Don Cartonero: sobrevive juntando cartón en Saltillo

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Saltillo
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Tiene 87 años y cada mañana recorre las calles empujando un carrito lleno de cartón para llevar alimento a casa y cuidar a la mujer con la que ha compartido su vida. Su historia plantea una pregunta: ¿quién alza la voz por nuestros viejos?

Por la calle de Abasolo viene bajando como una hormiga precavida.

Se ve diminuto ante la inmensa carga que porta: resortes, cartón, botes, periódico, botellas de plástico y pedazos de fierro que alguna vez fueron parte de algo y que ahora, sabiamente atados con un nudo ciego, sostienen su día.

Los acomoda con paciencia para que no se desbaraten.

Si se cae una caja, puede recogerla.

$!Las cataratas dificultan su visión, pero la memoria del recorrido le permite reconocer cruces peligrosos, banquetas rotas y los puntos donde debe bajar al pavimento.

Si se viene abajo toda la carga, quizá ya no tenga fuerzas para comenzar de nuevo.

Camina lento, pero de prisa.

Cansado, pero con hambre.

Cada tanto detiene el carrito y se inclina sobre él, no para revisar el cartón, sino para respirar. Espera unos segundos, se acomoda el sombrero y vuelve a empujar.

Detrás de él camina Pinto.

Es un perro blanco con manchas negras y cafés, flaco, de pelo áspero y mirada noble. Tiene una oreja caída y la costumbre de detenerse cada vez que su compañero se detiene.

Nadie sabe quién encontró a quién.

Hay días en que parece que Don Cartonero adoptó a Pinto.

Otros, en cambio, parece que fue Pinto quien decidió cuidar al viejo.

El otoño llegó hace tiempo a la vida de Don Cartonero y ciñe a sus huesos 87 años. Sus manos son delgadas, sus venas gruesas y sus dedos parecen raíces que han pasado demasiado tiempo fuera de la tierra.

Pero él no se cuece al primer hervor.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo/pepenadores-de-saltillo-una-lucha-de-casi-dos-anos-por-justicia-y-atencion-medica-EC14610253

—Todavía aguanto —dice mientras empuja nuevamente el carrito.

A sus 87 años, las distancias se miden en dolores.

El dolor de las rodillas alcanza hasta la siguiente esquina. El de la espalda comienza antes del semáforo. El de los pies no se ha ido desde hace varios años.

Su nombre, más bien, ya no importa.

La gente le dice “Don Cartonero”.

Es uno de esos hombres que, después de recorrer durante décadas las mismas calles, terminan confundiéndose con el paisaje. Los comerciantes reconocen el rechinido de su carrito, los vecinos saben qué días pasa y algunos niños lo saludan desde lejos.

Pocos saben dónde vive.

Muchos menos saben cómo vive.

En alguna ocasión trabajó en la compañía de luz. Tuvo uniforme, horario, compañeros y una quincena que llegaba sin necesidad de revolver bolsas de basura.

Los últimos 25 años se ha dedicado a pepenar.

—El preciado valor del reciclaje —dice y se ríe de su propia ocurrencia.

Después guarda silencio.

—Pos... cuando acordé, ya estaba viejo.

Lo reflexiona sin pensarlo, como si hacerse viejo fuera una explicación suficiente para todo lo que vino después.

La falta de trabajo.

El dinero que ya no alcanzó.

Los medicamentos que comenzó a necesitar.

Las personas que dejaron de buscarlo.

La ciudad que poco a poco comenzó a caminar más rápido que él.

Aunque los automóviles transitan a gran velocidad y sus ojos con cataratas apenas distinguen el cambio del semáforo, su ruta ya es habitual. Conoce los cruces peligrosos, las banquetas rotas y los lugares donde debe bajarse al pavimento porque no existe una rampa o porque algún automóvil convirtió la banqueta en estacionamiento.

La ciudad tampoco parece haber sido construida para los viejos.

Una camioneta le pasa demasiado cerca.

Don Cartonero se detiene.

Pinto ladra y corre unos metros detrás del vehículo.

—Déjalo, hombre —le grita—. Ni nos vio.

Quizá esa es la frase que mejor explica su vida.

https://vanguardia.com.mx/historias-de-saltillo/hace-casi-100-anos-saltillo-enveneno-perros-y-hubo-quienes-lo-aplaudieron-BL22384317

Ni nos vio.

