Humberto Salas, el paramédico que lleva 36 años salvando vidas
Desde niño aprendió que ayudar era volver sobre los pasos cuando alguien lo necesitaba. Hoy, tras 36 años como paramédico, Humberto Salas cuenta los rescates, las pérdidas y los encuentros que han marcado su vocación: darlo todo para que otra persona tenga la oportunidad de volver a casa.
Primero fue el golpe. Luego, la luz.
Un flamazo iluminó el exterior de la cabina y, entre las voces del rescate, Humberto escuchó que le gritaban que saliera.
El tráiler había caído desde un puente en Ramos Arizpe y quedado con las llantas hacia arriba. Dentro de aquella cabina volcada, el conductor tenía una pierna prensada. Humberto trabajaba con el equipo hidráulico para abrir espacio entre las piezas que lo mantenían atrapado.
Mientras avanzaba el rescate, el diésel se derramaba de los tanques. Humberto no advirtió en qué momento el combustible comenzó a acumularse a su alrededor. Cuando se dio cuenta, estaban inundados dentro de la cabina.
El olor del combustible, el hombre inmovilizado y el esfuerzo por liberarlo formaban parte de una misma urgencia. Había que sacarlo. Cada corte, cada movimiento del equipo buscaba darle el espacio que todavía le faltaba para salir.
Entonces llegó el flamazo.
El fuego acababa de cambiarlo todo.
Lo que hasta ese instante era una operación para liberar una pierna prensada se convirtió también en una amenaza inmediata para los dos. El diésel estaba ahí, dentro de la cabina. Afuera gritaban que Humberto saliera. El conductor seguía atrapado.
Humberto podía escuchar las voces, pero su atención permanecía en el hombre: cómo liberarlo, cómo sacarlo de ahí antes de que el fuego creciera.
Afuera, los bomberos reaccionaron en segundos. Tenían el equipo preparado y apagaron el fuego antes de que se extendiera. Adentro, Humberto permaneció junto al conductor.
Entonces el hombre lo miró.
No le dijo nada. Solamente se le rodaron las lágrimas.
-Yo creo que él pensó que lo iba a dejar ahí también.
De aquel servicio Humberto salió intoxicado. Necesitó oxígeno y permaneció un rato en observación. Al recordarlo, reconoce el peligro y agradece la rapidez de los bomberos. Pero vuelve a esa mirada: la de una persona atrapada que, en medio del miedo, vio que alguien seguía a su lado.
Hay encuentros que duran apenas unos minutos y se quedan para toda la vida. Humberto Salas lleva 36 años acudiendo a ellos. Ha llegado hasta personas que necesitan respirar, salir de un vehículo, alcanzar un hospital. Ha escuchado a quienes preguntan por sus hijos, quieren hablar con su esposa o tienen miedo de morir.
En esos momentos, sus manos trabajan y su voz acompaña.
Más de media vida dedicada a salvar otras vidas. A darles la oportunidad de seguir, de volver a casa, de abrazar una vez más a quienes los esperan.
Antes de la ambulancia
Su vocación comenzó muchos años antes de ponerse un uniforme, casi por accidente. O, mejor dicho, a raíz de uno.
Humberto era niño. Caminaba con su papá y su hermano mayor por la calle Otilio. En una de las casas habían retirado la reja de la cochera: una estructura grande, pesada, que permanecía recargada contra la pared.
Ya habían dejado atrás aquella entrada. Diez, quizá quince metros, cuando un estruendo los hizo detenerse.
Su padre regresó corriendo.
Debajo de la reja había quedado una niña.
Les pidió a sus hijos que lo ayudaran y entraron a la cochera. Había que levantar el hierro, abrir un espacio, quitarle de encima aquel peso. Mientras ellos sostenían la estructura, la madre se acercó para sacar a su hija. Otra niña había salido también. Las dos gritaban y lloraban.
Todo ocurrió en segundos, pero Humberto todavía recuerda lo pesada que estaba la reja. Recuerda a la niña inconsciente y a su madre subiendo al automóvil para llevársela. La urgencia de marcharse con ella, de buscar ayuda, de llegar a algún lugar donde pudieran atenderla.
Después, el coche se fue.
Ellos también siguieron su camino, sin saber qué sería de la pequeña.
Para Humberto, sin embargo, algo de aquella cochera permaneció abierto durante días. Volvía a pensar en la señora, en sus gritos, en el miedo de ver a su hija debajo del hierro. Una desesperación ajena que había alcanzado a sentir como propia.
