Saltillo: Molinos Eureka y el legado de su fundador

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Saltillo
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La historia de Molinos Eureka, el negocio harinero fundado por Edmundo Rodríguez Ramos, permanece en la memoria de su familia a través de fotografías, recuerdos y las enseñanzas que dejó a sus descendientes

En una casa antigua del centro histórico, de esas que todavía conservan el grosor original de sus muros de adobe y el patio lleno de plantas o matas, como se les conoce aquí, al centro una pila de agua pensada para refrescar la casa tuvo lugar la cita para esta entrevista. La casona está situada en la antigua calle del Progreso, hoy Escobedo, número antiguo 4, con una placa de mármol que aún se conserva y que indica que la casa data por lo menos de 1880.

La hora acordada era las once y media de la mañana. Llegué un par de minutos antes y esperé afuera. Justo a la hora, como en esas escenas de película de Hollywood donde siempre hay un lugar para estacionar, llegó mi entrevistado y encontró espacio a un costado de la casa.

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—¿Ariel? Qué tal, soy José Ignacio —me dijo con una amabilidad inmediata, mientras estrechaba mi mano y me invitaba a pasar.

Mi primera impresión fue la de estar entrando a una cápsula del tiempo. Antes de sentarnos a charlar, José Ignacio me llevó a recorrer la casa. En cada habitación se guardan tesoros acumulados durante generaciones: fotografías, óleos, libros, muebles que por sí solos narran la historia de una de las familias más antiguas y de más rancio abolengo de la región, los Lobo.

Nos sentamos en el antiguo comedor de encino. Al poco rato apareció Carmen, una mujer que lleva años en la familia, y nos preguntó qué queríamos tomar. Un vaso de agua está bien, le dije. Minutos después volvió con el agua y un plato de arilos de granada que acababa de cortar de uno de los árboles del patio.

La entrevista no pudo empezar mejor esa mañana cálida: una atmósfera rodeada de historia, la hospitalidad y la calidez de José Ignacio Lobo Rodríguez, quien me contó la historia de un molino que llevó el nombre de Eureka, propiedad de su abuelo, Edmundo Rodríguez Ramos.

La conversación se dio sin prisa, con respuestas llenas de detalles: la historia de un comerciante de granos que terminó levantando un molino de trigo en Saltillo, el tercero en importancia por su capacidad, y la de una familia que, aunque el negocio desapareció hace más de sesenta años, conserva de él algo que nunca se fue con la maquinaria ni con el edificio: el legado.

Edmundo Rodríguez Ramos nació el 20 de septiembre de 1903 en Sacramento, Coahuila, hijo de Rodrigo Rodríguez Verduzco y Felipa Ramos Zertuche. Muy joven se trasladó a Saltillo para continuar sus estudios, donde empezó a mostrar una inclinación para los negocios. Su primera actividad seria tuvo que ver con el comercio de granos al mayoreo: maíz, trigo, frijol y otros productos del campo. Comprar y distribuir cereales era un giro que exigía conocer bien las cosechas, los precios y a la gente del campo.

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Hacia la década de 1920 se casó con Delfina Ortiz González, originaria de Monterrey, de una familia ligada al comercio. La pareja vivió en distintos puntos de Saltillo a lo largo de los años: primero por la calle Allende, después por Victoria, y finalmente en una casa que compraron al doctor Jesús Govea, en la esquina de Xicoténcatl y Ramos Arizpe. Ahí crecieron sus hijos: Vicente, Edmundo y Marina.

El paso del comercio de granos a la industria harinera fue casi natural. Hacia fines de la década de 1930, el trigo seguía teniendo alta demanda en varios mercados y, por supuesto, una presencia fuerte en la región, que viene desde los primeros años de la fundación de Saltillo. La Sierra de Arteaga, mucho antes de volverse zona manzanera, era también tierra productora de trigo, el cereal llegaba además desde otras partes del norte del estado y de otros lugares del país. Alguien que ya conocía el negocio de comprar y mover granos estaba, en cierto sentido, a un paso corto de meterse a molerlo y comercializar sus derivados.

Antes de fundar Eureka, Edmundo Rodríguez tuvo relación con otros molinos. Según recuerda la familia, operó un molino en la región de San Buenaventura y después de Eureka adquirió el antiguo Molino de San Lorenzo, en Parras, conocido entonces como Compañía Harinera Mercantil. Ese molino había pertenecido originalmente a la familia Madero. José Ignacio Lobo recuerda haber pasado parte de su infancia ahí, en una casa familiar construida junto a las instalaciones del molino, entre el viejo molino y el paraje parecido a un oasis.

