Los viejos barrios del Saltillo y San Esteban
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Todos en algún momento de nuestras vidas recordamos ese barrio, vecindario, calle, por insignificante que haya sido, ese pedazo de espacio donde crecimos y que guarda los recuerdos de nuestra infancia; veamos cómo empezaron a formarse esos lugares donde vivieron nuestros ancestros.
A finales del siglo XVI se fundaron, separados solo por una acequia, dos asentamientos que durante casi dos siglos y medio funcionarían como comunidades autónomas. Por un lado, la Villa de Santiago del Saltillo, de población española, fundada en 1577. Por el otro, el Pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, de 1591, formado por ochenta familias tlaxcaltecas traídas para colonizar el norte de la Nueva España. La línea divisoria era una acequia que corría, a grandes rasgos, por donde hoy pasa la calle de Allende, de sur a norte: al oriente del caudal de agua se organizaba la vida del Saltillo, con su parroquia y su Plaza de Armas; al poniente, San Esteban, el pueblo se ordenó desde el principio en cinco barrios, cada uno con una advocación religiosa: San Esteban, la Purificación, la Concepción, Santa Ana y San Buenaventura.
El barrio de San Esteban era el más antiguo de los cinco, lugar destinado a los nobles y gobernantes tlaxcaltecas; el caserío se organizó alrededor del templo del mismo nombre, construido también en 1591 y considerado hoy el edificio más viejo de la ciudad. La calle que lo atravesaba se conoció primero como calle del Curato, desde 1671, y después simplemente como San Esteban y Primera de San Esteban. Al norte del templo se encontraban las Casas Consistoriales del pueblo indígena, donde se concentraba buena parte de la vida civil y religiosa de la comunidad tlaxcalteca.
Los otros cuatro barrios los pudimos documentar conforme aparecían en testamentos y compraventas de propiedades. El de la Purificación, más conocido entre los vecinos como la Candelaria, comprendía desde lo que hoy es la calle de Pérez Treviño y Xicoténcatl, extendiéndose hacia el poniente hasta las huertas de Los Pilares. El nombre eclesiástico obedece a la fiesta del 2 de febrero, pero la costumbre lo impuso como barrio de la Candelaria.
La Concepción, ubicada en el sector de las huertas que hoy corresponde a las calles de Salazar y Obregón hacia el sur, tiene su primer registro fechado el 3 de marzo de 1656: el testamento de una vecina llamada Sebastiana Elena, redactado enteramente en náhuatl, en el que nombra heredero a su esposo, Bartolomé Rodríguez. Es, hasta ahora, la referencia más antigua que se conoce del barrio, y muestra que buena parte de la vida de San Esteban se hacía en la lengua propia de sus pobladores. En 1744, un padrón de aportaciones económicas volvió a registrar al barrio, esta vez bajo el nombre de Limpia Concepción.
Santa Ana, o Santa Anita, ocupaba el sector suroeste, a partir del tramo final de la calle Mariano Escobedo, desde Morelos hasta la Calzada Antonio Narro y de ahí hacia el sur o más bien hacia arriba. Aparece mencionado por primera vez en las actas de bautismo de la parroquia de San Esteban en 1681, y el padrón de 1744 volvió a registrar a sus familias residentes, lo que confirma que se trataba de un lugar poblado en las lomas del sur. En el siglo XX se construyeron ahí las escalinatas que arrancan en el cruce de Manuel Acuña y Escobedo y que van a dar al templo de Santa Anita, uno de los puntos más altos e icónicos de esa parte de la ciudad.
El quinto barrio, San Buenaventura, se ubicaba después de la calle de Aldama hacia el norte, abarcando las antiguas calles del Hospital del Pueblo hasta la del Oratorio, es decir, entre Pérez Treviño y Múzquiz. Su primer registro data de 1682, en los libros de bautismo, y como calle aparece con claridad en los protocolos notariales a partir del 18 de febrero de 1829. Años más tarde, con la desaparición del pueblo de San Esteban, las familias que vivían en ese barrio eran de linaje tlaxcalteca, vaya, nobles, los llamados pipiltin, fueron defendiendo sus solares a medida que la ciudad de Saltillo crecía hacia eses flanco.
