¿A qué huele Saltillo? Clase, trabajo y prejuicio en el mapa invisible de la ciudad
Cuando se pasan horas encerrado en un vehículo, el olfato deja de ser un sentido y se vuelve un instrumento de lectura.
Cierto día, mientras hacía la despensa, me detuvo su recuerdo en el pasillo de detergentes. Alguien había tirado suavizante de telas, justo el que ella usaba para su ropa; ese extra que combinaba a la perfección con su perfume y con el olor de su cabello, una tríada que dejé atrás, como a ella, justo al pasar por el área de panadería, de las especias, de los pescados y mariscos. Pero la idea del olfato habitó un tiempo más en mi cabeza.
Una consulta rápida en el teléfono me confirmó que la memoria olfativa es la capacidad del cerebro para almacenar, reconocer y evocar recuerdos intensos. Varias referencias apuntaban a que los olores transportan al pasado con una precisión que ni las fotografías ni las canciones tienen.
Las imágenes exigen mirar y los sonidos exigen escuchar. Como humanos, hacemos del olfato una puerta para perros: cualquier animal puede entrar y, si nos descuidamos, destrozarnos la casa de la memoria. Uno cree que va por despensa, pero termina con la sala destrozada.
Luego de las compras, recordé un cuadernillo que usaba cuando era conductor de aplicación. No era una bitácora de viaje ni un diario, sino algo más vergonzoso y secreto: un catálogo de olores. En él anotaba los olores más emblemáticos de cada usuario, sin nombres, sin rutas, sin historias completas; solo aquellos que viajaban un poco más en el asiento trasero, en la tela, en el aire, en la atmósfera de mis fosas nasales.
Durante un par de años trasladé de un lugar a otro a todo tipo de personas, de distintos sectores de Saltillo y municipios periféricos. Extranjeros, oficinistas, pobres, ricos, drogados, alcoholizados, trabajadores, trabajadoras, de día, de noche: todos, todos tenían su olor particular. Digo “particular” no como quien dice raro, sino como quien dice lo propio, lo singular, irrepetible, lo que se distingue de lo general, porque con el tiempo empecé a ver que se podían unir los olores de cada usuario.
No en un solo olor, sino en un mapa compuesto por pistas que, si uno se vuelve lo suficientemente obsesivo, termina leyendo como quien lee Google Maps.
LA BIBLIOTECA COTIDIANA
Al principio pensé que el olor de cada persona era apenas algo cotidiano: un cigarro, una comida, un perfume, un turno de trabajo, una noche sin dormir. Pero cuando uno pasa horas encerrado en un vehículo que se convierte en sala, cuarto, oficina, confesionario y transporte público privado, el olfato deja de ser un sentido y se vuelve un instrumento de lectura.
Uno aprende antes de que la persona hable: aprende a mover el espejo, a abrir un poco la ventana, a respirar por la boca, a callarse y aguantar el mareo. También aprende a notar cómo el olor permanece más que las personas cuando ya no están.
Después de mi trabajo habitual, encendí la aplicación. Eran las dos de la mañana. El viaje apareció en una ubicación conocida sobre el periférico Luis Echeverría. Iríamos a distintos puntos de la ciudad.
Tres jóvenes, dos hombres y una mujer, salieron por detrás del poste con la letra “M” amarilla. Reían con el cansancio de quien ha pasado demasiadas horas de pie. “Carlos, ¿verdad?”. “Buenas noches. Sí, adelante”. Al subir, pensé por un instante en una versión mexicana de Gorillaz: Murdoc, Noodle y Russel después de una jornada laboral. La imagen desapareció en cuanto cerraron las puertas de mi carro.
No olían mal, olían a aceite quemado. El aroma de la freidora venía con ellos como un segundo uniforme. Se pegó en los asientos, en mi nariz y llegó hasta mi estómago. ¿Cuánto tiempo habían estado parados frente a la freidora para hacerme sentir que estaba en su cocina? No era su olor, pensé después, era su turno.
Más adelante tuve que bajarme, bajo la luz de la luna y cerca de un terreno despejado, para orear el carro con las puertas abiertas. El viento nocturno hizo lo que pudo.
Aquel viaje me dejó ver que hay olores que no nacen de la persona, pero terminan pareciendo propios.
