Diversiones, entretenimiento y juegos de antaño en Saltillo
Un recorrido por las diversiones que marcaron la vida cotidiana de Saltillo, desde las corridas de toros y los paseos dominicales hasta los juegos infantiles de antaño
Después de sortear los ataques de indios y las insurrecciones que por temporadas obligaban a los saltillenses a atrincherarse en sus casas, llegaban los tiempos de relativa paz. Cuando se podía, se dejaba a un lado el rudo trabajo del campo, el comercio y los oficios de siempre, para darle su lugar a la distracción. Dentro de las viejas casonas de gruesas paredes de adobe había un pueblo alegre, dispuesto a romper la monotonía con el juego, los bailes, la música, las corridas de toros y los paseos de los domingos.
TOROS Y NAIPES
Hacia el final de la época colonial, en la Villa de Santiago del Saltillo, las corridas de toros todavía no tenían una plaza fija. Se armaban para la ocasión, casi siempre con motivo de las fiestas al apóstol Santiago, el nacimiento de un monarca o la llegada de un nuevo virrey.
En 1786, con motivo de esas fiestas reales, el cabildo firmó un convenio con don Ygnacio Carrillo, un vecino de Guadalajara, para que se encargara de armar el tablado y cercar la plaza pública. Carrillo levantó graderías, balcones y lumbreras de ocote para que los festejos pudieran seguir hasta altas horas de la noche. Los ganaderos de la región, por su parte, proveían los toros criollos más grandes y bravos de sus agostaderos. En ese entonces un toro costaba alrededor de diez pesos, y en temporada de feria se llegaban a lidiar de seis a ocho toros por día.
Las damas miraban la lidia de los bureles desde los palcos de honor de madrinas, mientras el pópulo se instalaba en los improvisados tendidos de madera. Otras formas de entretenimiento, además de las corridas, eran las peleas de gallos: Esteban Luna Portillo, en el Anuario Coahuilense para el año de 1886, menciona un recinto dedicado a ese espectáculo, localizado en la antigua calle de La Cruz, hoy Manuel Acuña. Por su parte, en los mesones y posadas la afición a los naipes era igual de fuerte: se jugaba malilla, un juego en el que la carta más alta de cada palo era el nueve. Los que preferían algo más tranquilo y refinado se conformaban con el ajedrez.
El juego de naipes fue un negocio rentable para el Ayuntamiento, como lo fue en tiempos de la Colonia. Las mesas permitidas, los disimulos, el tresillo y la malilla, entre ellas, se subastaban públicamente al mejor postor, y lo que se recaudaba engrosaba el fondo municipal. No faltaban los problemas: había que estar recordando a los dueños de esas mesas que no obstruyeran las puertas
PÓLVORA CÍVICA Y MAROMEROS
En 1827 Saltillo dejó de ser villa para convertirse en ciudad, y por un tiempo se llamó Ciudad Leona Vicario. Con ese cambio, las diversiones populares se llenaron de un tono patriótico que antes no tenían. La feria anual, que se había suspendido por los estragos de la guerra insurgente, volvió a celebrarse entre fines de septiembre y principios de octubre.
La feria anual convertía a Saltillo en un hervidero de comerciantes, arrieros y gente que llegaba de todos lados. Por esos días llegaban a Saltillo titiriteros y maestros de maroma. Las autoridades vigilaban de cerca la moral, el orden y los horarios: en 1830 se puso una multa de cinco pesos a los maromeros si sus funciones se alargaban después de las once de la noche.
de las casas vecinas ni dieran pie a riñas clandestinas cuando el juego se salía de control, cosa que ocurría con frecuencia por aquellos que hacían de la trampa su forma habitual de juego.
TOROS Y CARRERAS DE CABALLOS
Hacia finales de la década de 1840, Saltillo dejó atrás las plazas de palizadas provisionales y se decidió a construir un coso permanente para las corridas. En diciembre de 1848, Jesús Narro Rodríguez y Jesús Fuentes García firmaron ante el juez de primera instancia un convenio para levantar una plaza de toros de adobe en el desaparecido Pueblo de San Esteban, justo frente a las también extintas casas consistoriales. La plaza abrió en 1850 y, durante el resto del siglo, fue el centro de la Fiesta Brava. Fue demolida en 1896 para dar paso al Mercado Juárez, que abrió en 1902.
Otra costumbre muy arraigada eran las carreras de caballos. El escenario era la calle poniente de la Alameda Zaragoza, que terminó por conocerse con ese nombre: calle de las Carreras, hoy calle Cuauhtémoc. Parte del atractivo eran las apuestas. El riesgo de que un caballo desbocado atropellara a alguien era constante. En mayo de 1854, el presidente municipal Desiderio Dávila prohibió terminantemente esas carreras en las calles que rodeaban la Alameda Zaragoza, con multa de cinco pesos o cárcel para quien no obedeciera.
LA ASCENSIÓN DEL GLOBO
Hacia la última parte del siglo XIX, Saltillo vivió un espectáculo nunca visto: en 1875, un globo aerostático se elevó en el cielo de la ciudad ante los ojos de todos, tal como había ocurrido antes en la Ciudad de México, cuando Joaquín de la Cantolla y Rico ascendió el 26 de junio de 1863 a bordo del globo bautizado como Moctezuma I.
El protagonista de la hazaña fue un hombre llamado Félix Moreno, que despegó desde la zona de la Alameda Zaragoza, en un terreno junto a la calle de la Victoria. No hay noticia de que en Saltillo se hubiera intentado antes algo semejante, así que la escena del globo subiendo debió dejar maravillados a buena parte de los residentes.
