Saltillo: Historia de la ciudad contada desde sus callejones

Saltillo: Historia de la ciudad contada desde sus callejones

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Durante más de cuatro siglos, estas breves vías fueron escenario de conflictos, acuerdos y vida cotidiana que moldearon el crecimiento urbano

Saltillo
/ 14 febrero 2026
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Durante más de cuatro siglos, los callejones de Saltillo han sido testigos silenciosos de la constante transformación desde la villa a la ciudad de nuestros días. Estos pasajes estrechos, a menudo olvidados, y sobre todo sus antiguos nombres, guardan entre sus estrechas banquetas historias de quienes lucharon por el agua, defendieron sus propiedades y construyeron, poco a poco, la ciudad que hoy conocemos.

Nuestra vasta fuente son las actas del cabildo municipal, documentos donde se registraban las decisiones de los munícipes, estos nos permiten reconstruir el presente relato. En las actas de las sesiones de cabildo quedaron anotadas las quejas, las solicitudes de mejoras, las disputas por terrenos y las decisiones que fueron moldeando a Saltillo.

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A través de estos registros, los callejones dejan de ser simples pasajes para convertirse protagonistas donde se desenvolvió la vida del día a día.

En el siglo XVIII, la Villa de Santiago del Saltillo era un poblado donde seguramente todos se conocían y donde la vida giraba en torno a la tierra y el agua. Los callejones eran espacios que surgían de la necesidad y que por lo regular se convertían en motivo de disputa entre vecinos.

Vemos solo unas muestras de esos conflictos. En 1713, Marcos Sánchez se presentó ante el cabildo con una queja: el callejón que pasaba junto a su huerta le causaba perjuicios, pues sus vecinos lo usaban constantemente para transitar. Solicitó cerrarlo, su petición fue escuchada. Este caso muestra cómo, en aquellos años, el interés privado podía pesar más que el derecho al libre tránsito.

Los callejones servían sobre todo como puntos de referencia para delimitar propiedades. Cuando Isabel María Flores y José Flores se enfrentaron en 1735 por una herencia o cuando Jacinta de Arredondo y Nicolás de Padilla discutieron la venta de un terreno ese mismo año. La frase recurrente en las actas era: “callejón de por medio” aparecía una y otra vez en los documentos. Ese pasaje reducido era la línea que separaba lo que pertenecía a una familia y lo que era de la otra.

Los callejones también se mencionan muy seguido en las transacciones comerciales. Cuando Juan de la Cruz vendió un terreno en 1733, o cuando Juan Antonio Ramos vendió una casa al año siguiente, la ubicación se describía siempre en relación con el callejón más cercano. Incluso el ayuntamiento participaba en estas transacciones: en 1766 compró una casa a Juan Antonio Gutiérrez que estaba en “el callejón que sale de la plaza real al poniente”.

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Las deudas llevaban a juicios donde los callejones servían de referencia. Francisco Benito de Recio de León demandó en 1794, Rafael Martínez de Abal en 1795, y Tomás de Cepeda en 1799. En todos estos casos, las casas embargadas se identificaban por su cercanía al “callejón nombrado de Juan Esteban” o “callejón Largo”.

AGUA Y CONFLICTOS

Con la Independencia de México, Saltillo comenzó a enfrentar problemas de otra índole. Los callejones dejaron de ser líneas divisorias entre propiedades para convertirse en escenarios de conflictos más complejos y en espacios donde la autoridad se vio obligada a proveer los servicios básicos.

En 1805, el ayuntamiento ordenó reparar el encañado, entubado, del callejón de Propios. En 1822, se construyó una pila pública en el callejón de Bracho, para que los vecinos pudieran abastecerse.

Mantener este sistema en funcionamiento era una batalla constante. La fuente del callejón de San Juan estuvo en muy mal estado entre 1839 y 1840, lo que generó varias comunicaciones de vecinos exigiendo su reparación.

El agua como siempre era motivo de conflicto. En 1853, los habitantes del extinto pueblo de San Esteban de Tlaxcala suplicaron al cabildo que no cerrara el callejón de La Cárcel, porque por debajo corría la acequia que regaba sus huertas. Al año siguiente, exigieron el libre uso del agua que fluía por ese mismo callejón.