El oficio se adhiere al cuerpo como una segunda piel, aunque no quieras. Eso me llevó a pensar que, así como la ciudad se puede ver por sus horarios, también puede olerse por sus oficios. Desde entonces me imaginé la ciudad como una biblioteca invisible y al conductor como un bibliotecario que no juzga los libros por su portada, sino por su olor.
Con el tiempo dejé mi empleo y me dediqué de lleno a conducir para otros. Aprendí las horas secretas de medio Saltillo. Las entradas, las salidas, los puntos donde la ciudad respira de otro modo.
A las ocho de la noche, en ciertas zonas, comenzaban los viajes largos hacia cantinas y botaneros, dos lugares muy distintos, pero con cierta similitud de esencias. Saltillo 2000, El Toreo, Otilio, Mirasierra.
Las rutas componían una geografía menos visible que la de los mapas. Subían mujeres jóvenes arregladas como para una fiesta. Algunas llevaban perfumes caros; otras, fragancias árabes de nombres imposibles.
Había también quienes ocultaban su trabajo: subían con maleta, me pedían levantar el retrovisor y, con una veloz naturalidad que aún me inquieta, se cambiaban en la parte trasera. Luego se rociaban perfumes de botella larga, verdes, azules, rosas, sobre todo el cuerpo, como ocultándolo del destino.
De noche mareaba la fragancia; de regreso mareaba la madrugada. Ahí era cuando el perfume desaparecía. Al salir, el aroma ya no existía: lo habían eliminado el hedor del cigarro, el alcohol, el encierro, el sudor que ahora habitaba el carro.
El olor, en general, no era desagradable, pero había pasajeros que, al subir después de otro usuario, se quejaban y hasta me calificaban mal en la aplicación. Usuarios que también, de vez en cuando, volvían a aromatizarme “la oficina” rociándose perfume porque no regresaban a casa, sino al norte de la ciudad, a seguirle al “after”, a una reunión o a seguir trabajando.
Entonces entendí que el pasajero nunca entra a un espacio vacío. Entra al fantasma de un usuario desconocido. Y ahí ocurre algo extraño: la gente no se queja “del carro”, se queja del olor como si fuera culpa de alguien. Como si el olor fuera intencional, un mensaje, incluso una falta de respeto.
En una de esas madrugadas me di cuenta de que yo mismo estaba haciendo algo parecido: leía el olor como si fuera una señal, una prevención, un juicio.
NORTE Y SUR, LIMPIEZA Y URGENCIA
Seguía sin encontrar el dichoso cuaderno, pero recuerdo que también apunté el tema del norte y el sur de Saltillo. En el norte, los olores deambulaban entre palabras como fresco, tranquilo y limpio; en el sur, entre calor, urgencia y cansancio.
En su mayoría, esos olores se intensificaban entre el mediodía y las tres de la tarde. Eso ocurría en distintos puntos de la ciudad y entre semana; los fines de semana eran diferentes: antes de las siete de la tarde, el olor navegaba entre la paz y la serenidad.
Tampoco estoy hablando de un olor “objetivo” como el gas o la basura. Hablo de climas. De atmósferas. Hablo de cómo, sin querer, uno termina asociando zonas con palabras.
Y esas palabras no son inocentes. “Fresco” y “limpio” no solo describen aire: describen clase. “Cansancio” no describe solo el cuerpo; también describe jornada, salario, transporte, polvo. Uno cree que huele una calle, pero en realidad está oliendo una organización social.
Un sábado al mediodía recogí a un albañil en el norte de la ciudad. Tuvo la amabilidad de poner su suéter sobre el asiento para no mancharlo de polvo y soltó la típica frase: “ya terminamos con lo que deja y ahora vamos por lo que...”.
Reí por compromiso. Lo dejé en la Bellavista. Horas más tarde tuve la suerte de volver a ser su conductor. Recién se había bañado y olía al característico Old Spice, combinado con el perfume de moda en la época del narco en Saltillo, el Paris Hilton de hombre —no pregunten cómo lo sé—.
Hicimos dos paradas, ambas en Ramos Arizpe: primero pasó por su hija y luego los dejé en el cine. La persona era la misma, el olor no.
Ese trayecto me obligó a una pregunta simple y terrible: cuando decimos que alguien huele mal, ¿qué estamos oliendo? ¿El cuerpo? ¿El trabajo? ¿El cansancio? ¿El polvo? ¿La falta de tiempo para bañarse? ¿El mundo que esa persona trae encima?
