El perro sin nombre, diario de un callejero
Sin nombre, sin casa y expuesto al hambre, la lluvia, los autos y la violencia, un perro callejero recorre la ciudad mientras sueña con algo más sencillo que un jardín o una cama: que algún día alguien lo mire y le diga que también él puede volver a casa.
Los primeros hilos de luz empiezan a destejer la oscuridad. El pavimento está frío. El rocío de la madrugada le robó el último calor que le dejó el sol de ayer. Aquí, junto a una barda de la colonia Provivienda, dormimos ocho.
El Vago ronca. La Mancha sueña y mueve las patas como si correteara una rata. La Pirata ya abrió su ojo. Siempre es la primera en despertar. Alcanzó a escuchar el traqueteo de ese carro viejo que todas las mañanas recorre la colonia con una bocina reventada en el techo, anunciando que ya llegaron los tamales.
Yo todavía me hago bolita. Dormir en grupo da un poco más de calor. Y también da un poquito menos de miedo.
Me llamo... bueno, en realidad no me llamo. A veces soy “el Güero”. Otras veces soy “¡quítate!”. Una señora me dice “Hermoso”. Un señor me dice cosas que prefiero no repetir. Así que supongo que tengo muchos nombres.
Mi mamá sí tenía uno. Le decían Sasha. Era una husky. Dicen los perros viejos que antes vivía en una casa bonita. Que hubo un tiempo en que todos querían un perro como ella porque salió una serie muy famosa llena de hielo y dragones. Yo nunca he visto dragones, pero sí he visto cómo la gente cambia de gustos. Un día la paseaban con un listón rojo. Al siguiente ya no cabía en la casa. Corría mucho. Aullaba. Tumbaba macetas. Necesitaba caminar kilómetros. Nadie les explicó eso cuando la compraron.
Así terminó en la calle.
Mi papá... Bueno... Mi papá era el mero mero de la Bellavista. Un campeón. Dicen que nunca perdió una pelea. Aunque, para ser sinceros, tampoco sabía quiénes éramos sus hijos. Y vaya que dejó bastantes. Yo fui el sexto hijo del séptimo parto de mi mamá. Para entonces ya no le quedaban muchas fuerzas.
Después de rascarme una garrapata de esas tercas que creen que mi sangre les pertenece, me estiro hasta que truenan mis huesos y así comienza mi día.
Lo primero son los olores. Nosotros vemos más con la nariz.
La basura cuenta historias. Aquí hubo pollo. Allá alguien tiró un sándwich casi completo. En aquella bolsa vive el perfume de una carnicería. A veces la suerte huele a hueso; otras, a pura cáscara de plátano.
Luego está don Chuy, el de los tacos. Nunca nos hace cariños ni nos habla bonito, pero cuando empieza a limpiar el trompo siempre avienta pellejos. En cuanto caen al piso, todos salimos disparados. El Vago siempre quiere quedarse con los más grandes, pero entre mordidas y gruñidos casi siempre alcanzamos algo. Con eso ya empieza a rugir menos la panza.
Más adelante vive doña Lupita. Todas las mañanas nos pone una cubeta con agua. Parece poquita cosa, pero cuando el sol cae con ganas esa cubeta vale más que un hueso.
Los cachorros de humano casi siempre son buenos. Se acercan sin miedo, nos abrazan, nos rascan detrás de las orejas y les preguntan a los de su manada si nos pueden llevar a vivir con ellos. La respuesta siempre es que no. Entonces se van volteando a vernos una y otra vez, como si dejaran a un amigo.
Pero los cachorros grandotes... esos ya cambiaron. Huelen a hormonas y quieren demostrar quién sabe qué. No sé en qué momento dejan de querer acariciarnos y empiezan a aventarnos piedras nomás por divertirse. Así fue como la Pirata perdió un ojo. Nunca supimos cuál de todos la golpeó. Ella tampoco. Desde entonces nomás mira el mundo por un lado, pero sigue siendo la primera en escuchar cuando el peligro se acerca.
Y si hay un ruido que de verdad nos acelera el corazón, es el de la camioneta de la perrera.
El Checho levanta las orejas, la Pirata busca por dónde escapar, yo siento que las patas se me ponen duras.
No porque la hayamos visto por dentro, sino por todo lo que la Mancha nos contó.
Ella sí estuvo ahí, una mañana no alcanzó a correr.
La atraparon con un palo que tenía un lazo al final. Jaló con todas sus fuerzas. Lloró. Intentó morder el aire. Pero el lazo siempre apretaba más.
La subieron a la camioneta junto con otros perros. Dice que, desde ese momento, el olor cambia. Ya no huele a tierra, ni a basura, ni a tortillas. Huele a miedo.
Cuenta que todos ladran al principio. Unos llaman a sus dueños. Otros simplemente lloran.
Luego, poco a poco, el lugar se va quedando en silencio, no porque ya estén tranquilos, sino porque algunos entienden que nadie va a buscarlos.
