El Saltillo que no vemos: mirar hacia arriba en el Centro Histórico (Video)

El Saltillo que no vemos: mirar hacia arriba en el Centro Histórico (Video)

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Los saltillenses nos hemos ensimismado en no tropezar cuando habitamos el Centro Histórico, pese a tener una vista privilegiada de la que muchas ciudades carecen. En el marco del 449 aniveresario de Saltillo conviene hacer una pausa y mirar a lo alto.

Saltillo
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Hace un tiempo que ya no tropiezo en los baches de la ciudad. Aprendí a esquivarlos más rápido que quien se supone los arregla. Lo aprendí porque soy como la mayoría de los saltillenses: miramos hacia abajo, buscando ese hoyo, ese tabique mal puesto, ese registro de agua mal tapado para evitarlo.

Si fuera conspiranoico, diría que es un control del gobierno para mantenernos agachados, pero no lo soy y camino así.

En los hoyos ha encontrado su destino la basura, gente que tira una botella y otra que la patea a algún agujero en la banqueta. “Alguien más lo recogerá”, se dirían, pero no, se acumulan hasta que se tapan con el polvo de los días. Otros ocupan su existencia en hacer tropezar transeúntes distraídos, de luxar tobillos de personas de la tercera edad, e incluso tiran a los niños que corren a sus casas al salir de la escuela.

$!Mirar hacia abajo se ha convertido en una forma de supervivencia urbana: esquivar baches, registros, basura y banquetas rotas. El problema comienza cuando esa precaución nos impide descubrir la ciudad que permanece sobre nuestras cabezas.

Y están esos más que se llenan de agua en los días lluviosos o de agua sucia que tiran de los comercios. Los veo seguido. Las palomas aprovechan para pegar más la suciedad de la calle a su cuerpo de pollo. Con movimientos vibracionales levantan el agua gris de Fabuloso Lavanda hacia la parte superior de su lomo; luego meten la cabeza en segundos para que también les moje hasta los párpados.

Quizá el tornasol de su buche es por ese motivo. Me atrevo a decir que hasta se pelean por el espacio, por poder tomar agua gris, pero solo me detengo a pensar en ellas. Coexisten con el bache, no a pesar del bache. Salen de ahí y vuelan alto a posarse en los pocos altos edificios de la ciudad.

Ha sido poco lo que me he detenido a ver estas altas construcciones. ¿Qué tan difícil es caminar por Saltillo que no es nada frecuente que me detenga a ver hacia arriba?

$!La Plaza Manuel Acuña es uno de los espacios donde el cuerpo todavía puede hacer una pausa. Entre bancas, monumentos y palomas, la ciudad deja de ser únicamente tránsito y vuelve a convertirse en un lugar desde el cual mirar.

El privilegio que deben tener las palomas para pararse en la esquina del último piso del Hotel San Jorge, mirándonos a todos caminar como hormigas con el peso de no trastabillar; mientras ellas ululan con las demás a la espera de que en la Plaza Manuel Acuña algún sexagenario tire migajas de pan o con la suerte de gastar su Pensión del Bienestar en alimento para aves.

$!A un costado de la Plaza Manuel Acuña, el Hotel Jardín conserva una forma modesta y persistente de habitar el Centro. Instalado en la calle Padre Flores, funciona como hostal y casa de huéspedes, mientras sus pisos superiores sobreviven entre comercios, cables, anuncios y el tránsito cotidiano.

Detenerme en la ventana del edificio del Café Ese. Ver cómo el humo del café recién tostado flota sobre medio centro histórico. Imaginar desde ahí la calle con otra paciencia, con ese otro ojo y no desde el cuidado del tobillo, ni desde el cálculo del siguiente paso. Ver cómo desde esa altura las personas comienzan a parecer una maqueta mal pintada.

$!El Hotel Premier conserva una de las siluetas verticales del Centro; detrás, las instalaciones del café forman otra capa de una ciudad construida mediante usos, añadidos y transformaciones. Para observarla completa hay que mirar más allá de los anuncios. Por las mañanas, la humerada coneta con un Saltillo atávico.