Debo aceptar que el chisme me tiene aquí escribiendo. Y con ello reconozco ese olor chismoso, uno que identifiqué de inmediato cuando me tocó recoger a un señor en el fraccionamiento Buganvilias.
Era un güero, de traje, corbata y lentes negros. Esperé algún perfume caro, pero al subir lo acompañó el olor chismoso de la mariguana. “Saque”, le dije. Se rió. “Unos toquecitos para chambear a gusto”, me dijo, para luego darme un sermón sobre las bondades de fumar.
Ese contraste, ese “no era lo que esperaba”, es el mecanismo. El olfato también es una expectativa. Esperamos un olor según el lugar, la vestimenta, la hora, la cara. Y cuando no coincide, algo se estrella en nuestra cabeza. A veces nos reímos. A veces nos ponemos tensos. A veces juzgamos. Ahí el olfato, como la vista, también se equivoca.
LO EXTRANJERO, LO DESCONOCIDO
Otra madrugada fui a una palapa cerca de la Antonio Narro. El viaje estaba a nombre de Juan Hernández. Salieron tres personas, dos de ellas muy alcoholizadas. Era una pareja extranjera. El del viaje era Juan.
“Ahí te los encargo, no aguantaron el tequila”. Me dio un billete de quinientos. Iban al hotel Hyatt Place. Platicaron un momento y luego se quedaron dormidos. A mitad del camino sentí un golpe olfativo, seco, violento. Bajé un poco las ventanas; les dio frío; las subieron. No dije nada. Al llegar, los ayudé a bajar. Respiré. La propina valió el mareo.
El cuerpo reacciona antes que la cabeza. Eso es el olfato en su forma más antigua de defensa. Reacción. Reflejo. El olor entra y el cuerpo decide. El cuerpo se echa para atrás. El cuerpo se marea, se protege. Después llega el pensamiento con sus palabras: asco, incomodidad, peligro. El juicio llega detrás de la nariz.
Mi primer y último billete de mil pesos pertenece a esta historia. Eran las cuatro de la mañana y pasé por un grupo de taqueros en la Topo Chico —lo supe por lo que platicaron y porque intentaron tapar el olor a pastor con Hugo Boss—.
No se escuchaban tan borrachos, pero uno de ellos aseguraba que su novia, una mesera, le pondría el cuerno por irse temprano de la fiesta. Estaba necio con que, si pasaba eso, se iría de Saltillo para regresar al Estado. En el camino, no sé si por tristeza, enojo o su avanzada embriaguez, vomitó la puerta y el asiento.
Desde niño siempre odié ese olor, sobre todo porque desencadena una reacción casi idéntica en quien logra percibirlo. El carro quedó atrapado en ese olor físico, autoritario, absoluto.
Al llegar, sus amigos lo bajaron e intentaron limpiar el carro. No me enojé; de algún modo lo entendía. Me dieron un billete de mil pesos porque les había comentado que apenas empezaba el “turno”. Agradecieron y me dieron cinco estrellas de calificación. Fue mi primer vómito y mi último viaje.
Si uno pretende ser “objetivo” con el olfato, fracasa. Hay olores que anulan el pensamiento. El vómito no admite pensar más allá de una arcada. Es un olor que permanece. Y lo peor es que es físico. Pero la pregunta se pone más difícil cuando el olor no es vómito, no es gas, no es carne echada a perder. Cuando es un cuerpo.
Cuando es un hábito, una comida, un turno. Cuando es pobreza. Cuando es migración. Ahí el olfato deja de ser solo defensa y se convierte en una especie de frontera.
POCA CIENCIA PARA UN TEMA ENORME
Más tarde leí un artículo de la Gaceta de la UNAM que señala que “al igual que tenemos una huella digital, cada uno de nosotros posee una huella olfativa; es decir, cada persona tiene un olor único (...)”, y en ese artículo una oración me inquietó: “no hay persona sin olor”.
He percibido diversos olores en personas: a cebolla, a chile, a alberca pública, a tierra seca, a crema Pond’s, a aceite de motor, en una de esas hasta “obo”, pero nunca a alguien sin olor; hasta los muertos lo tienen. El olor puede ser mínimo, discreto, puede estar envuelto en perfume, jabón o hierbas aromáticas. Pero siempre está. A veces pensamos que alguien no huele o que huele como nuestra idea de normalidad.