De vez en cuando se abre una puerta. Todos levantan la cabeza.
El perro al que llaman mueve la cola con tanta fuerza que hasta contagia esperanza.
Camina convencido de que, al fin, alguien fue por él. Los demás lo siguen con la mirada.
Esperan escuchar sus ladridos de alegría, esperan volver a verlo. Pero nunca pasa.
La puerta se cierra. Y después llega un silencio tan pesado que, dice la Mancha, da más miedo que todos los ladridos juntos.
Porque ahí fue cuando entendió que había perros que se iban; jamás regresaban.
La Mancha fue de las pocas que regresaron. Una familia la adoptó.
Nos contó que durmió sobre una cobija, que le pusieron un plato solo para ella y que, por primera vez, alguien le dijo “descansa”.
Pensó que esa vida ya era para siempre. Pero unos días después la sacaron, le cerraron la puerta... y ya no le abrieron. Nunca entendió qué hizo mal.
Luego vienen los coches. Esos son los animales más grandes de la ciudad. No ladran. No gruñen. No enseñan los dientes. Nomás aparecen.
Primero un viento caliente. Luego un rugido. Y después... si no alcanzaste a brincar, ya es demasiado tarde.
Nosotros no sabemos de altos ni de semáforos. Nomás esperamos el momento y nos echamos a correr. Pero a veces la calle miente.
Un coche dejó al Negro pegado al pavimento. Ni siquiera alcanzó a chillar.
El Flaco casi lo logra. Todavía me acuerdo de verlo correr con todas sus fuerzas.
Nomás le faltaba tantito, pero el coche lo alcanzó y se lo llevó arrastrando por varias cuadras.
Corrimos detrás de él desesperados, ladrando como si nuestros ladridos pudieran detener un motor. Hay carreras que ningún perro puede ganar. Medio segundo. Así de poquito pesa la vida de un perro.
A la Güera no la vimos morir. Nomás dejó de volver. Durante varios días seguimos oliendo donde dormía. Cada que escuchábamos unas patas acercarse, levantábamos la cabeza pensando que era ella. Hasta que un día dejamos de esperarla.
En la calle también aprendemos a despedirnos sin saber qué pasó.
Por eso, cuando llegamos a una avenida, nadie se hace el valiente. Hasta el Vago, que no le tiene miedo a ningún perro, baja la cabeza antes de cruzar. Porque aquí uno puede ganar una pelea. Al hambre. Al frío. A la perrera. Pero contra los coches... casi nunca hay revancha y, si la hay, quedas marcado.
Y cuando llueve... ahí sí se pone feo. Las primeras gotas hasta se sienten ricas. Refrescan el lomo y hacen que la tierra huela bonito.
Pero nomás es al principio. Luego la lluvia se pone seria.
La basura flota. Los olores desaparecen. La comida se esconde. El cartón donde dormimos se convierte en una cosa fría que ya no sirve para nada.
Uno termina empapado, temblando, buscando una cochera, un árbol frondoso, un pedacito de techo donde el agua no caiga tan duro.
A veces no encontramos nada. Entonces nomás nos hacemos bolita y esperamos a que pase.
Lo peor no es mojarse. Lo peor es que el agua también enfría la panza.
En esos días levanto la cabeza y miro hacia las casas.
Detrás de los vidrios también hay perros. Se ven limpios. Aunque yo no pueda olerlos desde aquí, seguro no huelen a choquilla. Traen un collar bonito. Algunos hasta un suéter.
Los veo acostados en sillones, en camas esponjadas o tapados con una cobija mientras una señora les seca las patas con una toalla porque se mojaron tantito al salir al jardín.
Yo no sabía que a los perros también nos secaban.
Ellos me ven desde la ventana. Unos me ladran como diciendo que ese no es mi lugar.
Otros nomás inclinan la cabeza. Nos quedamos viendo un rato. Ellos detrás del vidrio.
Yo bajo la lluvia. Ellos esperan que su dueña les abra la puerta cuando pare la lluvia. Yo espero que la lluvia se canse para dejar de temblar.
A veces me pregunto si ellos saben lo que es dormirse con la panza haciendo ruido.
O si alguna vez han tenido que correr para que no los atropellen.
Y luego me entra otra duda. ¿Ellos soñarán con correr libres por toda la colonia...?
Como yo sueño algunas noches con escuchar que alguien abre una puerta, sonríe al verme y dice: —Ya llegamos a casa...
Volviendo a la manada, alguien ladra cuatro veces. No hace falta decir más. Todos entendimos. El de la pollería.
En menos de un respiro dejamos lo que estábamos haciendo. El Vago sale primero, la Pirata le pisa los talones, la Mancha casi se tropieza de la emoción y yo corro detrás de todos. En dos calles ya somos una manada de quince perros persiguiendo al repartidor.
No sé quién fue el primero que descubrió que, de vez en cuando, de esa moto se caen pellejos de pollo, pero desde entonces la seguimos como si fuera una presa.
