A 25 años del 11-S reviven la teoría de conspiración sobre que el ataque fue un autoatentado gestado por el gobierno de Bush
A 25 años de los atentados del 11 de septiembre, persisten las teorías que cuestionan la versión oficial y apuntan hacia la administración de George W. Bush
El 11 de septiembre de 2001 cambió para siempre la historia de Estados Unidos. También abrió una de las mayores controversias políticas de la era contemporánea: ¿los atentados fueron una operación de Al Qaeda que tomó por sorpresa al gobierno estadounidense o existió algún grado de participación, complicidad o encubrimiento por parte de sectores del propio gobierno?
La segunda hipótesis dio origen al llamado movimiento 9/11 Truth, que reúne numerosas teorías, algunas contradictorias entre sí.
Una de las más conocidas sostiene que la administración del presidente George W. Bush sabía que se preparaba un ataque y deliberadamente permitió que ocurriera para utilizarlo posteriormente como justificación para la guerra y para una expansión de los poderes del Estado.
No existe, sin embargo, evidencia pública concluyente que demuestre que Bush, su administración o el gobierno estadounidense organizaron los atentados.
LAS SOSPECHAS SOBRE LAS ADVERTENCIAS PREVIAS
Uno de los elementos que más alimentó las teorías conspirativas es que las agencias de inteligencia estadounidenses sí habían recibido numerosas advertencias sobre la amenaza de Osama bin Laden y Al Qaeda antes del 11 de septiembre.
La Comisión del 11-S documentó que durante la primavera y el verano de 2001 las agencias de inteligencia recibieron una sucesión de advertencias sobre la posibilidad de un ataque importante.
El presidente Bush recibió además, el 6 de agosto de 2001, un informe presidencial cuyo título advertía: “Bin Ladin Determined to Strike in US”.
Para los defensores de la teoría conspirativa, esto constituye una señal de que el gobierno sabía mucho más de lo que posteriormente reconoció.
Pero la Comisión del 11-S llegó a una conclusión diferente: hubo una enorme falla de inteligencia y coordinación, pero no encontró evidencia de que los funcionarios hubieran decidido permitir deliberadamente el ataque.
El informe describió el problema como un “fracaso de imaginación”: distintas instituciones recibieron información preocupante, pero no lograron convertirla en una respuesta capaz de detener el complot.
¿BUSH PERMITIÓ DELIBERADAMENTE LOS ATAQUES?
Esta es una de las versiones más fuertes de la teoría.
Según sus defensores, la administración Bush habría permitido que los ataques ocurrieran porque necesitaba un acontecimiento traumático que generara respaldo popular para una nueva política exterior y militar.
Después del 11-S, Estados Unidos invadió Afganistán para combatir a Al Qaeda y al régimen talibán que le daba refugio.
Dos años después, en 2003, la administración Bush lanzó la invasión de Irak, argumentando que el régimen de Saddam Hussein representaba una amenaza relacionada con armas de destrucción masiva.
La utilización política de los atentados es uno de los aspectos que más alimentaron las sospechas.
Pero existe una diferencia fundamental entre afirmar que el gobierno aprovechó políticamente el 11-S y afirmar que organizó o permitió deliberadamente los atentados.
La primera afirmación puede analizarse a partir de decisiones políticas documentadas; la segunda requiere pruebas de participación que no han aparecido.
La propia Comisión del 11-S concluyó que Al Qaeda llevaba años desarrollando la operación y que el gobierno estadounidense había subestimado la amenaza.
LAS TORRES GEMELAS Y LA TEORÍA DE LA DEMOLICIÓN CONTROLADA
Otra de las teorías más difundidas sostiene que las Torres Gemelas no pudieron haber colapsado únicamente como consecuencia de los impactos de los aviones y los incendios, y que explosivos colocados previamente habrían provocado su caída.
La hipótesis también se extendió al edificio 7 del World Trade Center, que se derrumbó horas después de las Torres Gemelas pese a no haber sido impactado directamente por un avión.
Las investigaciones técnicas oficiales rechazaron la hipótesis de una demolición controlada. El Instituto Nacional de Estándares y Tecnología (NIST) señaló que no encontró evidencia que corroborara la presencia de explosivos en las Torres Gemelas y concluyó que los impactos y los incendios provocaron las condiciones que llevaron a los colapsos.
Para los grupos conspirativos, sin embargo, las características visuales de los derrumbes, la velocidad de las estructuras al caer y algunos testimonios continúan siendo motivo de cuestionamiento.
¿QUÉ OCURRIÓ REALMENTE CON LA INTELIGENCIA?
Paradójicamente, una de las partes más sólidas de la crítica al gobierno de Bush no necesita recurrir a una conspiración.
La Comisión del 11-S documentó fallas importantes en prácticamente todo el aparato de seguridad nacional.
Las agencias habían acumulado información sobre Bin Laden y Al Qaeda, pero tuvieron dificultades para compartirla y convertirla en acciones preventivas.
El informe concluyó que existieron fallas de imaginación, política, capacidades y administración.
También señaló que ninguna de las medidas adoptadas por el gobierno entre 1998 y 2001 logró detener o siquiera retrasar el avance del complot.
Eso deja abierta una pregunta histórica legítima: ¿fue incompetencia, burocracia y falta de coordinación, o hubo funcionarios que deliberadamente dejaron pasar la amenaza?
Hasta ahora, las investigaciones oficiales y la evidencia pública respaldan la primera explicación, no la segunda.
LAS SOSPECHAS NO DESAPARECIERON
El paso del tiempo no eliminó las teorías conspirativas. Por el contrario, la guerra de Irak, las armas de destrucción masiva que nunca fueron encontradas, las torturas cometidas durante la llamada “guerra contra el terrorismo”, Guantánamo y la expansión de la vigilancia estatal contribuyeron a profundizar la desconfianza hacia el gobierno de Bush.
El problema es que esa desconfianza puede mezclar hechos comprobados con conclusiones que no cuentan con la misma evidencia.
Está documentado que la administración Bush recibió advertencias antes del 11-S. Está documentado que hubo enormes fallas de inteligencia.
Está documentado que los atentados fueron utilizados para transformar radicalmente la política exterior estadounidense.
Lo que no está demostrado es que Bush o su gobierno hayan planeado los ataques, colocado explosivos en el World Trade Center o dado la orden de permitir deliberadamente que los atentados ocurrieran.
ENTRE LA SOSPECHA Y LA EVIDENCIA
Veinticinco años después, la pregunta sigue siendo políticamente poderosa porque toca una de las cuestiones más difíciles de la historia contemporánea: ¿hasta dónde puede llegar un gobierno para defender sus intereses y cómo distinguir una conspiración real de una explicación construida posteriormente a partir de hechos desconectados?
Las teorías sobre el 11-S no surgieron de la nada. Se alimentaron de errores gubernamentales reales, información previa que no fue aprovechada, decisiones posteriores controvertidas y una profunda pérdida de confianza en las instituciones estadounidenses.
Pero que existan razones para cuestionar al gobierno no significa automáticamente que todas las teorías conspirativas sean ciertas.
La evidencia disponible permite afirmar que el gobierno estadounidense falló gravemente antes del 11-S y tomó decisiones controvertidas después. No permite afirmar, sin más pruebas, que la administración Bush haya organizado los atentados.
La diferencia entre ambas afirmaciones es precisamente donde termina la sospecha y comienza el trabajo del periodismo: separar lo que sabemos, lo que podemos inferir y aquello que todavía no podemos demostrar.