También descubrí que el olfato envejece. El National Institute of Aging refiere que “cuando no se puede oler, la comida puede parecer insípida y podría ser más difícil saber si se ha echado a perder”. Qué difícil debe ser para una persona de la tercera edad no poder oler unos tacos al pastor o no advertir que el gas de la estufa se está fugando.
No poder diferenciar los olores buenos de los malos debe ser un problema grave. Según la doctora Alicia Castillo, profesora de neuroanatomía funcional de la Facultad de Medicina de la UNAM, “el olfato es un mecanismo de defensa para la sobrevivencia del ser humano (...).
Neurológicamente, el olfato está conectado al sistema autónomo del cerebro. Por eso, cuando olemos algo desagradable, reaccionamos, es decir, se activa ‘el reflejo de la arqueada’”.
Esa frase —reflejo de la arqueada— me acomodó un poco la idea de que el cuerpo no opina, sino que reacciona. La pregunta es qué hacemos después con esa reacción. Porque ahí comienza el dilema. Si el olfato nos defiende, ¿en qué momento nos vuelve injustos?
EL SISTEMA DE OLER ‘BIEN’
Hace poco trabajé con alguien que convivía con personas migrantes. Me dijo que muchas personas en tránsito, por el viaje desde su país hacia Estados Unidos, cargaban un olor característico, hecho de camino, encierro, miedo, sudor, ropa repetida, comida improvisada.
Luego leí un artículo del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM que recogía testimonios de agentes migratorios que explicaban que pueden identificar a una persona migrante en situación irregular incluso antes de hablar con ella: reconocen a los migrantes “por su comportamiento nervioso, por el color de su piel, por su vestimenta, pero sobre todo por su olor”.
Es inquietante que el olor del cuerpo pueda entrar en el repertorio con el que una autoridad identifica a una persona. Ahí veo que hasta oler “bien” tiene un precio y que el olor puede llegar a pesar incluso sobre tu estancia en un país.
Luego vi una publicación del antropólogo Anthony Synnott que destaca que “en total, la industria (del olor en Estados Unidos) tiene un valor de cerca de veinticuatro mil millones de dólares”.
“Dicen que el dinero habla; de ser así, nos dice que los olores son muy importantes”.
También revela que “la apreciación olfativa, sea positiva o negativa, también es construida, no sólo con recuerdos personales sino con enseñanzas y adiestramientos específicos, por parte de los padres y por expertos. Somos socializados en lo que nuestra cultura considera que huele bien o mal, y en un ‘gusto’ nasal”.
No solo olemos, aprendemos a oler. Aprendemos qué huele bien y qué huele mal. Aprendemos qué olor es “limpio” y qué olor es “extraño” o “sospechoso”. Aprendemos qué olor pertenece y qué olor estorba. Aprendemos a rechazar antes de preguntar. Y, si lo pensamos con calma, eso se parece demasiado a cómo funciona el prejuicio.
Entonces, ¿hasta qué punto nuestro agrado o disgusto por los olores nos lleva a un recuerdo? En mi caso, como conductor de Didi, me llevó por un camino creativo acerca del olor, pero también a percibir, de alguna forma, cómo cada núcleo social —si así pudiera llamarlo— en Saltillo tiene un olor característico. Y, a partir de ello, ¿hasta qué punto se puede discriminar a una persona por su olor en distintos contextos?
También están todos aquellos que intentan o logran —dentro de lo que cabe— oler bien. ¿Cuánto es el gasto mensual para adquirir productos que permitan lograr esa meta? A ella se suman el tipo de alimentación y los hábitos con los que se desarrolla un olor personal. ¿Hay malos hábitos? ¿Hay hábitos caros? ¿Hay hábitos que se notan, que se huelen, que delatan?
Los usuarios se quejaron en diversas ocasiones del olor en mi carro. No era mi culpa, era del usuario anterior. Unos se quejaban de que olía demasiado a perfume; otros, a sudor; otros, a hospital. Incluso me llegaron a preguntar por qué olía a pijama. ¿A qué huele la pijama? Todo dependía del usuario que se había bajado minutos antes de que el siguiente abordara.
Admito que compré un “aromatizante” que se popularizó después, durante la pandemia: un desinfectante de ropa. Duraba máximo seis viajes antes de tener que volver a rociar el asiento. Después resultó inviable económicamente. Los olores invadían el vehículo.
