Buenos días, doctor. Oh, es usted muy joven, no sé si pueda entenderme… ¡Ja! Perdone, solo quise incomodarlo un poco con lugares comunes de los pacientes ante el psicólogo. No es maldad, es que esa ha sido mi actividad desde hace muchísimos años: incomodar, pero solo un poco; crear algo de discordancia con el puro propósito de agregarle picante a la armonía. Me llaman Disonancia; me gusta ese nombre y me gusta ser quien soy. ¿Sabe?, me deleito provocando asperezas allí donde son necesarias para valorar mejor la suavidad. Muchos compositores me han empleado con maestría. Ahora mismo recuerdo a Pergolesi. ¡Ah, esos encuentros de tonos vecinos que se dan entre las dos líneas vocales al inicio de su Stabat Mater!: Aparezco en todo mi esplendor, ríspida, discordante, pero siempre llevando implícita una promesa de cordialidad. Soy —se me ocurre ahora mismo— el Juan Bautista de la música; la voz que clama en el desierto; anuncio la pronta venida de la consonancia. ¿Me permite sentarme en el piso? Este diván me resulta demasiado cómodo. 

No, no estoy aquí para recordar triunfos añejos. Vine porque desde hace tiempo tengo un conflicto existencial… inexistencial tal vez. Hay días en los que me siento indefinida, vaga; días en los que no encuentro mi individualidad y en los que parece que mi ser se evapora. ¿Cómo? Oh sí, comenzó a sucederme hace poco más de un siglo. Y sí, recuerdo una experiencia definitiva. 

Era otoño de 1924, me encontraba en el escenario junto a un ensamble de alientos. Tocábamos un quinteto de Arnold Schönberg. Exacto, precisamente él, el creador del serialismo dodecafónico; veo que sabe usted de música. ¡Oh! Schönberg… escuchar su nombre ya me produce vacío… Decía que ejecutábamos su quinteto op. 26. Pues bien, de pronto, en medio de la función, me sentí imperceptible. Sabía que tenía que estar allí, sin embargo mi presencia carecía de propósitos. ¿Cómo puedo explicarme mejor? Imagine un mundo donde todos son usted mismo, ¿cómo podría usted definirse? ¿Se puede pensar en un universo donde todo es disonante? Por supuesto que no, ¡careciendo de su opuesto, la disonancia deja de ser disonancia! ¿Cómo puede darse lo malo si no existe tal cosa como lo bueno?¿Cómo puedo seguir siendo yo misma si la definición de consonancia se ha diluido?… Sí, sí era música, pero una que no me dejaba ejercer mi esencia discordante; ¡no había acorde al cual violentar! ¿Ahora me explico?

No, no siempre me siento así. De hecho, poco tiempo después de aquella experiencia actué en una obra de Stravinsky en la que tuve gran protagonismo; me calmó unos días. Pero a lo largo del siglo XX tuve repetitivas crisis. ¡Es el vacío, la indefinición, la fisión del ser!… Sí. Asocio algunos nombres con esa sensación: Webern, Xenakis, Penderecki, Stockhausen… ¡muchos más! ¡Incontables!

Vaya. No esperaba hablar de eso, pero sí, tengo una relación de cientos de años con Tonalidad. No, ella no suele acudir a los conciertos donde se toca a Schönberg, Boulez, Cage, ninguno de ellos; ninguno de los que me causan sensaciones de indeterminación.

Sí, lo que usted me dice es cierto. No me había dado cuenta. No me había percatado de que mis crisis de indefinición estaban asociadas con la ausencia de Tonalidad. ¿Ella? No lo sé, al parecer puede estar cómoda sin mí, pero definitivamente se torna bastante aburrida.     

¿Codependencia emocional? ¡Vaya!, y… ¿Cree usted que podamos trabajar en ello? ¿Terapia de pareja? Claro, lo intentaré. ¿Sería tan amable de agendarme la próxima cita?, si ella accede vendremos juntos. Gracias. Es usted muy joven, ¿cómo es que pudo entenderme, doctor? ¡Ja!, sí, solo molestaba.