Los últimos guachichiles

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Los últimos guachichiles, sobrevivientes de la nación que dominó los desiertos de Coahuila, Zacatecas, San Luis Potosí y Nuevo León, símbolo de una de las resistencias indígenas más férreas del norte de la Nueva España

Saltillo
/ 21 febrero 2026
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SIGLO XVII

La imagen en la pantalla no es fácil de leer. Los documentos tienen más de tres siglos y la letra procesal, esa escritura colonial que enlaza sílabas donde no hay espacios, no facilita las cosas. Hago un esfuerzo por desatar esas ligaduras a veces imposibles de descifrar. Después de cierto tiempo adquiero práctica, poco a poco los registros de los últimos guachichiles comienzan a volverse legibles.

Después de varios días de leer y procesar más de 500 nombres, aparece: Juana, 57 años, india guachichila. Fallece el 30 de enero de 1670. Después de esa fecha, las palabras guachichil y guachichila no volverán a aparecer después de ese año. Ella fue la última de su pueblo. Al menos la última en registrar su muerte. Después de Juana, vino el silencio y el olvido de los nativos de esta región.

El Libro I de defunciones de San Esteban de la Nueva Tlaxcala abarca 175 años, de 1632 a 1712. Por alguna razón, los registros empiezan 41 años después de la fundación del pueblo tlaxcalteca. La primera defunción se registra el 7 de abril de 1632 y el año cierra el 28 de diciembre, el presente informe abarca hasta 1673. El fraile a cargo de los asientos en el libro fue Phelipe Hernández.

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EL COMIENZO Y EL FIN

En 1632 hay un brote epidémico, hay un repunte en las muertes. Ese año, de abril a diciembre, fallecieron 55 personas: 34 tlaxcaltecas, 20 guachichiles y 1 otomí. Entre ellos, tres jefes de ranchería guachichiles. El 20, 24 y 26 de junio aparecen: Lucía, Bernardino y María. Las tres entradas registran el mismo cargo: jefa y jefe de ranchería. Ahí está la prueba. Las mujeres guachichiles no solo fueron guerreras. También tuvieron roles de líderes de sus comunidades.

En las entradas se pueden leer: nombre, edad, etnia, estado civil. Al correr de los años el fraile empieza a anotar la causa de la muerte por sugerencias de los visitadores llegados del Obispado de Guadalajara. Leerlos y entenderlos es entender los primeros años del pueblo tlaxcalteca que coexistía con otras etnias: chichimecas, tarascos, tetecoras, un individuo de Cuahuila, hasta un natural de Campeche. Las condiciones que atravesaron los primeros pobladores fueron terribles, una lucha constante entre la vida y la muerte, las enfermedades como la viruela, sarampión, tifo, diezmaron cientos.

QUIÉNES ERAN LOS GUACHICHILES

Para entender lo que se perdió en enero de 1670, registro del último guachichil, conviene saber quiénes eran los guachichiles. Su nombre viene del náhuatl y significa ‘los del bonete rojo’: los mexicas los bautizaron así por su costumbre de teñirse el cabello y la cabeza con un rojo brillante. Eran uno de los seis pueblos de la gran nación chichimeca; su territorio de movilidad abarcaba desde los hoy estados de Guanajuato, Jalisco, Zacatecas, Coahuila y Nuevo León.

Las crónicas coloniales los describen como gente de complexión alta y robusta. Los hombres adultos medían alrededor de 1.70 metros y las mujeres de 1.60, correosos, delgados y una constitución física adaptada a una vida de desplazamiento constante en uno de los entornos más duros y hostiles que existen: el desierto. Cazaban en grupos pequeños.

SOBRE LOS GUACHICHILES

El historiador Carlos Manuel Valdés, el mayor experto sobre los guachichiles, señaló en una entrevista lo siguiente: “en el siglo XVII, un sacerdote ilustrado publicó en Perú un libro sobre los indios de América; cuando habla de los guachichiles, los colocó entre las seis etnias más temibles del continente americano. En 1737, el padre José Arlegui los describió como aliados del demonio”. Que los cronistas coloniales los retrataran así no es extraño: los guachichiles representaban lo opuesto a los planes de los españoles. Un pueblo que prefería la libertad al orden impuesto.

La historia de la nación guachichil, tal como se desprende de las páginas del antiguo Libro de Charcas (1586-1663), Guachichiles y Franciscanos, del hace poco fallecido Lucas Martínez, nos dice: no es la de un grupo unificado bajo un solo mando, sino la de un vasto y complejo mosaico de parcialidades vinculadas por la lengua, la cultura y un territorio inmenso. El término ‘nación’ fue, en realidad, una categoría utilizada por la administración virreinal para intentar clasificar y dar orden a estas poblaciones que se encontraban en constante movilidad.