Desde arriba, quizá, los cables ya no estorban igual, las banquetas rotas se vuelven líneas coloridas, los carros dejan de ser una amenaza y se convierten en juguetes detenidos ante un semáforo. Tal vez desde ahí entendería que las calles no solo se caminan, se evitan, también ofrecen lectura, historia, vivencia.

A una cuadra de Catedral, tiene su oficina el arquitecto Luis Vélez, quien, en una charla, cambió mi punto de vista.

Me dijo que el mirar al piso no tendría por qué ser una desgracia. Abajo también puede haber belleza: pisos trabajados, barro, piedra acomodada con una intención, como un mundo hecho para los pies —¿de ahí la calle de las zapaterías, Victoria?—. Lo apuntó sin romantizar el bache. Más bien como quien sabe que una ciudad bien hecha ofrece algo en todas sus alturas, el suelo, los muros, ventanas, cornisas... el cielo.

También hace una lectura sobre una arteria importante de Saltillo, el Venustiano Carranza, que, aunque se sale del primer cuadro, sirve como advertencia. La llama un “paseo de plástico”, por sus paneles, tabla roca, materiales ligeros, soluciones de seis meses.

La imagen ayuda a entender su preocupación por el Centro Histórico. No se trata solo de conservar edificios antiguos por nostalgia, sino de evitar que la ciudad sustituya su lenguaje por capas rápidas, desechables, incapaces de dialogar con lo que ya existe.

En el Centro, esa pérdida se vuelve más delicada porque no se trata de cualquier zona.

El arquitecto habla de una historia que no se está cuidando. Se destruye abajo, en la experiencia de caminar; se destruye arriba, en las fachadas; se destruye también cuando una casa cercana a la Catedral desaparece sin que, en su opinión, pueda ser reemplazada por algo mejor. La ciudad, sugiere, no siempre entiende que intervenir un edificio antiguo no significa borrarlo, sino aprender a convivir con él.

$!Cornisas, remates y figuras aparecen cuando el cuerpo se detiene y cambia de ángulo. La parte alta de la Catedral pertenece a ese otro Saltillo que existe sobre nuestras cabezas, aunque pocas veces lo observemos.

Vélez señala que la Catedral sigue siendo el gran edificio vertical del Centro no solo por su altura, sino porque la Plaza de Armas permite verla.

$!La antigua Plaza Independencia, hoy Plaza de Armas, ofrece algo poco frecuente en el Centro Histórico: la distancia necesaria para contemplar completos la Catedral y los edificios que rodean el corazón de Saltillo.

Hay espacio para tomar distancia, para retroceder, para detenerse, para que la torre aparezca completa. Los demás edificios altos —hoteles, antiguos comercios, oficinas, construcciones de dos o tres pisos— suelen quedar atrapados en la prisa de la calle, detrás de zapaterías, anuncios, cables y banquetas estrechas. Para él, la altura no se entiende solo en metros; depende también de la cuadra, del bloque, de la pausa que la ciudad permite para mirar.

$!Ángeles, símbolos y ornamentos sobreviven por encima de la circulación cotidiana. El patrimonio no está solamente en la dimensión completa del edificio, sino en los pequeños detalles que la prisa vuelve invisibles.

Pero a veces veo que Saltillo parece haberse quedado a medias: si uno mira abajo, encuentra tropiezos; si mira arriba, encuentra fachadas lastimadas, anuncios que tapan balcones, cables cruzados como ramas secas, láminas, paneles, parches.

$!En los relieves de la Catedral, Saltillo conserva una historia que suele escapar a quienes atraviesan el Centro con la mirada puesta en el suelo. Mirar hacia arriba también es aprender a leer la piedra. El que aparece ahí se asemeja al patrono de la ciudad, Santiago el Mayor.

La Catedral todavía se salva de esa prisa porque tiene plaza. Puede verse de lejos, con el cuerpo completo. Uno puede hacerse hacia atrás, sentarse en una banca, caminar alrededor, dejar que la torre suba sola.

No ocurre igual con el Hotel San Jorge, ni con el edificio del Café Ese, ni con el Lomelí, ni con tantos segundos y terceros pisos que aparecen cuando uno levanta la cara en el momento exacto.

