Día del Maestro: Ramón Rocamontes impulsa inclusión de niños con autismo en futbol americano de Saltillo

Día del Maestro: Ramón Rocamontes impulsa inclusión de niños con autismo en futbol americano de Saltillo

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Entre entrenamientos, cascos y jugadas, Ramón Rocamontes ha convertido al Club Bóxer de Saltillo en un espacio donde niñas y niños con autismo encuentran pertenencia, confianza e inclusión

Deportes
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Por momentos, el entrenamiento parece cualquier tarde normal de futbol americano.

Los cascos chocan, las instrucciones se cruzan de un extremo a otro del campo y un grupo de niños corre entre conos mientras el sol cae sobre Saltillo. Desde fuera, todo parece responder a la lógica habitual de este deporte: disciplina, contacto, intensidad.

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Pero en medio de la formación, hay pequeños detalles que cambian completamente la escena: un entrenador repite una instrucción con calma y en voz baja. Otro anticipa lo que sucederá en el siguiente ejercicio para evitar ansiedad. Algunos niños celebran avances que para otros pasarían desapercibidos: formarse por primera vez, tolerar el ruido, pedir participar en otra posición, mantenerse dentro de una dinámica grupal.

Ahí, en un campo que muchos podrían imaginar únicamente como un espacio rudo y competitivo, también se construye algo distinto: pertenencia.

Al frente de ese proceso está Ramón Rocamontes de la Peña, docente del TecNM-Saltillo, psicólogo deportivo y entrenador con más de 35 años dentro del futbol americano.

Durante más de dos décadas ha trabajado en aulas universitarias, pero también ha dedicado gran parte de su vida al deporte formativo. Hoy, como head coach del Club Bóxer de Saltillo, encontró en el campo una extensión natural de aquello que más le importa: enseñar.

“Cuando dirigimos personas, no debemos olvidar el impacto que tenemos en ellos es para la vida”, dice.

$!Para Ramón Rocamontes, el verdadero triunfo no está en el marcador, sino en lograr que cada niño encuentre un lugar dentro del equipo.

Un equipo que aprendió a transformarse

La inclusión de niños con autismo dentro del equipo no nació como un proyecto planeado ni como una estrategia institucional. Simplemente ocurrió.

Hace tres años llegó Víctor, un niño con TEA que comenzó entrenando en la categoría Hormigas. Después llegaron Mateo, Ángel y Carlos. El club ya tenía antecedentes de trabajo social y comunitario; incluso durante años apoyó a niños de colonias periféricas para alejarlos de contextos de violencia o adicciones. Pero la llegada de jugadores neurodivergentes obligó al equipo completo a replantearse muchas cosas.

“Al inicio nos tomó por sorpresa, porque estábamos acostumbrados a una sola forma de enseñar”, recuerda Ramón.

$!En el Club Bóxer, niñas y niños con autismo participan en entrenamientos adaptados que priorizan la confianza, la empatía y la pertenencia.

El aprendizaje no estuvo únicamente en adaptar ejercicios, sino en modificar la forma de comunicarse. Los entrenadores comenzaron a utilizar instrucciones más concretas, anticipar dinámicas, respetar tiempos de adaptación y construir ambientes emocionalmente seguros. También hubo un trabajo importante con el resto del equipo y con los padres de familia para entender que la experiencia deportiva de estos niños sería distinta.

“No juegan como el resto de los jugadores lo hacen, y sobre todo se lleva tiempo”, explica.

Sin embargo, el objetivo nunca fue que encajaran a la fuerza en una estructura rígida. El verdadero triunfo, dice, es que puedan sentirse parte de un grupo.

“Más allá del rendimiento deportivo, trabajamos en que se sientan parte del equipo, que encuentren un lugar donde puedan convivir, divertirse y desarrollar habilidades sociales y emocionales”.

$!Para Ramón Rocamontes, el verdadero triunfo no está en el marcador, sino en lograr que cada niño encuentre un lugar dentro del equipo.

Con el paso de los años, los cambios comenzaron a notarse. Víctor, aquel niño que inicialmente evitaba formarse, hoy participa activamente dentro de los entrenamientos y hasta ha colaborado realizando bloqueos para sus compañeros. Ahora incluso pide jugar en posiciones nuevas.

Son avances que, para quienes viven el proceso desde dentro, significan muchísimo más que una jugada. “Esto cambia familias”, resume Ramón.

El deporte como herramienta emocional

Aunque el futbol americano suele relacionarse con fuerza física y competitividad, dentro del Club Bóxer gran parte del trabajo ocurre en otro nivel: el emocional.

