo voy a pagar ese dinero?”. “No lo sé –replicó doña Panoplia, displicente–. Soy tu esposa, no tu asesora financiera”… El dueño de la elegante residencia le mostró a Babalucas el reloj de sol que tenía como adorno en el jardín. Le explicó: “Según el Sol se va moviendo, la sombra de esta aguja de metal señala la hora marcada con números romanos en la piedra”. “¡Caramba! –exclamó admirado Babalucas–. ¡Lo que inventan los científicos modernos!”… Eran las 11 de la noche, y al policía de la colonia le llamó la atención ver que el señor de la casa 31 estaba sentado afuera, en el suelo, recargado en la pared. “¿Por qué está así, don Verelindo?” –le preguntó, extrañado–. Dijo el hombre: “Mi señora está ensayando para su recital de canto, y no quiero que los vecinos vayan a pensar que la estoy golpeando”… La esposa de don Languidio le contó a sus amigas en la merienda de los jueves: “A mi marido le pasa conmigo lo mismo que con su bicicleta estacionaria: se esfuerza, suda, puja, pero no llega nunca a ningún lado”… Un hado adverso ha perseguido siempre a don Augurio Malsinado. La otra noche vio a una sexoservidora que esperaba clientes en una esquina. Fue hacia ella y le pidió que lo acompañara a un motel cercano. Le dijo la mujer: “Esta noche no. Me duele la cabeza”…FIN.