Las personas que se quejaban, en su mayoría, eran las que viajaban con un perfume en la bolsa. Llenaban el vehículo mientras disimulaban rociándose ellas mismas. Algodón de azúcar y panqué eran los más comunes. No era solo gusto: era su defensa, su “exceso” de percibir cualquier olor. Era como si buscaran no tocar el olor del otro.
Yo también caí en eso. Lo confieso sin orgullo. Más de una vez discriminé mentalmente a un usuario por su olor. Lo pensé como instinto de supervivencia, como precaución, como defensa ante lo desconocido. Pero también era costumbre. Era entrenamiento. Era miedo. Era ese atajo moral: si huele así, entonces es así.
MEMORIA NO ESCRITA
Seguía sin encontrar el cuaderno, pero sabía que existía porque lo había usado como depósito. No todo eran olores que te tapaban la nariz; también había otros que alcanzaban a acariciarte y subirte al cielo para luego, con el tiempo, dejarte caer sin paracaídas. En este caso, agradezco haber sido solo un observador.
Hay olores que uno no quiere guardar porque son demasiado íntimos. Olores que son personas. Olores que se quedan aunque los dejes atrás, como aquel suavizante en el pasillo de detergentes.
Un día encontré la libreta. No contenía grandes revelaciones. Solo palabras: alberca, chicle, llanta, crema para zapatos, carnicería. Y en una hoja final, como una advertencia doméstica y trágica, había escrito: “Vel rosita combinado con perlas aromáticas de Downy —no comprar—”.
Creo que esa última línea parece un chiste, pero “no comprar” no era solo una nota en mi libreta: era una decisión contra el regreso. Era decirle a la memoria que no abriera esa puerta. Porque así es el olfato: mecanismo de defensa para la supervivencia y, al mismo tiempo, mecanismo de regreso involuntario. Un librero de huacales: cualquier movimiento y se cae.
No hay persona sin olor. Y, por lo mismo, no hay ciudad sin su mapa invisible. Lo difícil no es reconocerlo, sino aceptar que, con la nariz, también construimos jerarquías. Que la línea entre instinto y prejuicio —¿a qué olería el Sr. Darcy?— puede ser tan minúscula como el orificio por donde se pulveriza un perfume.
Saltillo, visto desde el asiento de un conductor, no era solo una suma de calles, colonias, horarios y tarifas. Era una constelación de olores. Aceite viejo en un uniforme. Alcohol y cigarro en el cabello planchado. Perfume de botella larga antes de entrar a trabajar. Pastor marinado bajo un Hugo Boss. Polvo de obra cubierto después por Old Spice. Suavizante tirado en el pasillo de un supermercado.
Quizá todo olor sea una biografía involuntaria. Llega con trabajo, con cansancio, con clase, con comida, con miedo, con deseo, con memoria. Nadie entra solo a un automóvil. Entra también lo que hizo, lo que comió, lo que perdió, lo que no pudo lavar, lo que intentó esconder, lo que el mundo le dejó encima.
Y a veces, entre todos esos olores, vuelve aquel suavizante derramado en el pasillo de detergentes. Uno lo deja atrás como deja atrás ciertas vidas. Pero sabe, con una certeza humillante, que algún día la nariz volverá a encontrarlo. Entonces el pasado abrirá su puerta diminuta y entrará, sin pedir permiso, el animal rabioso de la memoria.
No se escuchaban tan borrachos, pero uno de ellos aseguraba que su novia, una mesera, le pondría el cuerno por irse temprano de la fiesta. Estaba necio con que, si pasaba eso, se iría de Saltillo para regresar al Estado. En el camino, no sé si por tristeza, enojo o su avanzada embriaguez, vomitó la puerta y el asiento.
Desde niño siempre odié ese olor, sobre todo porque desencadena una reacción casi idéntica en quien logra percibirlo. El carro quedó atrapado en ese olor físico, autoritario, absoluto.
Al llegar, sus amigos lo bajaron e intentaron limpiar el carro. No me enojé; de algún modo lo entendía. Me dieron un billete de mil pesos porque les había comentado que apenas empezaba el “turno”. Agradecieron y me dieron cinco estrellas de calificación. Fue mi primer vómito y mi último viaje.
Si uno pretende ser “objetivo” con el olfato, fracasa. Hay olores que anulan el pensamiento. El vómito no admite pensar más allá de una arcada. Es un olor que permanece. Y lo peor es que es físico. Pero la pregunta se pone más difícil cuando el olor no es vómito, no es gas, no es carne echada a perder. Cuando es un cuerpo.
