Especial
El portal Animal Político visitó un refugio de la sociedad civil para mujeres que sufrieron violencia extrema a manos de sus exparejas, donde se les ofrece un espacio seguro y confidencial, además de atención psicológica, medica, y asesoría legal

Por Manu Ureste (@ManuVPC) para Animal Político

Norma cuenta con una sonrisa relajada que, al fin, se siente segura. Que desde hace tres semanas las pesadillas ya no acuden a ella como un nubarrón que nunca pasa de largo, y que ya no le tiemblan las piernas, ni se le seca la boca, cuando escucha que un coche se estaciona y alguien toca la puerta.

“Salí de mi casa para huir de la muerte. Me fui para salvar mi vida y también la de mis hijos”, dice.

Norma, de la que no se darán detalles de su aspecto físico, y a la que, como al resto de sus compañeras, se le cambió el nombre por motivos de seguridad, cuenta su historia sentada en una butaca de un albergue de la Red Nacional de Refugios, donde elementos de seguridad privada custodian el inmueble las 24 horas del día.

Esta es la tercera vez que intenta huir de su expareja, un agente de policía que durante 10 años la bombardeó tanto físicamente, con puñetazos, patadas, y jalones de cabello, como psicológicamente, con insultos, menosprecios, humillaciones, y una asfixia económica que la llevó, incluso, a tener que racionar su comida para compartirla con sus hijos.

La primera vez que trató de huir de su agresor, narra Norma, acudió desesperada al DIF municipal en busca de ayuda. Pero allí, nadie la asesoró. Al contrario, le ofrecieron alternativas que no solo la pusieron a ella en riesgo, sino también a sus seres queridos.

“En el DIF nadie me abrió las puertas. Más bien, me aconsejaron que regresara con mi agresor, o que me refugiara con algún familiar o amiga”.

Norma tomó la segunda opción. Pero las consecuencias fueron fulminantes: su agresor la buscó primero en los domicilios de sus amistades, y luego fue recorriendo, una por una, las casas de sus hermanos, y de sus padres, hasta que la localizó, y, literal, la sacó de los pelos para introducirla en el coche.

Luego, amenazó a su familia para que se alejaran de ella. Y, por último, a Norma le advirtió que si volvía a dejarlo la mataba. Y a sus hijos también.

Desde entonces, lamenta Norma, su familia redujo al máximo el contacto con ella, por miedo a las represalias. Y durante mucho tiempo temió convertirse en una cifra más de la estadística del Sistema Nacional de Seguridad Pública, que señala que el número de investigaciones abiertas por feminicidio pasaron de 422 en 2015, a 872 en 2018, un crecimiento superior al 100 %.

Un día decidió intentar escapar de esa estadística.

Foto: Especial

Pero esta vez tenía otro plan: ya no buscaría asesoría en el DIF. Decidió que ya era el momento de dar un paso al frente y fue a denunciar ante el Ministerio Público. Aunque no resultó como ella lo imaginaba, con sonidos de sirenas y patrullas custodiando su casa, y policías poniéndole las esposas a su agresor para alejarla de ella.

“Fui a pedir ayuda. Les dije que estaba convencida de que quería denunciar porque ya no aguantaba más las palizas, pero me respondieron que estaban muy ocupados, y que volviera en una semana para tomarme la declaración”.

Nerviosa, y consciente de que si su pareja se enteraba del intento fallido de denuncia las agresiones podían escalar de gravedad, Norma cuenta que no tuvo pudor en rogar para que alguien la ayudara.

“Les dije: ‘no puedo regresar en una semana. ¿Qué no entienden? Si regreso con él, me mata’”.

Aun así, nadie le tomó declaración para levantar la denuncia, ni le ofrecieron apoyo. Pero un agente, tal vez conmovido por las súplicas, se le acercó y le informó de la existencia de la Red Nacional de Refugios.

Con las piernas temblorosas e imaginando que veía a su pareja acechando en cada esquina, Norma salió hacia al centro externo de la Red de Refugios, donde ofrecen un espacio a mujeres para recibir información y orientación sobre qué hacer en estos casos.

Allí, las psicólogas escucharon su testimonio, y de inmediato le ofrecieron la posibilidad de ingresar en un refugio de ubicación confidencial para que su pareja no la pudiera encontrar.

Norma no lo pensó dos veces.

Sin un peso en los bolsillos, con la misma ropa que llevaba puesta, y sin avisar a absolutamente nadie, ni siquiera a sus padres ni hermanos, tomó a sus hijos y se fue al refugio donde, ahora, lleva tres semanas tratando de rearmar su vida lejos de su agresor.

“Si no fuera por este Refugio, yo sería un feminicidio más”

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