La mayoría de los días no cae nada. Pero el día que cae un pellejo... Ese se vuelve un gran día.
Al mediodía casi siempre me despego un rato de la manada. Tengo una cita.
Bueno... él no sabe que es una cita.
Todos le dicen el Mai. Es maestro albañil. Está grandote, fuerte, con las manos llenas de cemento y la piel quemada por el sol. Hasta el Vago le tiene respeto. Una vez quiso quitarle una bolsa de comida y el Mai nomás le tronó los dedos. Desde entonces, el Vago lo saluda de lejitos.
Cuando el sol está en lo más alto, el Mai deja la pala recargada en la pared, se limpia el sudor con el antebrazo y camina hasta la tienda de don Beto. Yo voy unos pasos atrás. Ni muy pegado para que no parezca que le ando rogando. Ni muy lejos para que no se le ocurra irse por otra calle.
Ya sé lo que va a comprar. Un refresco bien frío, de esos que raspan la garganta nomás de verlos, un paquete de galletas y unas tortillas de maíz recién salidas de la máquina.
Se sienta en la banqueta. Se toma medio refresco de un jalón. Luego rompe una tortilla, le pone un pedazo de galleta encima, la hace bolita y me la avienta.
Yo nunca la agarro en el aire. No porque no pueda. Es por educación.
La dejo caer, la huelo tantito y entonces sí me la como, como si quisiera que me durara más.
Después cae otra. Y otra.
A veces también me deja darle una lamida a la tapa del refresco. Está tan dulce que hasta siento cosquillas en la nariz.
No me habla mucho. Nomás dice:
—Ándale, flaco. Y con eso basta.
Hay gente que cree que para cambiarle el día a un perro hacen falta muchas cosas. No, basta con unas tortillas, unas galletas... y alguien que, por un ratito, te haga sentir que te estaba esperando.
Ya cuando el sol empieza a cansarse, las calles también cambian. Huelen menos a comida y más a gente regresando a casa.
Es mi hora favorita. Caminando encuentro una pelota. Está mordida, despintada y le falta un pedazo, pero todavía rebota.
Le doy un empujón con el hocico. Salgo corriendo detrás de ella. La atrapo. La vuelvo a soltar.
Por un ratito se me olvida que traigo pulgas, una garrapata jodona y que mañana quién sabe qué voy a comer. Nomás juego.
Después, la pelota rueda hasta la banqueta de un parque.
Ahí está una familia. Un cachorro de humano juega con una exactamente igual.
El niño me ve. Yo lo veo. Muevo la cola. Él sonríe. Hasta da un pasito hacia mí, con las manos estiradas, como si quisiera jugar conmigo.
Entonces, su mamá lo jala del brazo.
—No lo toques... está sucio.
El niño se queda viéndome. Yo también.
No entiendo.
Volteo a ver mis patas. Luego me huelo el lomo.
Sí... traigo tierra. Tal vez huelo feo. Pero hace rato también olía a pelota.
Dejo la mía donde está. Ya no tengo ganas de jugar.
Sigo caminando.
Atrás escucho que el niño pregunta algo.
No alcanzo a oír qué, pero sí alcanzo a escuchar el silencio con el que nadie le contestó.
Cuando el cielo empieza a ponerse naranja, todos sabemos que ya es hora.
Nadie nos habla, nadie nos silba; nomás pasa.
Uno por uno, vamos dejando lo que andábamos haciendo. El Vago aparece primero, como si nunca se hubiera ido. Luego llega la Pirata. La Mancha viene oliendo cada poste del camino.
Yo siempre soy de los últimos. Nos encontramos en la misma esquina de todos los días y, sin hacer mucho ruido, caminamos juntos hacia nuestra barda.
Es curioso. Durante el día, cada uno hace su vida; pero cuando cae la noche, siempre volvemos a buscarnos. Volvemos a dormir junto a la barda
El Vago ya se acomodó en su rincón. La Mancha consiguió un pedazo de cobija. La Pirata llegó con media salchicha, quién sabe de dónde. Yo encontré una pelota.
No estuvo mal el día.
Nos hacemos bolita. Así, el frío muerde menos. Mañana volverá a salir el sol. Tal vez el Mai ande trabajando por la colonia. Tal vez don Chuy vuelva a tirar un pellejo. Tal vez encuentre otra pelota. Tal vez aparezca un amigo nuevo. Tal vez alguien nos regale una caricia.
O tal vez sea uno de esos días en los que nomás toca seguir caminando. Uno nunca sabe.
Los perros de la calle aprendemos a vivir de los “tal vez”. Pero yo, la verdad, sólo tengo un sueño.
No quiero una casa enorme, ni un jardín, ni juguetes.
Solo quisiera saber qué se siente cuando alguien abre la puerta de un carro o de una casa, voltea a verte y dice:
—Vámonos a casa.
Y que, por una vez en mi vida, esas palabras también sean para mí