Después de descansar un instante, saluda al vendedor de paletas y al portero del hotel de mala muerte. Con una sonrisa llena de arrugas consiguió que cada tres días le apartaran el cartón.

Él recuerda perfectamente los días de recolección.

Para sobrevivir no puede darse el lujo de olvidar.

—Pa comer más o menos, tengo que juntar el peso de mi viejita... pero en cartón.

Se ríe.

—Y eso que mi viejita ya está muy flaca.

Luego se pone serio.

—Ya estoy más para allá que para acá. Pero mientras ella esté, aquí voy a andar.

Soledad lo espera en una casa pequeña donde el techo se llueve por dos esquinas y la humedad ha ido dibujando continentes sobre las paredes.

Ella también envejeció.

También le duelen las piernas.

También necesita medicinas.

Pero ninguno de los dos puede darse el lujo de enfermarse demasiado.

Envejecer cuesta.

Cuestan las pastillas para la presión.

Cuesta el medicamento para el dolor.

Cuesta la consulta.

Cuesta el transporte.

Cuesta incluso comer aquello que el médico recomienda.

En la tienda de siempre, Don Cartonero compra un Barrilito de ponche, dos cigarros y un puñado de galletas.

Ese es su almuerzo.

Se sienta en una caja volteada y bebe directamente de la botella. Pinto se acomoda junto a sus piernas.

Don Cartonero saca una galleta.

La parte por la mitad.

Una parte es para él.

La otra, para el perro.

—Él también trabaja —dice.

Pinto mueve la cola.

Se ha olvidado de los chilaquiles, del café caliente y de los licuados. No porque Soledad no quiera cocinarle, sino porque muchas mañanas no tiene con qué.

$!Don Cartonero hace una pausa junto a su carrito. Su almuerzo es un Barrilito de ponche y unas galletas que comparte con Pinto antes de continuar el recorrido.

En su casa, la comida no se decide por antojo: se decide por precio.

Hay días de papas hervidas; otros, de frijoles; algunas noches basta con un poco de pan remojado en café. Y cuando la suerte aparece entre la basura, compran huevo.

Don Cartonero termina el Barrilito y se limpia la boca con la manga de la camisa. Después se quita el zapato derecho, saca la piedra que le venía molestando y acomoda la suela, que también es de cartón.

—Para eso trabajo en el negocio —dice, antes de volver a calzarse.

Pinto lo mira.

—Tú ni zapatos necesitas. Saliste más listo.

Continúan hacia el norte.

En el templo del Perpetuo Socorro, Don Cartonero se detiene, se despoja de su viejo y deformado sombrero y se persigna.

No pide riquezas.

Tampoco milagros grandes.

Pide regresar a casa.

Pide encontrar cartón suficiente.

Pide que Soledad siga esperándolo.

Pide que las piernas le aguanten otro día.

En su trayecto, la encargada de una vecindad le ha juntado seis latas. Sus arrugas se estiran al sonreír y agradece a quienes, con una caja, una botella o un periódico, han sostenido su castillo de arena.

$!Una vecina le entrega las latas que separó para su recorrido. Estos pequeños acuerdos con habitantes y comerciantes permiten que la jornada produzca un poco más.

Sin ellos, piensa, quizá habría muerto hace una década.

Pero también hay quienes se acercan por otras razones.

Un automóvil se estaciona junto a la banqueta.

Baja un hombre bien vestido, acompañado por una mujer que ya lleva el teléfono en la mano.

—¡Don! ¡Véngase para acá!

El hombre abre la cajuela y saca una bolsa con arroz, frijol, aceite y algunas latas de comida.

Don Cartonero se acerca.

Antes de entregársela, la mujer levanta el teléfono.

—Sonría, don.

Toman una fotografía.

Después otra.

El hombre pone una mano sobre el hombro del anciano y mira hacia la cámara con gesto solemne.

Graban un video.

Le piden que sostenga la despensa un poco más arriba para que se vea completa.

—Mande un saludo —le indican.

Don Cartonero obedece.

Da las gracias.

Sonríe.

La pareja se despide, sube al automóvil y se marcha. Antes de arrancar, ambos revisan las imágenes.

Don Cartonero guarda la despensa debajo del cartón.