Además de gestionar el agua, el cabildo de la ciudad comenzó a preocuparse por mejorar la calidad de los callejones como vías de tránsito. En 1842, se ordenó que las banquetas de varios callejones fueran de losa, o al menos de “piedra bola chica”, esto para hacer más dignas y transitables estas vías.

$!Testimonio de una historia digna de recordar, aquí el plano de Saltillo de 1917.

EL CALLEJÓN COMO NEGOCIO

Los callejones también tenían valor económico. En 1854, el gobernador Jerónimo Cardona ordenó conceder parte del callejón del Truco a Juan González Zertuche, el poder estatal, como hasta ahora, podía intervenir en los asuntos para beneficiar a algunos. El callejón del Truco fue cerrado por orden del jefe del Ejecutivo, ello, probablemente durante alguna situación de emergencia o conflicto militar.

Los vecinos no se quedaron callados. Ángel Ferreyra presentó una solicitud de reapertura en 1858; dos años después, más vecinos reiteraron la propuesta, finalmente la autoridad cedió ante los vecinos y la vía se abrió.

NUEVAS VÍAS

A medida que la ciudad crecía, se necesitaban nuevas calles y callejones. En 1836, se aprobó ampliar el callejón del Humo para mejorar la comunicación entre los distintos barrios. El mismo año se solicitaron fondos para la apertura de este callejón. La necesidad fue tal, que se abrió el callejón.

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Los callejones también eran espacios donde se manifestaban problemas de seguridad. En 1808, se prohibió instalar puestos en el callejón de la Cárcel para evitar “desórdenes” y garantizar el libre tránsito. En tiempo de feria se instalaban ahí los puestos de comida. En 1812 se registró el juicio por el asesinato de Esteban Rojas en el “callejón Largo”. La estrechez hacía que los callejones fueran peligrosos.

DISPUTAS Y DEMANDAS

Los conflictos por los callejones nunca desaparecieron, se convirtieron en algo común. En 1816, Ana María Francisca García, quien se identificó como “india tlaxcalteca”, demandó a José Ramón González por unos cuartos en el callejón de La Matanza.

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SIGLO XX

Las nuevas expectativas cambiaron. Los saltillenses además de pedir agua, deslindes, querían callejones seguros y transitables. Las nuevas exigencias eran: luz eléctrica, pavimento, drenaje, todo para cumplir los estándares que la modernidad demandaba.

Las solicitudes para instalar focos en los callejones se multiplicaron. En 1903, los vecinos del callejón del Truco pidieron alumbrado, en realidad solo pidieron un foco. En 1910, fue el turno del callejón de los Perros, aunque la solicitud fue negada por falta de fondos municipales. De nueva cuenta en 1921, se solicitaron focos para el callejón del Tlacuache.

El agua ya no llegaría por acequias, sino por tubería. En 1913 se concedieron permisos para instalar tuberías y tomas de agua en los callejones del Oso y del Tlacuache. Desde entonces el pavimento se convirtió en otra prioridad. Para 1944 y 1945, se realizaron trabajos de pavimentación y revestimiento más sofisticados.

En 1954, se instaló drenaje en un tramo del callejón de la Noria. Era el fin de la era de las acequias abiertas y el inicio de un sistema sanitario moderno. El contraste con una acción municipal hecha en 1835, una vecina había recibido la orden de cubrir una acequia en el callejón Ojito de Ceballos.

CONFLICTOS Y SALUD PÚBLICA

Vecinos del callejón del Chivo se quejaron en 1925, porque el ferrocarril Coahuila y Zacatecas pretendía cerrarlo. Para 1906 se había concedido permiso a la Mazapil Copper Company para colocar una puerta en ese callejón, hoy en día se ven vestigios de esa puerta, son tubos repintados de rojos que sirvieron para el cierre de la arteria.

EL CUENTO DE NUNCA ACABAR

Durante las primeras décadas del siglo XX, las autoridades municipales intentaron regular la moralidad y el orden público en los callejones de la ciudad, de acuerdo con los valores de la época. En 1906, los propietarios de fincas en el callejón de La Delgadina solicitaron expulsar a las prostitutas del lugar para preservar la “decencia” del vecindario.

Años después, en 1919, vecinos del callejón de Mina manifestaron quejas sobre las “clandestinas”, nombre sofisticado para renombrar a las prostitutas.

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$!Decisiones del poder estatal permitieron concesiones y cierres que beneficiaron a particulares, este es el plano de Saltillo siglo XVIII.