Ramón habla constantemente de frustración, miedo, confianza y pertenencia.

Dentro del equipo intentan enseñar que equivocarse no define a nadie y que el error puede convertirse en una oportunidad para avanzar.

“Buscamos crear un ambiente donde las y los niños se sientan seguros para equivocarse, aprender y avanzar a su propio ritmo”.

$!En el Club Bóxer, niñas y niños con autismo participan en entrenamientos adaptados que priorizan la confianza, la empatía y la pertenencia.

En un deporte de contacto, el miedo aparece de forma natural. Por eso el proceso se construye gradualmente, respetando tiempos y reforzando pequeñas victorias.

Cada logro importa, cada intento cuenta y en medio de todo eso, también ocurre algo más silencioso: el resto del equipo aprende.

La convivencia con compañeros neurodivergentes ha transformado la dinámica del grupo. Los jugadores desarrollan empatía, paciencia y sensibilidad frente a las diferencias.

“Poco a poco entienden que cada persona aprende, se comunica y vive las experiencias de manera diferente, y que eso no hace a nadie menos capaz o menos importante dentro del grupo”.

Incluso algunos padres se han acercado al equipo para reforzar en sus hijos la importancia de la empatía y la inclusión.

Porque en ese campo no solamente se forman atletas, también personas.

El maestro fuera del salón

Aunque Ramón trabaja desde hace casi dos décadas dentro del Tecnológico Nacional de México campus Saltillo lugar en el que dice sentirse completamente orgulloso de trabajar, asegura que enseñar desde el deporte tiene una dimensión distinta.

En el aula existen estructuras más claras: programas, teoría, evaluaciones. En el campo, en cambio, las emociones aparecen en tiempo real.

“La alegría, el miedo, la frustración, la confianza o el trabajo en equipo se viven en tiempo real, y eso permite enseñar de una forma muy distinta”.

Sin embargo, asegura que existe algo que une a sus alumnos universitarios con los niños del equipo: todos aprenden mejor cuando se sienten escuchados.

“He descubierto que tanto mis alumnos del Tecnológico Nacional de México como los niños del equipo tienen algo muy importante en común: todos aprenden mejor cuando se sienten escuchados, comprendidos y en un ambiente de confianza”.

A lo largo de los años ha visto cómo antiguos jugadores se convierten en profesionistas, padres de familia y adultos que todavía mantienen contacto con él. Ahí entiende el verdadero alcance de su trabajo.

“Un coach puede enseñar técnica, estrategia o disciplina deportiva, pero cuando alguien te ve como un maestro, entiendes que también estás dejando huella en la persona”.

Por eso insiste en que el futbol americano nunca se ha tratado únicamente de yardas, victorias o marcadores. El impacto, asegura, siempre termina ocurriendo fuera del campo.

$!Los talleres y dinámicas complementan el entrenamiento deportivo con actividades enfocadas en confianza, comunicación y desarrollo emocional para niñas y niños del equipo.

Una familia llamada Bóxer

La trayectoria de Ramón Rocamontes atraviesa décadas de futbol americano en Saltillo.

Fue jugador de Liga Mayor con Lobos de la UA de C, seleccionado nacional como receptor abierto, integrante de Dinosaurios de Saltillo y hasta preseleccionado rumbo al Mundial de Palermo en 1999. También trabajó durante años dentro del Instituto Estatal del Deporte de Coahuila, en medios de comunicación y en proyectos de psicología deportiva.

Pero cuando habla del presente, regresa constantemente a la misma idea: la pertenencia, la posibilidad de que un niño encuentre un lugar seguro, la oportunidad de sentirse importante dentro de un grupo. Por eso, cuando se le pide definir al Club Bóxer en una sola frase, no habla de campeonatos ni de resultados, habla de algo mucho más humano.

“El Club Bóxer es más que un equipo de futbol americano; es una familia y espacio donde cada niño encuentra pertenencia, confianza y la oportunidad de crecer dentro y fuera del campo”.

Y quizá ahí está realmente el centro de toda esta historia.

No en las jugadas.

No en los cascos.

No en las 120 yardas.

Sino en todos esos niños que, entre formaciones, bloqueos y entrenamientos, descubren que también existe un lugar para ellos dentro del equipo.

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Co-editora de la sección de Extremo para web e impreso, con experiencia en investigación de temas deportivos y sociales.

Licenciada en Ciencias de la Comunicación en Producción de Medios por la Universidad Autónoma de Coahuila.

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