—Qué buenos.

Los ve alejarse.

Se queda callado unos segundos.

—Nomás una cosa no entiendo...

Mira a Pinto.

—¿Pa qué querrán tanta foto?

Pinto mueve la cola.

Don Cartonero se encoge de hombros.

—Quién sabe.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo/el-saltillo-que-no-vemos-mirar-hacia-arriba-en-el-centro-historico-video-IC22318055

Y sigue caminando.

Husmea en la basura.

Para él es una bendición que el camión recolector no haya pasado otra vez. Como soldaditos formados, los bultos de desechos esperan su ansiada revisión.

Don Cartonero sabe reconocer cuáles bolsas puede abrir.

Las levanta, calcula su peso, las escucha.

La ciudad tiene un idioma secreto y él aprendió a interpretarlo.

$!Su oficio exige interpretar los desechos: calcular el peso de las bolsas y reconocer por el sonido cuáles pueden contener cartón, vidrio o metal con algún valor de venta.

Un ruido de vidrio puede significar varias botellas.

El sonido hueco de una caja anuncia poco peso, pero buen volumen.

Una bolsa demasiado pesada casi siempre contiene desperdicios de comida.

—¡Ándele!... Ahora sí —celebra cuando encuentra algo de valor.

Como quien revisa los bolsillos de una chamarra olvidada, inspecciona entre los restos de otras vidas.

Un juguete roto.

Una fotografía familiar.

Un zapato sin pareja.

Una tarjeta de cumpleaños.

Un recibo vencido.

Sobras de comida todavía envueltas.

Hay personas que tiran lo que a él le hace falta.

—¡Don Cartonero! —le gritan unas niñas de uniforme.

Él levanta la mano.

Una señora cruza la calle con un niño que camina sin despegar los ojos de su tableta.

Al ver acercarse a Don Cartonero, le dice:

—Si sigues pegado a ese aparato, te va a llevar el señor.

El niño levanta la vista apenas un instante.

Don Cartonero le sonríe.

El niño vuelve a mirar la pantalla y lo ignora.

Lleva tantos años siendo invisible que también aprendió a fingir que no oye.

Más adelante, un policía le pide que retire el carrito porque estorba la circulación.

Don Cartonero intenta explicarle que una de las ruedas se atoró en una grieta.

El agente mira el reloj; un automovilista toca el claxon; otro baja la ventanilla y le grita que se apure. Nadie se baja a ayudarlo.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/semanario/la-guerra-por-la-basura-en-saltillo-GD9612796

Don Cartonero empuja, pero el carrito no se mueve. Vuelve a intentarlo. Las manos le tiemblan y Pinto da vueltas a su alrededor, nervioso. Finalmente, un muchacho que pasa en bicicleta se detiene y levanta una parte del carrito. Entre los dos consiguen sacar la rueda.

—Gracias, hijo.

El joven asiente y continúa su camino.

El policía también se marcha.

Don Cartonero permanece unos segundos apoyado sobre el carrito.

—Está dura la calle —dice al recobrar el aliento—. Pero hay que seguirle por mi viejita.

Un poco más adelante encuentra una televisión descompuesta; la mira con entusiasmo. Puede contener cobre. Intenta levantarla, pero no puede. Prueba otra vez. La espalda le lanza una advertencia. Don Cartonero se sienta a su lado. Ahí permanece varios minutos, mirando aquel objeto que podría significar comida, pero que su cuerpo ya no puede cargar.

Envejecer también consiste en comenzar a abandonar cosas que uno todavía necesita.

Finalmente, saca algunos cables, recoge dos piezas pequeñas y deja el resto.

—Antes me la llevaba entera —le explica a Pinto—. Antes cargaba dos de estas.

Pinto le lame la mano.

Don Cartonero sonríe.

En la tienda de la esquina hay un televisor encendido.

Las imágenes muestran a cientos de personas marchando por las calles de Saltillo.

Llevan carteles.

Gritan consignas.

Exigen justicia para Rocky, un perro que fue víctima de una atrocidad que indignó a la ciudad, al país y a personas de otras partes del mundo.

Don Cartonero se detiene a mirar.

Sabe lo que ocurrió.

Todos en Saltillo lo saben.