$!Desde el norte hacia el sur, la calle Allende deja ver una sucesión de fachadas, antiguos comercios y edificios modernos. Su paisaje actual también conserva las huellas de una modernización que amplió calles y sacrificó construcciones para facilitar el paso del automóvil.

La mayoría están demasiado cerca, encajonados entre anuncios, zapaterías, puestos, tráfico y gente que camina cuidándose de la calle.

$!Vista de sur a norte, la calle Allende muestra cómo los edificios de distintas épocas conviven sobre una planta baja dominada por comercios, tránsito y anuncios. La ciudad vertical sigue ahí, pero para verla hay que mirar por encima de la circulación cotidiana.

Y así camino, en línea recta, porque si me bajo a la banqueta un auto me manda a la funeraria o al menos al “nosocomio” —si salgo en El Guardián—; tampoco puedo ir pegado a la pared porque me puedo dar un mal golpe con un registro de agua o un medidor de luz que me dejaría viendo estrellitas.

Entiendo a Carlos Recio, historiador, escritor y catedrático, cuando dice que Saltillo fue una ciudad horizontal. Casas de un piso, muros gruesos, techos altos para que el calor se fuera hacia arriba y dejara lo que la nueva casa saltillense desconoce, la frescura de una habitación. Antes la altura no era un capricho del paisaje, sino una respuesta al clima.

En los inviernos esos mismos muros ayudaban a guardar la temperatura, porque la mayoría de las casas no tuvieron chimenea hasta finales del siglo XIX. En ese entonces la arquitectura obedecía al cuerpo antes que a la vista.

$!La escala horizontal de esta vivienda remite al Saltillo de casas de un piso, muros sólidos y habitaciones pensadas para responder al clima. Antes de que crecer hacia arriba representara modernidad o poder, la arquitectura obedecía a las necesidades del cuerpo.

En cambio, construir un segundo piso decía o mostraba otra cosa. Alrededor de la Plaza de Armas, hacia finales del siglo XVIII y principios del XIX, señala Recio, levantar una planta era más una forma de mostrar el poder económico. No era aún la ciudad vertical de los elevadores y los estacionamientos subterráneos.

Era una ciudad donde el comercio podía estar abajo y la vivienda arriba, donde la casa se asomaba un poco más que las demás, donde el balcón era también una declaración de poder.

Luego, la verticalidad nació como parte de una fiebre modernizadora que, desde mediados del siglo XX, abrió calles, derribó fachadas y sacrificó edificios antiguos en nombre del automóvil y del progreso.

Así, me advierte que el Centro Histórico no puede pensarse como cualquier zona disponible para crecer hacia arriba.

Revela que la ciudad es como un árbol en el que las ramas pueden podarse, pero la raíz no se manipula sin comprometer la vida completa del organismo. Para él, destruir el Centro es destruir la identidad.

Con ello dejo de ser una paloma que se refresca en un charco de agua sucia, que rasca el adobe roto de alguna nueva cafetería en la ciudad, una paloma que busca una rama sin forma para hacer su nido en alguna esquina de un balcón en un bar de Plaza de Armas.

De esas esquinas habla el historiador y arquitecto Arturo Villareal, como si de cada una guardara un expediente. Habla también de una placa que alguien quitó, de una casa por donde pasó un personaje histórico, una puerta saltillense que no se abría por completo.

En el centro, dice, de alguna forma la historia no siempre está a la vista: a veces está enterrada, empotrada, pintada encima, convertida en bodega o en estacionamiento.

Quiero dejar por escrito una frase que me dejó como caldo de pichón —detenido en el tiempo y sin saber ya para qué sirvo—: “El edificio antiguo tiene que ganarse la vida”.

Que no basta con pedir que todo se conserve en fotografía vieja si después nadie lo usa, nadie lo paga, nadie lo habita, nadie le cambia un cable, nadie le resana la humedad.

$!La fachada del Hotel Urdiñola conserva una escala en la que comercio, hospedaje y arquitectura todavía pueden compartir el mismo edificio. Es un ejemplo de cómo el patrimonio puede seguir vivo sin quedar congelado como una pieza de museo.