A través de los registros franciscanos es posible distinguir catorce grupos principales que recorrían la geografía del norte. Los negritos fueron de los más presentes en las crónicas, habitando el valle de Matehuala, el paraje de la Sierpe y la ranchería de Hipoa. En las alturas de la Sierra de Río Blanco, en lo que hoy es el sur de Nuevo León, se encontraban los vocalos (o bocala), recordados como el último gran reducto de esta nación hacia mediados del siglo XVII.

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Otros grupos marcaban su presencia en puntos estratégicos: los borrados se movían entre las sierras de Matehuala y el Nuevo Reino de León, mientras que los rayados habitaban las fronteras cercanas al valle de Saltillo. Estos últimos, aunque compartían lengua con los guachichiles, mantenían con ellos conflictos territoriales frecuentes que terminaban en enfrentamientos.

El Libro de Charcas también rescató del olvido a los bosales o bozales, registrados hacia 1622, y a los tocas, mencionados en Matehuala en 1648. Más al norte, los alazapas merodeaban cerca de Monterrey. Hacia el Potosí y San Juan de Vanegas tenían su asiento los juquialán, y desde las tierras de Jaumave llegaban los pisones.

Los guachichiles mantuvieron una resistencia activa durante cincuenta años hasta la pacificación lograda por el capitán Miguel Caldera a finales del siglo XVI. Esta lucha fue una respuesta directa a la invasión de su territorio por parte de conquistadores y mineros en la región de Mazapil, Zacatecas.

Vivían en rancherías o campamentos que cambiaban de lugar, formados por bandas de entre 60 y 100 personas, entre 12 y 20 familias. Solían establecerse cerca de fuentes de agua en planicies y montañas. Su sustento dependía de los ciclos de la naturaleza: se alimentaban de mezquite durante tres o cuatro meses al año y de tuna, blanca y colorada, durante casi ocho meses.

$!Guerrero guachichil. El temido nómada del norte. Ilustración histórica que representa a un miembro de esta nación indígena, conocida por su feroz resistencia ante la conquista española durante más de cincuenta años en los territorios que hoy conforman Coahuila, Zacatecas, San Luis Potosí y Nuevo León.

SAN ESTEBAN DE LA NUEVA TLAXCALA 1591

Al concluir las Guerras Chichimecas en 1590, el pueblo nació como parte de la estrategia colonial de congregación: reunir en asentamientos sedentarios a grupos nómadas para facilitar su evangelización y control. Los tlaxcaltecas, aliados de los españoles desde la conquista de Tenochtitlan 1521, llegaron del centro del país con la misión de servir como modelo civilizador ante los grupos del norte.

La fundación de San Esteban pretendía pacificar la zona mediante el ejemplo y la convivencia, la realidad fue que las tribus locales mantuvieron su resistencia y estilo de vida nómada, lo que derivó en un estado de conflicto latente que caracterizó a la región en gran parte de la época colonial.

BARRERAS DE COMUNICACIÓN

Los grupos locales poseían idiomas distintos, lo que representaba un gran trabajo para poder establecer contacto o intentar su cristianización. Los guachichiles eran minoría. Los registros parroquiales de San Esteban revelan cosas muy interesantes: en los 38 años documentados entre 1632 y 1673, no existe un solo matrimonio entre guachichiles y tlaxcaltecas. Ni uno. Los guachichiles se casaban entre ellos, o con borrados, otra de las parcialidades guachichiles, pero nunca con los tlaxcaltecas. Elegir con quién fundar una familia era, en aquel contexto, una de las pocas decisiones que aún podían ejercer. Como ejemplo están Andrés y Beatriz, ambos de 60 años, muertos en 1651. Los registros los identifican como cónyuges. Ambos, guachichiles.

EL FRAILE

Fray Antonio Ulibarri fue otro de los religiosos que permaneció por más tiempo administrando el convento de San Esteban de la Nueva Tlaxcala durante el siglo XVII. Su labor consistía en la administración espiritual tanto de los tlaxcaltecas como de los guachichiles. Durante años llevó el libro de registro con la misma rutina: nombre, edad, etnia, estado civil, causa de muerte. Lo hacía bajo la supervisión de los visitadores del Obispado de Guadalajara.

LONGEVOS

Entre los guachichiles más longevos que aparecen en los registros, destaca un Juan diferente al último, el que moriría en 1666: este primero falleció el 10 de septiembre de 1657 a los noventa años. Había nacido alrededor de 1563, antes de que la villa de Santiago del Saltillo existiera, cuando los guachichiles todavía dominaban el desierto. Vivió lo suficiente para ver cómo los guachichiles iban desapareciendo uno a uno.

