Manuel Bartlett, durante una conferencia de prensa ofrecida en septiembre de 2019 para hablar de la situación económica y de operatividad de la paraestatal. (FOTO: Cuartoscuro/Moisés Pablo)
El presidente López Obrador ha defendido de forma consistente a Manuel Bartlett de las acusaciones de corrupción que se acumulan a su alrededor y que tienen un costo político para él y su Gobierno ¿Cuánto tiempo más podrá mantener esta posición?

Casi cualquier político mexicano cuya trayectoria personal rebase las tres décadas se formó en el Partido Revolucionario Institucional, pues hasta hace poco, en México “todo mundo era priísta hasta que se demostrara lo contrario”, según reza una de las frases más famosas de nuestra historia moderna.

A partir de 1988, sin embargo, cuando los integrantes de la “Corriente Democrática” protagonizaron la primera gran fractura del PRI, casi todas las figuras emblemáticas de dicho partido terminaron por abandonarlo y eso significó, en muchos de los casos, el “reinicio” de la vida política para los expriístas.

El caso más emblemático, sin duda, es el del actual presidente Andrés Manuel López Obrador, quien inició su vida política en el PRI, fue su dirigente en Tabasco, pero toda la porción “exitosa” de su carrera la ha realizado fuera del Tricolor y combatiendo los usos y costumbres de dicho partido.

En otras palabras, para muchos políticos mexicanos el haber abandonado las filas del PRI y abjurar de su pasado les ha representado el “perdón” de cualquier pecado por parte de la ciudadanía.

Encumbrado nuevamente en el poder, gracias al nombramiento que le entregó López Obrador para dirigir la Comisión Federal de Electricidad, Bartlett ha protagonizado algunos de los episodios más escandalosos -con tufo a corrupción- del actual sexenio"

No es el caso de Manuel Bartlett Díaz. Representante del priísmo más jurásico, por más que milite desde hace un buen número de años en la oposición -y haya incluso “combatido” las políticas de su expartido desde el Poder Legislativo- al poblano se le percibe como un emisario del pasado, como un representante de la corrupción y la impunidad.

Encumbrado nuevamente en el poder, gracias al nombramiento que le entregó López Obrador para dirigir la Comisión Federal de Electricidad, Bartlett ha protagonizado algunos de los episodios más escandalosos -con tufo a corrupción- del actual sexenio.

Un patrimonio inmobiliario de cientos de millones de pesos que no declaró nunca; una docena de empresas -que convenientemente dirigen su hijos o su pareja sentimental-, la venta de ventiladores a sobreprecio en medio de la pandemia y ahora, la casa que ocupó López Obrador en campaña y ha adquirido el partido que fundó.

El Presidente ha defendido, una y otra vez, a su colaborador -¿y socio?- ante los señalamientos de presuntos actos de corrupción. Ante el escándalo de las propiedades no declaradas, la secretaria de la Función Pública, Irma Eréndira Sandoval, fue instruida para exonerarle de todo cargo.

Pero como bien dice la voz popular, “si el río suena es porque agua lleva” y en el caso de la familia Bartlett está claro que solamente es cuestión de buscar con paciencia y las evidencias de que el patriarca de dicha familia está lejos de haber abandonado las costumbres que aprendió en el partido que le dio la vida política, aparecerán.

Es previsible que López Obrador seguirá defendiendo a Bartlett y dirá -como ya lo ha dicho- que son intentos de “sus adversarios” para disminuirle, argumento que usa para no enfrentar el fondo del asunto. Es previsible también, desde luego, que los ciudadanos no comprarán el argumento y que el costo de mantener como aliado al poblado seguirá creciendo.