Tres prácticas nos reúnen el día de hoy: prostitución, pornografía y vientres subrogados. ¿Qué son? ¿Prácticas de violencia y dominio patriarcal o de empoderamiento y libertad sexual y reproductiva? 

En principio se preguntarán: ¿qué tienen en común estas prácticas? La respuesta está en la cosificación y utilización del cuerpo femenino con fines lucrativos. 

No cabe duda de que el tema se presta a un debate al que no se ha llegado a una respuesta concreta y única. Por un lado, la postura regulacionista pretende explicar que la mujer tiene libertad de decisión sobre su cuerpo y la forma de utilizarlo, ya sea con fines de lucro o no. 

Por otro lado, la postura abolicionista defiende que no puede existir libertad de elección cuando se ejercita en un sistema capitalista y patriarcal y, por ende, busca erradicar cualquier práctica que atente contra la dignidad, libertad y derechos humanos de las mujeres.

Históricamente, el feminismo radical ha luchado contra la dominación masculina y las reivindicaciones prioritarias como raíz y base de la desigualdad del sistema patriarcal.

Según esta postura, la prostitución se encuentra en la intersección de dos sistemas de dominio y opresión: el capitalismo y el patriarcado. En el primero porque quien se encuentra en condiciones económicas menos favorables está para satisfacer al que se encuentra en mejores. Y en el patriarcado porque es la mujer quien existe para satisfacer al hombre. Esa es la prostitución. No es un trabajo sexual, es un sistema de violencia y explotación patriarcal. 

Por otro lado, se puede situar a la pornografía en un ejemplo de contexto actual y reciente: la plataforma OnlyFans. A pesar de que muchas mujeres utilizan esta plataforma en nombre del empoderamiento y libertad de sus cuerpos, lo cierto es que la industria pornográfica ha buscado reinventarse para obtener rédito del fenómeno conocido como las nudes. Esto se convierte en un medio más que replica la cultura patriarcal buscando la validación masculina y el dinero fácil. Además, deshumaniza y cosifica a las mujeres, reduciéndolas a objetos sexuales y de placer. 

Finalmente, en cuanto a los vientres subrogados, la postura abolicionista argumenta que no se alquila un órgano, sino a la mujer. Esta se convierte en un objeto de satisfacción, aprovechándose, en muchas ocasiones, de su necesidad económica. Los vientres de alquiler representan una de las tantas formas de explotación y esclavitud reproductora en prejuicio de las mujeres económicamente desfavorecidas y sujetas al servicio del deseo neoliberal. 

La soberanía sobre la capacidad y libre decisión reproductiva y ejercicio de la maternidad no reside en la libertad de ponerla en el mercado, sino en la posibilidad de decidir ejercitar tu propio derecho y deseo de ser madre sin mercantilizar los cuerpos de las mujeres. 

Pensar que las mujeres deciden prostituirse, entrar a la industria de la pornografía o alquilar su vientre es asumir que las mujeres eligen libremente ser oprimidas sexual y reproductivamente. Aunado al problema principal, el sistema patriarcal trata de hacernos creer que es empoderante, liberador y feminista. 

En resumen, cuando las prácticas se fundan e inscriben en reglas y dominaciones patriarcales, raciales y de clase, y no se garantizan otras alternativas de vida digna, no es posible hablar de libertad de elección. Esa decisión se encuentra condicionada. 

En su gran mayoría las mujeres que deciden hacer cualquiera de estas tres prácticas son víctimas de una situación que las obliga a decidirlo por su necesidad económica o por obligación derivado del contexto en el que viven. 

Es importante que como mujeres dejemos de realizarlas a nombre del empoderamiento y la libertad y, sobre todo, que estemos conscientes sobre la raíz y el fondo de cada práctica. No es concebible ejercitar una práctica de dominio patriarcal a nombre de nuestras libertades, pues como bien lo dijo Simone de Beauvoir: “El opresor no sería tan fuerte si no tuviera aliados entre los oprimidos”. 

En definitiva, la abolición de la explotación sexual y reproductiva en sus diversas manifestaciones no atenta contra ninguna libertad, sino que busca devolver las libertades negadas a las mujeres derivadas de su opresión sexual y reproductiva. Y no, no es utopía. El feminismo será abolicionista hasta que la última mujer quede liberada. 

La autora es asistente de investigación del Centro de Educación para los Derechos Humanos de la Academia IDH
Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH

Derechos Humanos S. XXI
Andrea Delgado Quintero