Rocky fue arrastrado por una camioneta. Las imágenes recorrieron las redes sociales y provocaron una indignación inmediata. Hubo denuncias, noticias, marchas y personas dispuestas a levantar la voz para que el crimen no quedara impune.

Después se supo que Rocky había muerto.

Don Cartonero baja la cabeza.

Mira a Pinto.

—Pobre animalito.

Acaricia al perro sobre el lomo.

—Qué bueno que la gente salió. Qué bueno que no dejaron que se quedara así.

Lo dice sinceramente.

Él sabe lo que significa querer a un animal.

Pinto comparte su comida, su recorrido y sus silencios. Por las noches duerme afuera de su casa y, cuando Don Cartonero tarda en levantarse, rasca la puerta.

—Antes a los perros nadie los defendía —dice—. Qué bueno que eso cambió.

En la televisión aparecen nuevamente las personas marchando.

Don Cartonero guarda silencio.

Su mano permanece sobre la cabeza de Pinto.

—Nomás me pregunto cuándo nos va a tocar a los viejos.

Nadie responde.

En la pantalla hablan de leyes, sanciones, investigaciones y justicia.

Don Cartonero escucha con atención.

—Está bien —dice—. Los animales no pueden hablar. Alguien tiene que hablar por ellos.

Luego contempla sus manos.

—Nomás que hay viejos que ya tampoco podemos hablar. Y cuando hablamos... ya nadie nos escucha.

Pinto se sienta junto a él.

—No estoy celoso de ti —le dice—. Qué bueno que te defiendan. Nomás... a veces me gusta imaginar que allá afuera también hay alguien que se acuerda de nosotros.

Las palabras quedan flotando entre el ruido de los automóviles.

Un joven con bata blanca, médico de una farmacia cercana, se ha detenido también a mirar las noticias. Al escuchar la última frase, gira lentamente hacia él.

Lo observa unos segundos.

Luego dice, casi para sí mismo:

—Yo veo eso todos los días. Llegan adultos mayores que parten las pastillas por la mitad para que el medicamento les dure más. Otros simplemente dejan de comprarlo porque primero tienen que comer.

Don Cartonero levanta la vista.

—He visto hijos que les administran la pensión y les dan apenas unas monedas. Otros les quitan la tarjeta. Algunos los convencen de firmar papeles y terminan perdiendo su casa. Hay quienes llegan golpeados y dicen que se cayeron, aunque uno alcanza a notar que no fue así. También he conocido viejitos que pasan semanas sin que nadie los visite... hasta que un hijo aparece de repente porque necesita dinero.

Baja la mirada.

—Esas heridas casi nunca salen en las noticias.

El dueño de la tienda baja el volumen del televisor.

—¿Sabe qué es lo triste? —dice mientras acomoda unas botellas en el refrigerador—. Que por Rocky marchó un montón de gente... y estuvo bien. Pero por los viejos abandonados casi nadie pregunta.

Mira de reojo a Don Cartonero.

—Hay viejitos y viejitas que vienen diario. No porque necesiten comprar algo, sino porque necesitan que alguien los salude por su nombre. Cuando dejan de venir, uno se queda pensando si estarán enfermos... o si simplemente ya no pudieron salir.

Guarda silencio unos segundos.

—Ese abandono no sale en los videos.

Don Cartonero se acomoda el sombrero, levanta la mano en señal de despedida, los bendice en silencio y vuelve a empujar el carrito. La calle lo espera.

Cuando distingue el portón de la recicladora, sus arrugas parecen aflojarse. El viejo rejuvenece por un instante. Está a unos cuantos metros de ver cuánto vale, ese día, todo su esfuerzo.

Ellos controlan la báscula. Ellos ponen el precio. Él pone la espalda.

Descarga lentamente. Cada movimiento le cuesta. El encargado tiene prisa.

—Échelo todo, don.

Don Cartonero coloca las cajas sobre la báscula. Observa los números, pero sus ojos no alcanzan a distinguirlos bien.

El encargado anota una cantidad.

Don Cartonero pregunta cuánto pesó.

$!En la recicladora, el peso del cartón determina cuánto podrá llevar a casa. Don Cartonero no distingue bien los números de la báscula y debe confiar en la cantidad que le informan.

La respuesta llega rápida y sin explicación.

No sabe si es verdad.

Nunca sabe si la báscula pesa correctamente.