En la confluencia de las actuales calles de Allende, Victoria y Juárez se extendía la Plazuela de las Cruces, terreno que desde la fundación de San Esteban había servido como camposanto para la comunidad indígena. Con el tiempo, ese mismo sitio tomaría otro nombre y otra vocación: El Parián, palabra que había viajado desde las Islas Filipinas, donde en tagalo designaba simplemente el mercado, hasta cruzar el Pacífico a bordo del Galeón de Manila y asentarse en el vocabulario comercial de la Nueva España.
Del lado de la Villa de Santiago, con menos orden, se fue formando el Barrio del Andrajo, zona que hoy comprende tramos de las calles, de poniente a oriente, desde Ignacio Zaragoza hasta Arteaga, y de sur a norte, desde Pérez Treviño hasta Múzquiz. Su primer registro documental es del 23 de noviembre de 1756, cuando Antonio Lucas y Juan Briseño vendieron ahí un solar a Buenaventura de Elizondo por 22 pesos. El nombre venía del habla popular: un andrajo es una prenda rota o gastada, y así llamaban los vecinos a ese conjunto de viviendas destartaladas de adobe que contrastaba con las casas de piedra caliza de las calles Real o Santiago, hoy Allende y General Cepeda, respectivamente. El barrio del Andrajo era la periferia de la villa, habitada por tropa, labradores y de clase trabajadora.
En 1793 se vendió en el Andrajo un ojito de agua, manantial que servía para regar los huertos domésticos de la zona. El valor de cada terreno dependía en buena medida de su cercanía al agua.
Entrado el siglo XIX, las dos comunidades siguieron funcionando por separado, pero con contactos cada vez más frecuentes. En 1812, un vecino de Monterrey llamado Manuel de Alcalá se instaló en el Andrajo y levantó ahí una finca valuada en 870 pesos; durante más de una década, el callejón se conoció como Callejón de don Manuel de Alcalá, presumiblemente la actual calle Rayón. Un año después ocurrió una venta que ilustra bien el cruce entre las dos entidades: Juan de Dios Ylario, cacique principal del Pueblo de San Esteban, vendió tierras del Andrajo al teniente de milicias español Miguel González. Para 1817, una casa en ese mismo sector, sobre la calle de Hoyos, hoy Zaragoza norte, se vendió en 1,500 pesos, señal de que, pese a su nombre, la tierra del barrio no dejaba de subir de precio.
Del lado de San Esteban, los años veinte y treinta del siglo XIX dejaron un rastro notable de transacciones. En 1829, Juan Felipe de León vendió solares sobre la calle Real de los Sauces, hoy Xicoténcatl, en el límite de la Candelaria, mientras que, en San Buenaventura, hoy Aldama el bachiller Juan Ynocente Pérez vendió un terreno de más de 26 varas de frente a Francisco Careaga por 300 pesos. En 1832 y 1833, el mismo Pérez, identificado entonces como párroco del templo de San Esteban, siguió vendiendo propiedades en el barrio de San Buenaventura, entre ellas una casa que adquirió Isidro de Luna por 150 pesos.
El año de 1834 marcó un cambio de fondo: el Pueblo de San Esteban se integró legalmente a Saltillo. La fusión no borró de inmediato la vida de los barrios ni sus costumbres, pero sí generó fricciones nuevas. Ese mismo año, en mayo, los vecinos de la Concepción denunciaron ante el jefe político que el Ayuntamiento pretendía cerrar un callejón por donde corría el agua que regaba sus cultivos, y exigieron que se respetara su derecho de servidumbre. Fue una de las primeras señales de que, unidas ya en una sola jurisdicción, las dos comunidades no siempre estarían de acuerdo en cómo usar el espacio que ya se compartía.
Cuando El Parián fue levantado en 1849 sobre la vieja Plazuela de las Cruces, se consolidó como el lugar para hacer las compras. Ahí convivían los antiguos tianguis indígenas, donde se intercambiaban hortalizas, junto con las arcadas de cajones de madera donde comerciantes vendían géneros importados, loza y telas traídas desde el lejano oriente.