LOS ÚLTIMOS

El último guachichil varón se llamaba Juan. Murió el 5 de febrero de 1666. La última mujer, Juana, falleció el 30 de enero de 1670. En el intervalo de esos cuatro años aparecen dos registros más, con fecha del 23 de mayo de 1667: Agustina, de veinte años, y Pascuala, de días de nacida. Posiblemente madre e hija.

El 3 de abril de 1673 murió Inés, india borrada, de cuarenta años, casada con Lorenzo indio guachichil. Este es el último registro, seguramente Lorenzo al ver partir su mujer decidió marcharse al desierto para morir como ellos sabían hacerlo, solos. No hay registro de la defunción de Lorenzo.

La palabra guachichil y de cualquier otra etnia dejaron de aparecer en el libro de defunciones. Los franciscanos continuaron llevando sus registros. Nunca volvieron a escribir otro nombre fuera de los tlaxcaltecas.

TIERRAS VACÍAS

Para el año 1673, los informes virreinales ya hablaban de la extinción de la nación guachichila en zonas como Saltillo y Mazapil, donde apenas quedaban unos pocos individuos integrados en las haciendas.

Tres años después que murió Juana la última mujer guachichila, en 1676, el virrey de la Nueva España, Antonio Sebastián de Toledo, marqués de Mancera, emitió una orden para que las tierras destinadas originalmente a los indios guachichiles en Saltillo, San Esteban, se transfirieran a los tlaxcaltecas del pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, ya que los guachichiles no se habían asentado en ellas. Las tierras que les fueron asignadas estaban en la parte poniente del pueblo, desde la hoy calle de Victoria hacia el norte.

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$!Guachichil en el desierto. La imagen captura la esencia de un pueblo que supo sobrevivir en los territorios áridos de la Gran Chichimeca, donde la tuna y el mezquite eran pilares de su subsistencia.

LA LEYENDA QUE LOS SOBREVIVE

¿Quiénes eran los verdaderos dueños de estas tierras áridas e inmensas? La historia los olvidó. Pero el desierto guarda memoria. En cada matorral de mezquite que florece sin que nadie lo plante, en cada manantial que brota donde nadie lo espera, en los relatos que los viejos del sur de Saltillo transmitían sobre una gente que se pintaba de rojo para pelear.

Solo hay que mirar hacia el oriente. Ahí está la sierra de Zapalinamé, que lleva el nombre de un guerrero que prefirió hacer la paz antes que sacrificar más a su gente. Cuenta la leyenda que cuando ya no pudo más, huyó a la sierra para no ser sometido. Ahí, en la cima, descansa su figura. Zapalinamé fue uno de los guerreros más gallardos que conoció el desierto.

Fueron milenarios. Libres cuando la libertad era la única riqueza que el desierto daba a los más fuertes. Fueron uno de los pueblos más extraordinarios que jamás poblaron este continente. Al final, ellos llegaron primero a estas tierras. Les pertenecían por antigüedad, por sangre, por un derecho que ningún virrey podía comprender. Nunca fueron sometidos del todo. El intento de incorporarlos al orden fracasó, y ellos simplemente regresaron al desierto a morir en su tierra. La misma tierra que habitaron por más de siete mil años.

Los que hoy habitamos estas tierras, debemos recordar a los guachichiles, no con lástima ni tristeza, sino con la misma fiereza con la que vivieron y pelearon. Su bravura y dignidad no piden permiso para ser recordadas: merecen un monumento, y merecen nuestra memoria.

saltillo1900@gmail.com

Ariel Gutiérrez Cabello, nació en Saltillo, Coahuila, en 1961, investigador de la microhistoria local. Ha dedicado su vida profesional a la comunicación, la ecología y la cultura, desempeñándose como museógrafo, e investigador.

Desde hace más de seis años, Gutiérrez Cabello comparte cada domingo en el periódico Vanguardia su columna Relatos y Retratos del Saltillo Antiguo, donde rescata historias, sucesos y personajes que han marcado la historia de la ciudad.

Entre sus obras destaca “Calles y otros lugares de Saltillo antiguo”, libro en el que indaga el origen de los nombres de calles, callejones e inmuebles de la ciudad, ilustrando con fotografías históricas y relatos la evolución social y cultural de Saltillo. También ha publicado “Escribidores de luz: fotógrafos en Saltillo, 1846 a 1920”, un trabajo que documenta el desarrollo de la fotografía y los fotógrafos en la región y el libro Imágenes e historia del Saltillo de 1900. Fondo Fotográfico Ferretería Sieber. Saltillo, Coahuila

Es ferviente coleccionista de fotografías antiguas, relacionados con la historia local, Gutiérrez Cabello trabaja de manera continua en la investigación de la microhistoria de Saltillo, para la preservación y difusión de la memoria histórica regional.

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