Un edificio sin vida muere en un silencio que evita aturdirnos. Primero se cierra la puerta, luego la ventana, luego un cuarto, un patio, luego aparece una grieta que todos ven y nadie parece saber qué es.

$!Remates, óculos, columnas y balcones forman la parte del Hotel Urdiñola que suele desaparecer de la mirada cotidiana. Para descubrirla hay que hacer lo que la calle pocas veces permite: detenerse y levantar la cabeza.

Eso es el patrimonio, pero ello, sin embargo, tampoco puede convertirse en pieza muerta como el Barrio Antiguo de Monterrey. Y así, en otras palabras, conservar no significa congelar, sino permitir que esos espacios vuelvan a servir, con comercio abajo, vivienda arriba, oficinas, escuelas, tienditas, vida cotidiana. Un Centro de puro comercio, advierte, se apaga de noche, como las palomas.

Esas noches que a veces son aprovechadas para demoler el Centro Histórico, sin que se vea, sin dar alerta de que se está destruyendo como desde hace muchos años. Recio ubica una fiebre modernizadora desde los años cincuenta y sesenta, cuando el automóvil empezó a mandar sobre las calles. Se amplió Juárez. Se amplió Allende.

Se tocó Aldama. Se movieron fachadas. Se tiraron casas.

$!El Teatro Obrero, en una fotografía histórica, se levantaba como uno de los escenarios de la vida colectiva de Saltillo. Su fachada monumental recuerda que el Centro también fue concebido para reunir a la ciudad, no únicamente para atravesarla. Fue inaugurado en 1917 y se encontraba ubicado en la calle Juan Aldama, entre las calles Manuel Acuña y Xicoténcatl.

El Teatro García Carrillo parece salido de la línea de la calle porque la calle cambió alrededor de él.

La ciudad le abrió paso al coche y en esa operación perdió pedazos que ya no se pueden reponer.

Entre esas pérdidas aparece el Banco y Hotel de Coahuila, demolido en 1965. Recio lo recuerda como uno de los edificios altos más importantes de su tiempo, construido con cantera café traída de San Luis Potosí en ferrocarril, con tres pisos que superaban al Palacio de Gobierno de entonces.

$!El Banco y Hotel de Coahuila, fotografiado en 1903, fue uno de los edificios más altos y relevantes del Saltillo de su tiempo. Construido con cantera café y dotado de tres pisos, fue demolido en 1965; hoy su escala sólo puede reconstruirse mediante imágenes y relatos.

Era banco y hotel. Emitía sus propios billetes. Tenía una dignidad urbana que hoy solo podemos imaginar con fotografías, relatos y esa tristeza de saber que hubo algo grande donde ahora la memoria se abraza a la Inteligencia Artificial para intentar entender aquellos tiempos.

Luego vinieron otros edificios de una modernidad más seca: el Café Oso, con reminiscencias art déco y algo de funcionalismo; el Hotel Poza Rica, deshabitado y con grafitis; Casa Chalita; Telas Aguirre; el edificio Castilla frente a la Nueva Tlaxcala; el Lomelí-Allende. Construcciones que no hicieron de Saltillo una ciudad alta, pero sí marcaron una época en que crecer unos pisos parecía suficiente para anunciar un futuro que no llegó.

Ahí vemos que el problema es que el futuro también envejece. Algunos de esos edificios quedaron atrapados en plantas bajas comerciales que les roban el rostro. Otros tienen arriba cuartos vacíos, oficinas cerradas, ventanas sin uso, interiores que nadie ve.

Desde la banqueta parecen solo el techo de una tienda. Hay que cruzarse de calle, hacerse sombra con la mano y mirar con terquedad para descubrir que encima del anuncio todavía hay una ciudad suspendida, incluso imaginar que uno es una paloma iridiscente, como aceite sobre agua, porque las blancas y las cafés se ensucian más rápido, como el intentar rehabilitar las ruinas de la memoria.

La arquitecta Alejandra Herrera aterriza la pregunta en palabras menos nostálgicas. Construir o rehabilitar en el Centro no siempre da dinero rápido. El norte ofrece plusvalía, trámites más simples, avenidas amplias, mercado probado.