Los años siguientes muestran cómo se fue transformando el extinto San Esteban. En la calle de San Esteban, hoy Victoria, en 1836, Martín Suárez, albacea del bachiller Juan Ynocente Pérez, vendió un solar frente al templo a Jesús Arismendi por 416 pesos; al año siguiente, Martín Juárez vendió su casa a María Yrene Marta Cortés por 100 pesos; y en 1839 se repartieron los bienes de los menores Espinoza Rojo, cuya casa de 21 varas de frente, con árboles frutales, compró Toribio Narro en 450 pesos, colindando al sur con el Callejón de las Siete Vueltas, hoy calle de Ramos Arizpe.
En 1845 volvió a surgir un conflicto por el uso del espacio público, esta vez en el propio barrio del Andrajo. El 8 de mayo, un grupo de vecinos encabezado por Gertrudis del Río, Miguel Gil e Ygnacio Rodríguez presentó una queja formal ante el Ayuntamiento porque Antonio de Valle pretendía tapar el callejón. Fue la última vez que el nombre de Andrajo apareció en la documentación oficial; después de esa fecha, el sector fue quedando integrado a la tejido urbano de la ciudad, sobre todo conforme se fragmentaron las tierras que habían pertenecido a la familia Alcalá.
En las décadas siguientes, el ritmo de las transacciones en los antiguos barrios de San Esteban no decayó. En enero de 1873, poco antes del cambio oficial de nombres de las calles, Hilario Muarras vendió en San Buenaventura un solar a Jesús María Santos por 108 pesos, ese mismo año, en la Candelaria, Carlos Valverde había vendido una finca meses antes. El gobernador Victoriano Cepeda decretó entonces la sustitución de los nombres religiosos por los de héroes de la historia nacional: la calle de San Buenaventura pasó a llamarse Juan Aldama y la de la Candelaria, Iturbide. Más tarde, en 1878, la calle de San Esteban recibió el nombre de Guadalupe Victoria, en honor al primer presidente del país, cerrando el ciclo de nomenclatura religiosa que había definido a estos barrios desde el siglo XVI.
Hoy esos trazos siguen presentes bajo otros nombres. El Barrio del Andrajo corresponde a tramos de las calles Rayón y Dionisio García Fuentes; la Concepción, al sector de Salazar y Obregón; San Esteban, a la calle Guadalupe Victoria; Santa Ana sobrevive en el nombre popular de Santa Anita y en sus escalinatas; la Candelaria se volvió Iturbide, y San Buenaventura, Juan Aldama. El trazado de calles que hoy cruza esa parte del centro de Saltillo sigue en buena medida el que marcaron, siglos atrás, las acequias, las huertas y los límites entre la villa española y el pueblo tlaxcalteca.
La costumbre de nombrar los rumbos a partir de sus casas comerciales. A finales del siglo XIX y principios del XX, una tienda de abarrotes llamada El Águila de Oro, instalada en la acera de la calle de Bolívar entre Vicente Guerrero y Mariano Matamoros, terminó prestándole su nombre a todo el sector que la rodeaba. El rumbo había surgido en el extremo sur del histórico Barrio de Guanajuato, del que originalmente formaba parte, y con el paso de las décadas fue ganando una identidad propia hasta funcionar como un barrio independiente en el mapa de la ciudad. Durante buena parte del siglo XX fue también el rumbo donde se concentraron los talleres dedicados al tejido de jorongos y sarapes saltillenses y ahí resistieron, hasta los últimos años, algunos de los últimos maestros tejedores de la ciudad, herederos de un oficio que en otras zonas de Saltillo.
El Águila de Oro formó parte de esa costumbre saltillense de nombrar el entorno por sus tiendas de abarrotes más populares, lo mismo ocurrió con el Barrio de La Vaca a partir de un mural pintado en una pared de la calle Morelos. Otro caso fue la tienda de abarrotes llamada Topo Chico, que dio origen al nombre del barrio y, después, al de la colonia que aún lleva ese nombre.
De esos cinco barrios coloniales, y de los que salieron al paso del tiempo ya no queda casi nada: ni las acequias, ni las huertas y pocas casas de adobe. Los viejos barrios sobreviven apenas en un ligero recuerdo, en una escritura vieja. Pero ahí siguen, de algún modo, debajo de todo lo que se construyó encima. ¿Usted en que barrio creció?