El Ayuntamiento, consciente de lo poco común del espectáculo y de lo que representaba para el prestigio de la ciudad, le otorgó a Félix Moreno una gratificación económica por su vuelo. Fue un acontecimiento digno de quedar registrado, y es de imaginar que el asombro superó cualquier cosa conocida hasta entonces.
EL PASEO DEL DOMINGO Y LA BANDA DEL ESTADO
Bien entrado el Porfiriato, Saltillo se volvió una ciudad más cuidada en sus formas, y eso se notó también en cómo la gente se divertía. Los domingos por la tarde se convirtieron en el gran ritual social de la semana. Las familias de clase media y acomodada salían de misa y emprendían lo que los cronistas de entonces llamaban, medio en broma, una peregrinación de lo sagrado a lo profano: de San Esteban, por la calle de la Victoria, hasta la Alameda Zaragoza, a sentir su aire fresco.
Los jueves y los domingos, con una puntualidad casi religiosa, la Banda de Música del Estado se instalaba en la Plaza de Armas y, más adelante, en la Plaza de San Francisco, para dar sus serenatas. Los jóvenes daban vueltas alrededor, en dos círculos que giraban en sentidos contrarios, y entre los acordes de los valses no faltaban las miradas cruzadas, que iniciaban romances efímeros o prolongados.
En los paseos por el centro, en cambio, la diversión era más tranquila: correr detrás de las palomas por la Plaza de Armas, o participar en los bailes que organizaban las diferentes asociaciones o clubes.
Después de la música de los domingos venía la parte más sabrosa del paseo: los merenderos, donde se podía saborear el tradicional pan de pulque, empanadas de nuez con piloncillo, chorreadas y molletes. No podían faltar las tradicionales enchiladas de queso fresco con cebolla picada, con sus respectivos chiles toreados a un lado, y las papas recién salidas, pasadas por una salsa de chile colorado y cocidas en manteca de puerco. Todo ello, herencia de los antiguos tlaxcaltecas.
TEATRO Y CINE
El entretenimiento de más categoría llegó con el Teatro Zaragoza, ubicado en la calle Hidalgo, y luego con el Teatro Acuña, inaugurado el 15 de mayo de 1886 con la puesta en escena de El Pasado, de Manuel Acuña. Hacia finales del siglo XIX, para quienes buscaban algo más novedoso, empresarios ambulantes instalaban el cinematógrafo con las primeras vistas producidas por los hermanos Lumière.
LOS JUEGOS DE LOS NIÑOS
Los juegos de los niños de Saltillo cambiaron mucho según la época, el entorno y el grupo social al que pertenecían, pero casi todos tenían algo en común: se jugaban en la calle o en el patio, nunca encerrados como ahora.
En 1920, la Alameda Zaragoza estrenó una atracción hecha justo para los pequeños de la casa: unos carritos jalados por chivos amaestrados, que paseaban a los más pequeños por las veredas y paseos del parque.
CHIRAS PELAS
Esta expresión popular, muy mexicana, se usaba tradicionalmente en el juego de las canicas para advertir al contrincante que, si hacía una carambola o tiro doble, perdía su turno, su canica o hasta la macalota.
Las canicas fueron, a lo largo de todo el siglo XX, uno de los juegos más queridos entre los niños: unos las metían en un hoyito hecho en la tierra; otros las sacaban de un círculo trazado en el suelo a punta de tiro certero. Con ellas competía en popularidad el juego al toro, que un niño de Saltillo llamado Fermín Espinosa —el mismo que de grande sería conocido como Armillita— jugaba con sus amigos con un par de cuernos viejos para simular las embestidas del animal. Entre ellos se repartían los nombres de los toreros que estaban de moda, y cuando no había cuernos a la mano, se toreaba hasta a los perros del barrio.
JUGUETES
Estaban también el balero, ese juguete de madera con un palo y un cordel que casi todos los niños conocieron, y el trompo, al que se le enredaba una cuerda para lanzarlo al suelo y hacerlo bailar. Para las niñas, la matatena o yaquis, exigía todavía más destreza: había que aventar una pelotita de goma o esponja, como le decíamos aquí y antes de que tocara el piso, recoger con la misma mano unas piezas en forma de asterisco que a principios de siglo solían ser piedras, semillas o nueces. En las kermeses y las reuniones familiares no faltaba la lotería, con su gritón cantando las cartas mientras los jugadores tapaban las imágenes de su tablero con frijolitos hasta completarlo, y en las banquetas se dibujaba con gis la rayuela, también llamada el avión o el bebeleche según el barrio.
El juego de los encantados reunía, alrededor de un círculo, a varios niños y niñas: los integrantes se dispersaban y todos corrían hasta que alguno era alcanzado por otro; al tocarlo, este gritaba “¡encantado!” y ya no se podía mover. Con una cuerda que dos niñas hacían girar bastaba para que un tercero saltara al ritmo de alguna canción, cada vez más rápido, y cuando lo que se quería era correr, ahí estaban las escondidas, 1,2,3, por mí: juegos donde ganaba el más veloz o el más listo para esconderse.
Todos esos juegos, sin importar el siglo o el grupo al que pertenecieran, tenían en común el aire libre y la compañía de los vecinos: la calle o una plaza cercana como escenario. Hoy esa escena ya casi no se ve. La inseguridad en las ciudades hizo que los padres prefirieran mantener a los niños dentro de casa y la calle, que antes era territorio de juegos, se volvió un lugar cada vez más solo de niños, ah, pero lleno de automóviles. Los niños de ahora pasan buena parte de su tiempo libre frente a una pantalla, Tablet, teléfono o jugando videojuegos, mientras el balero, la matatena o las canicas quedan como algo que solo los viejos recuerdan.