En 1921, se pidió clausurar las “casas de citas” en el callejón 5 de Mayo, y en 1924, el ayuntamiento acordó investigar si podía cerrarse el “callejón del Beso” debido a que “se cometían actos inmorales”, aunque el escrito no especificaba cuáles eran estos. En 1932, se ordenó trasladar las cantinas del callejón de Rodríguez a otro lugar.

Además de los problemas de moralidad, también existían preocupaciones sanitarias. En 1922, hubo sonadas querellas, sobre el arroyo insalubre que corría junto al callejón del Hospital Civil. Los arroyos eran utilizados antes como ahora, como vertederos de basura.

LA MALA COSTUMBRE DE CAMBIAR NOMBRES

Una de las transformaciones más simbólicas del siglo XX fue el cambio de nombres de los viejos callejones. Muchos habían recibido sus nombres de manera informal, a menudo con denominaciones poco elegantes y ofensivos para algunos.

En 1911, el “Callejón Los Perros” fue renombrado como “El Mirador”, un nombre mucho más acorde a la situación por la altura del terreno. En 1921, el “Callejón del Tlacuache” pasó a llamarse “Ildefonso Fuentes”. En 1935, el presidente municipal propuso cambiar el nombre del “Callejón del Chivo” a “Héroe de Nacozari” para perpetuar la memoria de Jesús García, el ferrocarrilero que se sacrificó para salvar a un pueblo.

En 1942, la revista Vanguardia solicitó cambiar el nombre del “Callejón del Truco” por “Carlos Pereyra”. Esta propuesta no encontró eco. ¿resentimiento de algunos contra el gran historiador?

LO CUENTAN LOS CALLEJONES

Recorrer más de cuatro siglos de historia a través de los callejones de Saltillo revela patrones fascinantes sobre cómo evolucionó la ciudad y la actuación de sus gobernantes.

A lo largo de toda esta historia, los ciudadanos fueron actores fundamentales. Los vecinos actuaron como agentes de cambio. Ya fuera pidiendo la instalación de un foco, oponiéndose al cierre de una vía, solicitando la expulsión de prostitutas o proponiendo un nuevo nombre, la participación ciudadana fue decisiva en la reconversión de la ciudad a nuevas realidades.

Los callejones de Saltillo, en esos espacios estrechos, rincones modestos nació una gran historia de la ciudad: la construcción colectiva de un espacio que, a pesar de sus imperfecciones, fue y sigue siendo el hogar de muchos saltillenses.

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Los nombres de los viejos callejones han cambiado, las acequias corren ahora por tubos, las velas y los quinqués dieron paso a las luminarias de LED. Pero los callejones siguen ahí, testigos silenciosos de cuatro siglos.

Si uno camina despacio por ellos, quizás aún pueda sentir el eco de aquellos saltillenses que construyeron la ciudad que hoy habitamos. Cada callejón guarda su historia. Nosotros apenas somos un capítulo más, son relatos y retratos que valen la pena seguir contando.

saltillo1900@gmail.com

Ariel Gutiérrez Cabello, nació en Saltillo, Coahuila, en 1961, investigador de la microhistoria local. Ha dedicado su vida profesional a la comunicación, la ecología y la cultura, desempeñándose como museógrafo, e investigador.

Desde hace más de seis años, Gutiérrez Cabello comparte cada domingo en el periódico Vanguardia su columna Relatos y Retratos del Saltillo Antiguo, donde rescata historias, sucesos y personajes que han marcado la historia de la ciudad.

Entre sus obras destaca “Calles y otros lugares de Saltillo antiguo”, libro en el que indaga el origen de los nombres de calles, callejones e inmuebles de la ciudad, ilustrando con fotografías históricas y relatos la evolución social y cultural de Saltillo. También ha publicado “Escribidores de luz: fotógrafos en Saltillo, 1846 a 1920”, un trabajo que documenta el desarrollo de la fotografía y los fotógrafos en la región y el libro Imágenes e historia del Saltillo de 1900. Fondo Fotográfico Ferretería Sieber. Saltillo, Coahuila

Es ferviente coleccionista de fotografías antiguas, relacionados con la historia local, Gutiérrez Cabello trabaja de manera continua en la investigación de la microhistoria de Saltillo, para la preservación y difusión de la memoria histórica regional.

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