Cuando es un hábito, una comida, un turno. Cuando es pobreza. Cuando es migración. Ahí el olfato deja de ser solo defensa y se convierte en una especie de frontera.
POCA CIENCIA PARA UN TEMA ENORME
Más tarde leí un artículo de la Gaceta de la UNAM que señala que “al igual que tenemos una huella digital, cada uno de nosotros posee una huella olfativa; es decir, cada persona tiene un olor único (...)”, y en ese artículo una oración me inquietó: “no hay persona sin olor”.
He percibido diversos olores en personas: a cebolla, a chile, a alberca pública, a tierra seca, a crema Pond’s, a aceite de motor, en una de esas hasta “obo”, pero nunca a alguien sin olor; hasta los muertos lo tienen. El olor puede ser mínimo, discreto, puede estar envuelto en perfume, jabón o hierbas aromáticas. Pero siempre está. A veces pensamos que alguien no huele o que huele como nuestra idea de normalidad.
También descubrí que el olfato envejece. El National Institute of Aging refiere que “cuando no se puede oler, la comida puede parecer insípida y podría ser más difícil saber si se ha echado a perder”. Qué difícil debe ser para una persona de la tercera edad no poder oler unos tacos al pastor o no advertir que el gas de la estufa se está fugando.
No poder diferenciar los olores buenos de los malos debe ser un problema grave. Según la doctora Alicia Castillo, profesora de neuroanatomía funcional de la Facultad de Medicina de la UNAM, “el olfato es un mecanismo de defensa para la sobrevivencia del ser humano (...).
Neurológicamente, el olfato está conectado al sistema autónomo del cerebro. Por eso, cuando olemos algo desagradable, reaccionamos, es decir, se activa ‘el reflejo de la arqueada’”.
Esa frase —reflejo de la arqueada— me acomodó un poco la idea de que el cuerpo no opina, sino que reacciona. La pregunta es qué hacemos después con esa reacción. Porque ahí comienza el dilema. Si el olfato nos defiende, ¿en qué momento nos vuelve injustos?
EL SISTEMA DE OLER ‘BIEN’
Hace poco trabajé con alguien que convivía con personas migrantes. Me dijo que muchas personas en tránsito, por el viaje desde su país hacia Estados Unidos, cargaban un olor característico, hecho de camino, encierro, miedo, sudor, ropa repetida, comida improvisada.
Luego leí un artículo del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM que recogía testimonios de agentes migratorios que explicaban que pueden identificar a una persona migrante en situación irregular incluso antes de hablar con ella: reconocen a los migrantes “por su comportamiento nervioso, por el color de su piel, por su vestimenta, pero sobre todo por su olor”.
Es inquietante que el olor del cuerpo pueda entrar en el repertorio con el que una autoridad identifica a una persona. Ahí veo que hasta oler “bien” tiene un precio y que el olor puede llegar a pesar incluso sobre tu estancia en un país.
Luego vi una publicación del antropólogo Anthony Synnott que destaca que “en total, la industria (del olor en Estados Unidos) tiene un valor de cerca de veinticuatro mil millones de dólares”.
“Dicen que el dinero habla; de ser así, nos dice que los olores son muy importantes”.
También revela que “la apreciación olfativa, sea positiva o negativa, también es construida, no sólo con recuerdos personales sino con enseñanzas y adiestramientos específicos, por parte de los padres y por expertos. Somos socializados en lo que nuestra cultura considera que huele bien o mal, y en un ‘gusto’ nasal”.
No solo olemos, aprendemos a oler. Aprendemos qué huele bien y qué huele mal. Aprendemos qué olor es “limpio” y qué olor es “extraño” o “sospechoso”. Aprendemos qué olor pertenece y qué olor estorba. Aprendemos a rechazar antes de preguntar. Y, si lo pensamos con calma, eso se parece demasiado a cómo funciona el prejuicio.
Entonces, ¿hasta qué punto nuestro agrado o disgusto por los olores nos lleva a un recuerdo? En mi caso, como conductor de Didi, me llevó por un camino creativo acerca del olor, pero también a percibir, de alguna forma, cómo cada núcleo social —si así pudiera llamarlo— en Saltillo tiene un olor característico. Y, a partir de ello, ¿hasta qué punto se puede discriminar a una persona por su olor en distintos contextos?