Nunca supo cómo terminó aquella historia. Lo que conservó fue el impulso de hacer algo.
-Hay que hacer algo por los demás.
Su padre se lo había mostrado ahí, en una calle de la ciudad, al regresar corriendo hacia alguien que necesitaba ayuda.
Humberto recuerda que en su casa ayudar era una costumbre. Siempre había alguien que necesitaba un lugar para comer, dormir, descansar o simplemente estar. Un amigo que atravesaba problemas con su familia, una persona que buscaba compañía, alguien a quien sus padres le hacían espacio.
Él y sus hermanos crecieron viendo esa disposición para recibir a los demás. Cada uno llevó alguna vez a alguien que necesitaba apoyo.
-Un lugar para dormir, un lugar para comer, un lugar para descansar o para estar. Sí, siempre.
Cuando se le pregunta qué valor recibió de sus padres, responde:
-La solidaridad, en todos los aspectos.
Para él, esa enseñanza sigue ligada al ejemplo. A lo que vio hacer una y otra vez dentro de casa.
Las horas que se volvieron una vida
También recuerda una serie de televisión de su infancia: ¡Emergencia!, que seguía el trabajo de los paramédicos del Escuadrón 51 y del personal del Hospital Rampart. Frente a la pantalla, Humberto veía a dos hombres acudir al llamado de personas que necesitaban ayuda y trabajar en coordinación con quienes las recibirían en el hospital.
Le gustaba cómo se desenvolvían, cómo atendían a los heridos, cómo llegaban cuando alguien los necesitaba. En aquellos personajes comenzaba a reconocer una labor que lo atraía, aunque todavía no supiera que terminaría dedicándole más de media vida.
Pero su encuentro con esa profesión ocurrió mientras estudiaba la preparatoria técnica en el CBTIS 97, en el área de electromecánica.
Tenía que cumplir 480 horas de servicio social.
Había distintas opciones. Humberto quería que esas palabras, servicio social, tuvieran un sentido concreto: hacer algo por la comunidad. Así llegó a la Cruz Roja con varios compañeros. Primero apoyaron en las tareas disponibles; después recibieron un curso de primeros auxilios. Lo que aprendía comenzó a mostrarle cuánto podía cambiar la situación de una persona con una intervención oportuna.
Cuando los invitaron al curso de socorristas, continuaron solamente otro compañero y él. Luego llegaron las guardias, los servicios y las preguntas que lo llevaron a seguir estudiando.
No identifica el instante exacto en que decidió quedarse. Recuerda que cada cosa aprendida despertaba su interés por conocer otra.
Las horas del servicio social terminaron. Humberto se quedó.
Había llegado a la Cruz Roja para cumplir un requisito escolar y encontró una tarea que lo impulsaba a seguir aprendiendo. Cada guardia le mostraba cuánto podía hacer por una persona y cuánto le faltaba todavía por conocer. Aprendía de los instructores, de los médicos y de los compañeros con quienes salía a atender servicios. Una experiencia despertaba una pregunta; esa pregunta lo llevaba a buscar más preparación.
Fue socorrista y después se formó como técnico en urgencias médicas. La capacitación le permitió comprender mejor lo que ocurría en el cuerpo de una persona herida o enferma y reconocer aquello que podía poner en peligro su vida.
-Fue más capacitación, fue más aprendizaje, fue más entender cómo funciona el cuerpo y cómo deja de funcionar.
Con el tiempo asumió responsabilidades de coordinación en la Cruz Roja. Conoció a muchas personas que pasaron por la institución y a otras que, como él, encontraron ahí una vocación duradera.
Más adelante trabajó en dos empresas de Ramos Arizpe, también en el área de la salud. La industria añadió otra perspectiva a su experiencia: analizar cómo había ocurrido un accidente, qué lo había provocado y qué podía revelar esa secuencia sobre las lesiones de la persona que atendía.
Aprendió a mirar también lo que rodeaba al paciente. Entender qué había sucedido podía ayudarlo a reconocer lo que debía buscar y atender.
Desde hace nueve años presta atención de emergencias en carretera, en el tramo de Los Chorros. Ahí, cada servicio exige observar el entorno, valorar los riesgos y coordinarse con otros compañeros e instituciones. Antes de liberar a una persona atrapada hay que decidir qué cortar, qué retirar, qué asegurar y cómo realizar el rescate con los recursos disponibles.
La urgencia exige actuar. La preparación le permite hacerlo con un plan.
