¿Qué tan sostenible es Saltillo?
La sostenibilidad tiene un costo para la ciudad, pero no ser sostenible puede tener un impacto mayor.
Saltillo está cambiando. Nuevos desarrollos verticales modifican su paisaje, aparecen proyectos de usos mixtos, crece la actividad industrial, se transforma la movilidad y la ciudad continúa extendiéndose. El crecimiento es evidente. La pregunta es si también estamos construyendo una ciudad sostenible.
La sostenibilidad suele explicarse mediante tres pilares: económico, social y ambiental. Parece sencillo, pero equilibrarlos es uno de los mayores retos de cualquier ciudad.
Saltillo tiene una economía dinámica, genera empleo y mantiene una importante vocación industrial. Ese crecimiento representa inversión y oportunidades, pero también demanda vivienda, vialidades, transporte, agua, energía, suelo y servicios.
Ahí aparece el precio ambiental del desarrollo.
Cada nueva urbanización transforma suelo; cada vivienda necesita agua; cada vialidad modifica escurrimientos; cada automóvil genera emisiones y cada construcción consume materiales y produce residuos. En una ciudad semidesértica, crecer sin considerar la disponibilidad de agua, el suelo permeable, el arbolado y las temperaturas futuras puede generar una deuda ambiental que pagarán las siguientes generaciones.
También existe un precio social. Cuando la vivienda accesible se localiza lejos del empleo, las familias pagan con horas de traslado. Cuando parques, árboles, equipamientos y servicios se concentran en determinadas zonas, la calidad de vida comienza a depender del lugar donde vivimos. Una ciudad puede crecer económicamente y, al mismo tiempo, aumentar sus desigualdades territoriales.
Y existe un costo económico de la sostenibilidad. Construir edificios eficientes, conservar áreas naturales, modernizar el transporte, tratar y reutilizar agua, incorporar infraestructura verde o controlar emisiones requiere inversión.
La sostenibilidad cuesta. Pero no ser sostenible también.
Cuestan las inundaciones, la contaminación, la congestión vial, las enfermedades asociadas con una mala calidad del aire, los largos desplazamientos, la pérdida de suelo natural y llevar infraestructura cada vez más lejos. La verdadera discusión no es cuánto cuesta ser sostenible, sino cuánto terminaremos pagando por no serlo.
Saltillo ya muestra señales de transformación. Se discute con mayor fuerza la densificación y la vivienda vertical, la movilidad comienza a entenderse de manera más integral y existe una creciente preocupación por el agua, la calidad del aire, el arbolado y los espacios públicos. Son avances importantes, pero la sostenibilidad no se alcanza mediante proyectos aislados.
La Agenda 2030 obliga a mirar la ciudad como un sistema. Saltillo necesita aprovechar sus vacíos urbanos antes de continuar extendiéndose; acercar vivienda, empleo y servicios; mejorar el transporte público; construir banquetas caminables e infraestructura ciclista; garantizar acceso equitativo a áreas verdes; proteger arroyos y zonas de recarga; gestionar responsablemente el agua; incorporar infraestructura azul-verde y mejorar la calidad del aire.
También necesitamos medir. No basta afirmar que somos sostenibles. Debemos saber cuánta agua consumimos, cuánto suelo urbanizamos, cuánto reutilizamos, cuánto contaminamos, cuánto tardamos en trasladarnos y qué tan diferente es la calidad de vida entre una colonia y otra.
Y quizá ahí se encuentre el reto más complejo: lograr que los tres pilares avancen juntos. El crecimiento económico que deteriora el ambiente genera una deuda futura; la protección ambiental que ignora las necesidades sociales puede profundizar desigualdades, y una política social sin viabilidad económica difícilmente podrá sostenerse.
La sostenibilidad no significa dejar de crecer. Significa preguntarnos cómo, dónde, para quién y a qué costo estamos creciendo.
Saltillo todavía tiene una oportunidad: decidir qué ciudad quiere ser antes de que su crecimiento termine decidiéndolo por nosotros.