El juego infantil como constructor de tejido social
Recuperar las diversiones de antaño fortalece los lazos familiares, fomenta la convivencia vecinal y preserva la memoria colectiva de Saltillo
Hubo un tiempo en Saltillo en que bastaba salir a la banqueta para encontrar amigos. Un gis, una cuerda o unas canicas convertían la calle en un espacio de encuentro. Sin saberlo, aquellos niños no solamente jugaban: también construían comunidad.
¿Quién no recuerda el avioncito, llamado bebeleche o bebe leche, dibujado en el pavimento? Estaban las rondas de Doña Blanca, la víbora de la mar y la rueda de San Miguel; el burro entripado, los calabaceados, los encantados, las escondidas, el bote pateado y las cebollitas. Tampoco faltaban el trompo, el balero, el yoyo, las canicas, volar la “wila” (el papalote), los yaquis o matatena y los juegos de cuerda.
Cada colonia tenía sus juegos favoritos, sus reglas y pequeñas rivalidades. Los mayores enseñaban a los pequeños, los recién llegados aprendían las canciones y cada generación transmitía parte de nuestra cultura popular.
Pero había algo más valioso: el juego transformaba el espacio urbano en un lugar de convivencia. Mientras los niños corrían, madres y padres conversaban en las puertas, los abuelos observaban desde sus casas y las familias comenzaban a conocerse. Así nacían relaciones de confianza que fortalecían la vida de barrio.
Desde el urbanismo, esto tiene un significado especial. Una calle no es únicamente una vía de circulación, ni una plaza es solamente un espacio físico. Ambas adquieren sentido cuando las personas las utilizan, se encuentran y generan vínculos. Los juegos tradicionales convertían los espacios cotidianos en lugares de identidad y pertenencia.
También eran escuelas de vida. Al jugar se aprendía a respetar reglas, esperar turnos, trabajar en equipo, resolver desacuerdos y reconocer las capacidades de los demás. Se desarrollaban coordinación, equilibrio, memoria, creatividad, comunicación y toma de decisiones. Ganar enseñaba a celebrar sin humillar; perder, a manejar la frustración y volver a intentarlo.
Estas experiencias favorecían la empatía, la solidaridad y el respeto a las diferencias. Convivir también enseñaba a escuchar y compartir.
Hoy los padres tenemos una oportunidad de recuperar estas actividades como herramientas educativas. No se trata de rechazar la tecnología ni de idealizar el pasado, sino de aprovechar su valor para el desarrollo físico, emocional y social de nuestros hijos.
Una tarde de rondas en el parque, una competencia de canicas o un avioncito dibujado en un espacio seguro pueden reunir a familias que apenas se conocen. También reúnen a abuelos, padres e hijos.
Merecen un reconocimiento el periodista Ariel Gutiérrez Cabello, por su artículo sobre las diversiones y juegos de antaño en Saltillo, e Iván Vartan Muñoz Cotera, por su investigación Los niños en el Saltillo antiguo. Desde la divulgación y la investigación histórica, ambos recuperan aspectos de nuestra memoria colectiva que nos ayudan a comprender cómo se vivía y convivía en la ciudad.
Su trabajo invita a mirar el juego desde otra perspectiva: recuperar estas prácticas no significa solamente conservar tradiciones, sino crear nuevas oportunidades de encuentro en nuestras colonias.
Quizá sea momento de enseñar a nuestros hijos una ronda, organizar una tarde de juegos con los vecinos o invitar a los abuelos a compartir los de su infancia. Educar no sucede exclusivamente en casa o en el salón de clases; también se aprende en el parque, en la plaza y al convivir.
Volvamos a jugar con nuestros hijos. Enseñémosles a compartir, respetar y cooperar. Al recuperar los juegos tradicionales no solo preservamos nuestra cultura: fortalecemos familias, formamos ciudadanos y recordamos que el espacio urbano cumple una función esencial cuando logra unir a las personas.