Después de 36 años, Humberto ha perdido la cuenta de los cursos que ha tomado. Recuerda las especialidades, las actualizaciones y las recertificaciones como parte de un aprendizaje que sigue abierto.
-Ahí es donde tú tienes que sacar todos los conocimientos que has adquirido durante toda tu vida.
Lo que hay detrás de una sirena
Desde afuera vemos pasar una ambulancia. Escuchamos la sirena, buscamos cómo dejarle espacio y seguimos nuestro camino.
Humberto conoce lo que sucede adentro.
Hay personas que hablan de su dolor. Otras preguntan por sus hijos, quieren escuchar a su esposa o necesitan comunicarse con su madre. Algunas no pueden decir una sola palabra.
Atenderlas exige conocimientos y decisiones que, muchas veces, deben tomarse en segundos. También exige escuchar.
-Es ayudarles a que tengan una comunicación que tú no sabes si va a ser la última que van a tener con alguien de su familia.
Por eso le cuesta escoger un servicio como el más importante. Son muchas personas, dice, y destacar solamente a una le hace sentir que podría quitarles valor a las demás.
Para él, detrás de cada paciente hay una familia. Un accidente puede interrumpir la vida de quien resulta herido y transformar también la de quienes lo esperan en casa.
-Suena muy simple decir: “Tuvo un accidente y no resistió”. Pero entender todo lo que hay detrás de esas palabras... a mucha gente le cambia la vida.
De sus pacientes ha aprendido cosas que ninguna capacitación puede enseñarle por completo.
Una de ellas es permitir el dolor.
Ha visto cómo, frente a alguien que llora, nos apresuramos a pedirle que se calme. Humberto se pregunta cuánto de esa urgencia nace de nuestra propia dificultad para verlo sufrir.
-¿Por qué tanta urgencia de tranquilizar a alguien que necesita desahogarse?
Ha acompañado a suficientes familias para saber que, a veces, lo que una persona necesita es poder llorar y que alguien permanezca cerca.
Los que ayudan también necesitan volver a casa
Después debe poder continuar. Con la satisfacción de saber que hizo cuanto estaba a su alcance y de aceptar que el desenlace no siempre depende de él.
Hay recuerdos especialmente difíciles. Servicios en los que la persona que necesita ayuda tiene un rostro conocido, una voz que Humberto recuerda, una historia compartida entre guardias y conversaciones de todos los días.
Uno de sus compañeros de la Cruz Roja había entrado a una tienda en el Paseo de la Reforma para rescatar a una persona. Mientras estaba adentro, ocurrió una explosión. Ya no pudo salir por su cuenta.
Humberto fue uno de los que acudieron para sacarlo.
Hasta entonces, aquel hombre había estado del mismo lado que ellos: el de quienes llegan para ayudar. Ahora era el compañero al que había que rescatar, trasladar y tratar de mantener con vida.
Lo llevaron al Seguro Social. Ahí, junto con los médicos, participaron en los esfuerzos por reanimarlo. Humberto recuerda que trabajaron durante mucho tiempo. Hicieron cuanto pudieron, pero no sobrevivió.
-Es una impotencia grandísima. Platicas con él diario y de un momento a otro se convirtió en paciente y ya no respondía.
La pérdida tenía también el peso de esa cercanía: conocer a la persona por la que estaban haciendo todo, haber compartido con ella el trabajo de ayudar a otros.
Tiempo después le tocó acudir a la búsqueda de otro compañero, de su trabajo actual, que había sufrido un accidente grave. No lo encontraban y le hablaron para que fuera a apoyar.
Lo encontraron. Esta vez ya no pudieron hacer nada por él.
Humberto cuenta ambos episodios con la certeza de que están entre los más difíciles de su trayectoria. La preparación le permite actuar; conocer a quien está frente a él vuelve especialmente doloroso el recuerdo.
-Tú piensas que vas a atender siempre personas que no conoces, y sí te toca atender personas que conoces. Yo creo que eso es lo más fuerte.
Son dos compañeros que forman parte de lo que lleva consigo después de 36 años de servicio. Hombres con quienes compartió la tarea de llegar a tiempo y a quienes, cuando les tocó necesitar ayuda, también fue a buscar.
Quien hasta entonces formaba parte de las conversaciones cotidianas se convierte, de un momento a otro, en el paciente al que todos intentan salvar.
Humberto reconoce el miedo y el riesgo de su oficio. También insiste en la calma, la preparación y el trabajo entre compañeros: observar el entorno, acordar un plan, saber qué debe hacerse y con qué recursos cuentan.
