La Casa de las Canicas
¿De qué va un reto entre los jóvenes al entrar a una casa antigua en la calle de Victoria donde presuntamente se habría jugado a la ouija?
En la calle Victoria, antes de Xicoténcatl, la Casa de las Canicas tenía una pared que los estudiantes iban a mirar de noche. Durante los últimos años de los ochenta y los primeros noventa, entre muchachos de la secundaria Berrueto circuló el desafío de entrar y aguantar hasta medianoche. En el pasillo lateral estaba el rostro del diablo.
La explicación venía de unas jóvenes que, según el relato, habían llevado una ouija a la casa deshabitada. Una de ellas comenzó a gritar y a hablar de manera extraña. Después de un resplandor cayó al suelo. En la pared quedó una cara. Las muchachas huyeron; la mancha se convirtió en motivo de apuestas.
Desde la banqueta se podía señalar el pasillo y discutir hasta dónde llegaría cada quien. Siempre había alguno dispuesto a entrar mientras los demás prometían esperarlo. La distancia parecía corta cuando todavía estaban juntos. Luego quedaba el ruido de sus propios zapatos.
El muchacho avanzaba pegado al muro contrario, procurando abarcar la pared de una sola mirada. Había zonas oscuras, partes descascaradas, sombras que cambiaban al mover la cabeza. Desde la entrada le preguntaban si ya lo había visto. Contestaba que se callaran. Necesitaba escuchar la casa.
Por un momento pensaba en regresar y decir que allí no había nada.
Pero todavía faltaba encontrar la cara. La leyenda le había puesto la tarea de distinguir unos ojos, una boca, algo que justificara haber entrado. Cada mancha exigía detenerse. El pasillo seguía hacia la parte trasera y desde allí no llegaba ninguna voz.
La luz de Victoria apenas alcanzaba el muro. Al inclinar la cabeza encontraba una frente; un poco más abajo, la abertura de una boca. Quería llamar a los otros para que también la vieran. Antes de hacerlo buscaba los ojos.
Afuera le gritaban que ya saliera. Él seguía tratando de averiguar hacia qué parte del pasillo miraba aquella cara.