También están todos aquellos que intentan o logran —dentro de lo que cabe— oler bien. ¿Cuánto es el gasto mensual para adquirir productos que permitan lograr esa meta? A ella se suman el tipo de alimentación y los hábitos con los que se desarrolla un olor personal. ¿Hay malos hábitos? ¿Hay hábitos caros? ¿Hay hábitos que se notan, que se huelen, que delatan?
Los usuarios se quejaron en diversas ocasiones del olor en mi carro. No era mi culpa, era del usuario anterior. Unos se quejaban de que olía demasiado a perfume; otros, a sudor; otros, a hospital. Incluso me llegaron a preguntar por qué olía a pijama. ¿A qué huele la pijama? Todo dependía del usuario que se había bajado minutos antes de que el siguiente abordara.
Admito que compré un “aromatizante” que se popularizó después, durante la pandemia: un desinfectante de ropa. Duraba máximo seis viajes antes de tener que volver a rociar el asiento. Después resultó inviable económicamente. Los olores invadían el vehículo.
Las personas que se quejaban, en su mayoría, eran las que viajaban con un perfume en la bolsa. Llenaban el vehículo mientras disimulaban rociándose ellas mismas. Algodón de azúcar y panqué eran los más comunes. No era solo gusto: era su defensa, su “exceso” de percibir cualquier olor. Era como si buscaran no tocar el olor del otro.
Yo también caí en eso. Lo confieso sin orgullo. Más de una vez discriminé mentalmente a un usuario por su olor. Lo pensé como instinto de supervivencia, como precaución, como defensa ante lo desconocido. Pero también era costumbre. Era entrenamiento. Era miedo. Era ese atajo moral: si huele así, entonces es así.
MEMORIA NO ESCRITA
Seguía sin encontrar el cuaderno, pero sabía que existía porque lo había usado como depósito. No todo eran olores que te tapaban la nariz; también había otros que alcanzaban a acariciarte y subirte al cielo para luego, con el tiempo, dejarte caer sin paracaídas. En este caso, agradezco haber sido solo un observador.
Hay olores que uno no quiere guardar porque son demasiado íntimos. Olores que son personas. Olores que se quedan aunque los dejes atrás, como aquel suavizante en el pasillo de detergentes.
Un día encontré la libreta. No contenía grandes revelaciones. Solo palabras: alberca, chicle, llanta, crema para zapatos, carnicería. Y en una hoja final, como una advertencia doméstica y trágica, había escrito: “Vel rosita combinado con perlas aromáticas de Downy —no comprar—”.
Creo que esa última línea parece un chiste, pero “no comprar” no era solo una nota en mi libreta: era una decisión contra el regreso. Era decirle a la memoria que no abriera esa puerta. Porque así es el olfato: mecanismo de defensa para la supervivencia y, al mismo tiempo, mecanismo de regreso involuntario. Un librero de huacales: cualquier movimiento y se cae.
No hay persona sin olor. Y, por lo mismo, no hay ciudad sin su mapa invisible. Lo difícil no es reconocerlo, sino aceptar que, con la nariz, también construimos jerarquías. Que la línea entre instinto y prejuicio —¿a qué olería el Sr. Darcy?— puede ser tan minúscula como el orificio por donde se pulveriza un perfume.
Saltillo, visto desde el asiento de un conductor, no era solo una suma de calles, colonias, horarios y tarifas. Era una constelación de olores. Aceite viejo en un uniforme. Alcohol y cigarro en el cabello planchado. Perfume de botella larga antes de entrar a trabajar. Pastor marinado bajo un Hugo Boss. Polvo de obra cubierto después por Old Spice. Suavizante tirado en el pasillo de un supermercado.
Quizá todo olor sea una biografía involuntaria. Llega con trabajo, con cansancio, con clase, con comida, con miedo, con deseo, con memoria. Nadie entra solo a un automóvil. Entra también lo que hizo, lo que comió, lo que perdió, lo que no pudo lavar, lo que intentó esconder, lo que el mundo le dejó encima.
Y a veces, entre todos esos olores, vuelve aquel suavizante derramado en el pasillo de detergentes. Uno lo deja atrás como deja atrás ciertas vidas. Pero sabe, con una certeza humillante, que algún día la nariz volverá a encontrarlo. Entonces el pasado abrirá su puerta diminuta y entrará, sin pedir permiso, el animal rabioso de la memoria.