La fecha exacta en que se fundó Molinos Eureka no quedó del todo clara durante la entrevista. El testimonio familiar sitúa su construcción y puesta en marcha entre finales de los años treinta y principios de los cuarenta. El molino se levantó en la esquina de la avenida Presidente Cárdenas y la calle Guillermo Purcel, justo enfrente de donde hoy se encuentra el edificio de la Presidencia Municipal, muy cerca de las bodegas de la antigua estación del ferrocarril. La ubicación no era casualidad: para un negocio que dependía de mover grandes volúmenes de grano, estar cerca del tren era, en la práctica, una necesidad estratégica.

De esos años de trabajo de descarga de granos, José Ignacio conserva una anécdota que todavía cuenta con gusto. La empresa pagaba la comida de los trabajadores contra la presentación de una nota, y lo normal era que esas notas trajeran apuntado un solo guisado. Un día, uno de los trabajadores entregó la suya con dos guisados. La administradora no lo regañó, pero tampoco lo dejó pasar: nomás le soltó, medio en broma, “¿Con que dos guisados, eh?”. Al terminar de contar el viejo recuerdo, José Ignacio esbozó una leve sonrisa.

$!Edmundo Rodríguez Ramos (1903-1970), fundador de Molinos Eureka.

Las fotografías familiares que se conservan muestran un establecimiento equipado con maquinaria alemana Hipkow y Zündapp de última generación, que contrastaba con los sistemas más antiguos que todavía se usaban en algunos molinos tradicionales de la región. Sobre el nombre, Eureka, no existe hasta ahora una explicación documentada. José Ignacio cree posible que se haya elegido una expresión de hallazgo, de haber encontrado por fin el negocio correcto, aunque él mismo aclara que se trata solamente de una interpretación familiar.

El molino se dedicaba a moler trigo y producir harina y salvado. El trigo llegaba de la región de Arteaga y del norte del estado, buena parte llegaba por tren. Los carros se descargaban a mano; el grano se acomodaba en sacos y de ahí se trasladaba al molino, donde entraba al proceso de molienda a través de los cilindros. Era un trabajo que requería organización y varias manos: aunque José Ignacio no pudo precisar cuántos trabajadores tenía el molino en total, dijo que llegaban a más de cien, y recordó a varios de ellos en particular. Vicente Ortiz operaba la maquinaria; Jesús Sánchez trabajaba como chofer; Federico Burciaga estaba relacionado con la producción, había además personal administrativo y contable. Otro empleado que recuerdan con mucho cariño era el contador de la empresa, el señor Mariano Fuentes, hombre bueno y de carácter afable, padre del licenciado Armando Fuentes Aguirre, “Catón”. La madre de José Ignacio, Marina, que había estudiado comercio, solía acudir a él en busca de ayuda para que los balances le cuadraran, pues don Edmundo exigía que todo estuviera en orden y que ninguna cifra quedara a la deriva.

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La familia participaba de cerca en el negocio. Delfina y sus dos hijos varones, Edmundo y Vicente, colaboraban en tareas de oficina y contabilidad. Cuando don Edmundo se involucró temporalmente en el servicio público, fue su hijo Vicente Rodríguez quien tomó las riendas de la operación. Era, en el sentido más literal, un negocio familiar: no solo de nombre, sino de operación real.

Los años de mayor actividad de Molinos Eureka se concentraron entre finales de la década de 1930 y los primeros años de la de 1950. La harina que salía del molino se vendía en Saltillo y en un mercado regional y nacional. Al mismo tiempo, Edmundo siguió ligado al comercio de granos a través de un establecimiento llamado Distribuidora de Cereales Saltillo, ubicado a un lado del molino Eureka.

La ciudad tenía en esos años varios molinos funcionando, y entre los empresarios del ramo existía una relación cercana. La familia recuerda la amistad de don Edmundo con otros molineros, entre ellos Ramiro Guajardo, Segundo Rodríguez, de Molinos La Colmena, e Isidro López, de Molinos El Fénix. Se reunían y asistían juntos a convenciones del gremio; de esos encuentros surge la imagen de una comunidad empresarial que se organizaba y se defendía como sector, más allá de la competencia natural entre los negocios harineros.

La etapa final del molino estuvo marcada por varios factores que se fueron acumulando. Una práctica común entre los molinos de la época era financiar a los agricultores y después comprarles la cosecha; era una forma de asegurar el abasto de grano, pero también un riesgo, porque cuando los créditos no se recuperaban o la cosecha no llegaba, el molino resentía el golpe directamente. A eso se sumaban los vaivenes normales del mercado de granos: la disponibilidad de trigo, los precios, el transporte, el capital de trabajo que una industria así necesitaba tener siempre disponible.