En el rescate del trailero recuerda su decisión de permanecer, pero también la rapidez de los bomberos que apagaron el fuego. En otros servicios reconoce los conocimientos de sus compañeros y la manera en que se cuidan unos a otros.
-Nunca nos dejamos solos.
Una invitación para celebrar la vida
Entre los recuerdos que guarda hay uno que llegó tiempo después de una tragedia.
En Los Chorros atendieron un accidente en el que un tráiler afectó a la camioneta de una familia. Murieron varias personas y algunos niños quedaron huérfanos.
Dos o tres años después, los familiares que se habían hecho cargo de ellos organizaron una fiesta de cumpleaños para una de las niñas sobrevivientes.
Invitaron a los rescatistas.
Querían que fueran a convivir con los niños.
Humberto estaba de guardia. Habían conseguido permiso para que él y otro compañero acudieran un rato, pero ese día surgió otro servicio grave y no pudieron asistir.
La invitación, sin embargo, se quedó con él.
Aquella familia los recordaba y les abría un lugar en una celebración. Después del accidente, de las pérdidas y de todo lo que había cambiado, había una niña que cumplía años.
-El saber que la familia también se acordó de nosotros, que estuvimos en ese momento de ellos, fue satisfactorio.
En una profesión donde muchas veces deja al paciente en el hospital sin conocer lo que vendrá después, esa noticia le permitió saber algo más: los niños seguían creciendo.
Los otros 364 días
Le pregunto qué ha sacrificado.
Pienso en las Navidades de guardia, los fines de semana, los cumpleaños y las reuniones familiares a las que no pudo llegar.
Humberto lo ve de otra manera.
Desde que eligió esta profesión, sabía que esos horarios formaban parte de ella. Reconoce lo hermoso de celebrar en familia, pero también encuentra una posibilidad en los días que quedan.
-Si no pude estar en algunas fechas, tuve todos los otros 364 días del año para disfrutarlo.
No reduce el cariño a una fecha en el calendario. Busca oportunidades para compartirlo durante el resto del año.
Además, recuerda algo sencillo: todos deseamos que haya alguien disponible cuando nosotros o nuestra familia necesitemos ayuda.
En una de aquellas guardias navideñas acudió a atender a una madre y a su bebé, que acababa de nacer, en un lugar de condiciones muy precarias por la carretera a Torreón. Cuando llegaron, el niño ya había nacido. Les dieron atención y los trasladaron al entonces Hospital de la Mujer.
Humberto recuerda la satisfacción de ayudar y la tristeza de ver cómo vivían.
Años después regresó al sitio para saber qué había sido de aquellas personas. Ya no encontró a nadie.
El reconocimiento y la recompensa
Su vocación también fue distinguida con el Premio de Rotary a la Excelencia en el Servicio Humanitario. Durante su etapa en la Cruz Roja, personas que conocían su entrega lo nominaron sin que él lo supiera. Para Humberto, recibirlo fue una sorpresa y una satisfacción que todavía agradece.
Pero cuando habla de sus mayores recompensas, vuelve a los servicios, a las personas y a la oportunidad de llegar cuando alguien lo necesita.
-Yo creo que la más grande es en los servicios que damos día a día.
Su fe también lo acompaña. Humberto encuentra en Dios una manera de entender sus límites y de aceptar aquello que queda fuera de sus manos. Cuando ya no es posible salvar a alguien, procura ofrecer palabras de tranquilidad. Desde sus creencias, busca acompañar incluso esa despedida.
Todavía no sabe cuándo se retirará. Dice que le falta aceptar ese momento y confía en que sabrá reconocerlo cuando llegue.
Si pudiera elegir otra vez, volvería a ser paramédico.
Después de 36 años, le pregunto quién es Humberto Salas.
-El mismo que empezó.
Y explica:
-Para mí una urgencia sigue siendo una urgencia. Si son las tres de la tarde o las tres de la mañana, es una urgencia. Hay que salir rápido, hay que llegar.
Al pedirle una palabra que defina su vocación, primero responde “servicio”. Luego se corrige:
-Vida.
De niño vio a su padre regresar corriendo para levantar una reja. Debajo había una niña; alrededor, una familia cuyo mundo acababa de detenerse.
Treinta y seis años después de comenzar a atender emergencias, Humberto sigue respondiendo a ese llamado. Cambian los rostros, las horas. Permanece la urgencia de llegar hasta alguien que necesita ayuda.
Porque Humberto ha dedicado más de media vida a luchar por algo inmenso: que la historia de alguien más no termine ahí.