¿Convertimos el cielo en una bodega de cables?
El crecimiento de la conectividad requiere mayor orden y mantenimiento de la infraestructura instalada
Vivimos en una ciudad que necesita estar conectada. Internet dejó de ser un lujo para convertirse en infraestructura indispensable para trabajar, estudiar y comunicarnos. Pero esa conectividad tiene una expresión física que pocas veces cuestionamos: miles de cables extendidos sobre nuestras calles.
Basta levantar la mirada en Saltillo. En algunos postes encontramos verdaderas marañas donde coinciden conductores de energía eléctrica, telefonía, televisión e internet. A ellos se agregan líneas aparentemente fuera de servicio y rollos de cable que permanecen colgados después de una instalación.
La ciudad digital también ocupa espacio.
El problema no es ampliar la conectividad. Aparece cuando las redes crecen sin suficiente orden, mantenimiento y retiro de infraestructura que dejó de utilizarse. Hay postes saturados, cables demasiado bajos y estructuras visiblemente inclinadas que merecen una revisión técnica. Además del posible riesgo, este desorden genera una contaminación visual que hemos terminado normalizando.
Aquí existe una responsabilidad empresarial que debemos comenzar a exigir.
Las compañías de energía y telecomunicaciones no deberían limitar su trabajo a instalar una nueva línea y conectar al usuario. La infraestructura que colocan continúa siendo su responsabilidad. Mantenerla, identificarla, ordenarla y retirar aquello que dejó de prestar servicio debería formar parte del mismo proceso.
El espacio público no puede convertirse en una bodega aérea donde diferentes empresas agregan cables indefinidamente. Antes de colocar una nueva línea habría que conocer qué infraestructura existe, cuál continúa funcionando y cuál puede retirarse. Los rollos sobrantes tampoco deberían permanecer durante meses o años colgados de postes y fachadas.
Pero existe otro protagonista: el árbol.
Cuando las ramas interfieren con las redes, con demasiada frecuencia la solución consiste en cortar la vegetación. Aparecen copas partidas, árboles mutilados y ejemplares que pierden en minutos la sombra que tardaron años en producir.
La paradoja es evidente: mientras hablamos de ciudades sostenibles, adaptación al cambio climático, reducción de islas de calor y necesidad de incrementar el arbolado, seguimos tratando al árbol como si fuera el elemento que estorba.
Por supuesto que existen podas necesarias, especialmente cuando está comprometida la seguridad de una red eléctrica. Pero podar técnicamente no significa mutilar. Las empresas que trabajan alrededor de los árboles deben realizar sus intervenciones con personal capacitado y criterios que permitan hacer compatibles la infraestructura y la vegetación. La solución más fácil no puede ser siempre cortar el árbol para abrir espacio a otro cable.
Las propias compañías podrían impulsar inventarios de sus líneas, programas permanentes de retiro de infraestructura en desuso y una mejor coordinación entre operadores. En nuevos desarrollos también deberían explorarse ductos compartidos y redes subterráneas cuando sean técnica y económicamente viables.
Los ciudadanos también tenemos una responsabilidad. Dejemos de acostumbrarnos a las marañas de cables como si fueran inevitables. Podemos documentar y reportar postes inclinados, cables caídos o demasiado bajos, rollos abandonados y daños al arbolado. Tampoco debemos manipular instalaciones ni cortar árboles por nuestra cuenta para liberar una línea.
No se trata de escoger entre árboles o telecomunicaciones. Necesitamos ambos. Pero tampoco podemos aceptar que cada nueva conexión deje detrás más cables abandonados, postes sobrecargados o árboles mutilados.
El llamado debe ser claro: que cada empresa se haga responsable de lo que instala, que identifique sus cables, mantenga sus redes y retire aquello que ya no utiliza. Y nosotros, como usuarios, debemos exigirlo y reportar aquello que represente riesgo o deterioro del espacio urbano.
Pagamos por estar conectados. Es razonable exigir que esa conectividad no deje su desorden sobre nuestras calles. Levantemos la mirada. Un cable que ya no sirve no tiene por qué permanecer años sobre nuestras cabezas y un árbol no debería pagar el precio de nuestra creciente necesidad de conexión.
La tecnología debe adaptarse a la ciudad; la ciudad no debería seguir sacrificándose para hacerle espacio a la tecnología.