En algún momento de la década de 1950, Edmundo Rodríguez Ramos aceptó el cargo de tesorero general del estado, dentro de la administración del Gobernador Román Cepeda Flores. Fue una responsabilidad que, según cuenta la familia, lo alejó parcialmente de sus negocios y contribuyó a que el molino dejara de tener la atención directa que había tenido hasta entonces. Hacia 1957, Molinos Eureka fue vendido a integrantes de la familia Román Cepeda. José Ignacio considera que su abuelo no quería desprenderse del negocio, pero que las circunstancias lo llevaron a hacerlo.

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Los nuevos dueños mantuvieron la operación durante un corto tiempo. Para mediados de los años sesenta, según recuerda, el molino ya estaba detenido. La maquinaria habría sido adquirida después por otros empresarios del ramo; parte de ella fue comprada por la familia Miller, dueña del molino El Carmen, en Celemania, Coahuila.

Después de vender el molino Eureka, Edmundo se trasladó a Parras. Ahí no se detuvo: retomó actividades empresariales, esta vez en un giro distinto. Se dedicó a la avicultura, instaló gallineros y llegó a convertir esa actividad en una fuente importante de producción de huevo. Aprovechó también su experiencia con granos para fabricar alimento para las aves, usando parte de las instalaciones y los recursos del antiguo Molino de Cilindros San Lorenzo.

La familia recuerda esos años en Parras como una etapa particularmente feliz. Don Edmundo, que había sido un hombre muy activo en los círculos sociales y empresariales de Saltillo, se volcó en la familia, en el trabajo y en sus nuevos negocios, con un ritmo distinto al que había llevado antes. Vivió en Parras junto con Delfina hasta su muerte, ocurrida alrededor de 1970.

Después de nuestra larga charla, cargada de respuestas llenas de nostalgia, hice la última pregunta: ¿qué legado dejó su abuelo a la familia? José Ignacio se acomodó en la silla sin encontrar una postura cómoda, volvió a moverse en busca de otra postura, mientras procesaba la respuesta. De pronto su rostro cambió: seguro repasó y ordenó en su mente la respuesta, con visible emoción y un tono de voz distinto, dijo:

$!Molinos de trigo de cilindros de la marca alamana Hipkow y Zündapp con la que operaba Eureka.

—Fuera de las cosas materiales, como el edificio y la maquinaria, que ya no existen, nos dejó una enseñanza: la responsabilidad de hacer las cosas bien. Su carácter de hombre de negocios contrastaba con su lado de hombre de familia, que para él fue siempre lo más importante. Siempre tuvo el apoyo incondicional de mi abuela Delfina y el apoyo de sus tres hijos.

Al hablar de los años felices que pasó de niño en casa de sus abuelos, José Ignacio responde con la misma naturalidad con la que se habla de alguien a quien se admira, sin necesidad de exagerar nada. Sin embargo, algo en su voz cambió al hablar del legado de su abuelo: no es el orgullo de quien presume una herencia, sino de quien ha seguido su ejemplo.

La historia de Molinos Eureka todavía tiene huecos que tal vez algún documento perdido del archivo familiar podría llenar algún día. Pero la familia sabe que la historia de Edmundo Rodríguez Ramos no depende de esos datos. Las respuestas están en las fotografías del molino, en el recuerdo, en los nombres de los trabajadores que todavía José Ignacio menciona con cariño, y en la manera, que muchos años después, sigue contando esta historia con el mismo orgullo con el que probablemente se la contaron a él.

saltillo1900@gmail.com

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Ariel Gutiérrez Cabello, nació en Saltillo, Coahuila, en 1961, investigador de la microhistoria local. Ha dedicado su vida profesional a la comunicación, la ecología y la cultura, desempeñándose como museógrafo, e investigador.

Desde hace más de seis años, Gutiérrez Cabello comparte cada domingo en el periódico Vanguardia su columna Relatos y Retratos del Saltillo Antiguo, donde rescata historias, sucesos y personajes que han marcado la historia de la ciudad.

Entre sus obras destaca “Calles y otros lugares de Saltillo antiguo”, libro en el que indaga el origen de los nombres de calles, callejones e inmuebles de la ciudad, ilustrando con fotografías históricas y relatos la evolución social y cultural de Saltillo. También ha publicado “Escribidores de luz: fotógrafos en Saltillo, 1846 a 1920”, un trabajo que documenta el desarrollo de la fotografía y los fotógrafos en la región y el libro Imágenes e historia del Saltillo de 1900. Fondo Fotográfico Ferretería Sieber. Saltillo, Coahuila

Es ferviente coleccionista de fotografías antiguas, relacionados con la historia local, Gutiérrez Cabello trabaja de manera continua en la investigación de la microhistoria de Saltillo, para la preservación y difusión de la memoria histórica regional.

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