Tampoco sabe cuánto vale en realidad aquello que recogió durante toda la mañana.

Don Cartonero recibe el dinero. Lo cuenta dos veces; hace cálculos en voz baja: para las tortillas, para las papas, para un poco de frijol, quizá para alguna medicina de Soledad. No alcanza para todo. Nunca alcanza para todo.

Al salir, una mujer joven coloca un recipiente con agua sobre la banqueta.

—Es para los perritos que pasan —explica.

Pinto se acerca y bebe desesperadamente.

Don Cartonero sonríe.

—Gracias, señorita.

Ella acaricia al perro, se despide y se marcha.

Don Cartonero espera a que Pinto termine.

—Tú tienes agua gratis —le dice—. Yo todavía tengo que comprar mi Barrilito.

Se ríe. Recoge el recipiente vacío y lo deja junto a la pared.

—Ojalá algún día también dejen un banquito para los viejos.

El regreso es todavía más lento. El carrito va vacío, pero su cuerpo está cansado. Pinto camina a su lado. Ya no va detrás.

$!Con el carrito vacío y el cuerpo agotado, Don Cartonero emprende el regreso. Pinto deja de caminar detrás y vuelve a casa a su lado.

Al cruzar nuevamente Abasolo, una joven reconoce a Don Cartonero. Quizá vio la fotografía que alguien publicó días atrás.

—¿Usted es el señor al que ayudaron?

Don Cartonero se detiene. La mujer levanta el teléfono.

—¿Me puedo tomar una foto con usted?

Él acepta, sonríe; ella publica la imagen antes de llegar a la siguiente esquina.

La fotografía comienza a recorrer las redes. Don Cartonero sigue caminando hacia su casa.

No está enojado; tal vez eso sea lo más doloroso. Se acostumbró a recibir las sobras de la ciudad: sus cajas, sus botellas, sus monedas, su comida y, de vez en cuando, unos minutos de atención.

Antes de doblar la esquina vuelve a mirar a Pinto.

—Mira, viejo. Tú y yo somos famosos.

El perro mueve la cola.

La tarde comienza a caer. Soledad lo espera. Las papas ya están hervidas.

Don Cartonero empuja el carrito vacío mientras Pinto camina junto a él. Uno lleva la espalda vencida. El otro, una oreja caída. Los dos conocen el hambre. Los dos saben lo que significa vivir en la calle y depender, muchas veces, de la bondad ajena.

Pero sólo uno de ellos pertenece a una especie capaz de redactar leyes, organizar instituciones, crear programas sociales, construir asilos y prometer que nadie será abandonado durante su vejez.

Esta semana, Rocky consiguió que miles de personas miraran hacia el mismo lugar.

Su sufrimiento fue real.

La crueldad que padeció fue inadmisible.

La indignación, las denuncias y las marchas fueron necesarias.

Qué bueno que Saltillo levantó la voz.

Qué bueno que su historia cruzó fronteras.

Qué bueno que su muerte no pasó inadvertida.

Rocky merecía justicia.

La pregunta de Don Cartonero no pretende quitarle nada.

Pretende ampliar esa indignación.

—Si pudimos salir todos por un perrito, a lo mejor todavía podemos salir por los viejos.

Pinto mueve la cola.

Don Cartonero permanece unos segundos con la mano apoyada sobre el carrito. Después levanta la mirada hacia la calle.

—¿Cuándo nos va a tocar a los viejos?

Y continúa, pequeño como una hormiga ante la ciudad inmensa.

Lento, pero de prisa.

Cansado, pero con hambre.

Mañana, cuando la ciudad apenas despierte, Don Cartonero volverá a empujar su vida por las mismas calles.

Escritor y especialista en narrativa y comunicación. Con más de 20 años de experiencia en medios y comunicación estratégica, ha construido una trayectoria que articula periodismo, storytelling y desarrollo de proyectos editoriales.

Inició su carrera en espacios como Televisa Monterrey, Grupo Reforma, Multimedios Radio y Periódico Vanguardia, donde ha ganado tres Premios Estatales de Periodismo.

Es autor de Dinolibros, una colección infantil que aborda la salud socioemocional a través de historias simbólicas. Su trabajo se distingue por una narrativa sensible y una mirada cercana a las emociones que habitan lo cotidiano.

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