El Centro exige encontrar dueños, resolver herencias, revisar títulos, pagar adeudos, reforzar estructuras, cambiar instalaciones viejas y cumplir reglas de conservación. No cualquiera quiere entrar a un edificio donde antes de poner un ladrillo hay que entender tres generaciones de problemas.

$!La calle Aldama, vista de oriente a poniente, reúne edificios de distintas alturas, anuncios, luminarias y el perfil de la sierra al fondo. Entre el tránsito cotidiano, la ciudad todavía ofrece perspectivas que sólo aparecen cuando se mira más allá de la banqueta.

También está el automóvil, que en Saltillo tiene trato de familiar delicado. La falta de estacionamiento no mata todos los proyectos, pero los vuelve más caros y complicados. Por eso muchos han visto en una casa antigua no una posibilidad de vivienda, oficina o café, sino un terreno para guardar coches. Es una manera triste de hacer rentable el pasado, el tumbarlo para que alguien estacione encima durante dos horas.

$!Tinacos, cables, anuncios improvisados y vegetación forman parte del paisaje que permanece oculto sobre las fachadas. Los techos del Centro revelan una ciudad menos monumental: adaptada, remendada y todavía en uso.

Si los segundos, terceros y cuartos pisos del Centro volvieran a tener vivienda, la ciudad cambiaría de sonido. Habría luces prendidas después del cierre de los negocios, gente bajando por pan, plantas en ventanas, ropa tendida, estudiantes, adultos mayores, trabajadores que no tendrían que cruzar media ciudad para llegar a su empleo.

También brotarían problemas: escaleras difíciles, falta de elevadores, drenajes viejos, instalaciones eléctricas cansadas, muros que necesitan respeto y dinero. Y con todo esto me obligo a crear la antítesis en la que habitar arriba no sería una ocurrencia inmobiliaria, sino una operación de exceso cuidado.

$!Las antenas de las estaciones de radio coronan un edificio ubicado en el cruce de Allende y Ocampo, cerca de la Plaza Nueva Tlaxcala y la Plaza de Armas. La infraestructura contemporánea añade una nueva capa al perfil vertical del Centro.

La ley permite más de lo que solemos imaginar. Habla de conservar, recuperar, restaurar, proteger centros históricos y mantener fachadas. También admite arquitectura contemporánea si no impide leer los valores históricos de un inmueble.

El Centro, entonces, no tendría por qué quedarse como museo empolvado ni convertirse en terreno libre para ocurrencias. Podría cambiar con cierta educación, con menos prisa, con arquitectos que sepan escuchar una pared antes de perforarla o tirarla porque impide que alguien disfrute su “capuchino helado”.

$!Un ornamento de la fachada de Del Sol, establecimiento recordado también por sus escaleras eléctricas. Sobre la actividad comercial permanece una arquitectura que sólo aparece cuando la mirada abandona los escaparates y se dirige hacia arriba.

Con todo esto por eso decido que ahora las palomas me parecen menos torpes y hasta las envidio. No solo es que beban agua sucia o habiten en parvada un charco en medio del calor, también conocen una ciudad que nosotros preferimos olvidar darle uso.

Habitan los balcones viejos, duermen en los remates, caminan sobre los pretiles, miran desde el Hotel San Jorge lo que nosotros vemos apenas en fragmentos.

$!El Hotel San Jorge conserva una de las presencias verticales más reconocibles del Centro Histórico. Desde sus plantas superiores, la ciudad adquiere otra escala: peatones, automóviles y comercios parecen reducirse bajo un edificio que pocas veces observamos completo.

Mientras uno esquiva baches, ellas recorren ese otro Saltillo hecho de alturas pequeñas, edificios discretos y ventanas cerradas. Ahora es una tarea pendiente mirar hacia arriba y no dejarla como una costumbre perdida. Ojalá seamos más palomas y menos hormigas.

Carlos Eduardo Martínez Mirón (1992), editor y escritor con experiencia en diversos medios informativos, colaborando en las secciones de negocios, tecnología, internacional, entre otros. Ha trabajado como corrector y coeditor en proyectos editoriales tanto científicos como culturales, además de publicar obra propia y colaborar como ghost writter en títulos a nivel nacional.

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