Sheinbaum, la Cruella de Vil de la 4T
COMPARTIR
Ya fuese por torpe y cruel determinación judicial o por venganza pura y simple, los morenistas trasladaron por tierra a Ernesto Ruffo, injustamente preso, mediante un viaje que duró más de 40 horas
Doña Cholita era una linda anciana, menudita, sonrosada, de azules ojos y cabellos canos que peinaba siempre con un chongo al que ella daba el nombre de molote. Se ganaba la vida vendiendo gorditas a los pasajeros que llegaban a la estación del tren. Las tenía de papa, de picadillo y de frijoles, y su costo, en aquellos años, era de 20 centavos cada una. Cierto día llegó en el tren un pasajero curro. Vestía traje de casimir inglés, con chaleco; lucía reloj con leontina y se cubría con un finísimo sombrero Stetson de aquellos que se llamaban de 5 pores, porque estaban marcados con 5 equis. El pasajero llamó a doña Cholita y, por la ventana del vagón, le preguntó qué vendía. Ella le dijo que gorditas, y que las traía de papa, de picadillo y de frijoles. El señor preguntó el precio. Nosotros ya lo sabemos: 20 centavos cada una. Pero el tipo se veía muy tipo, catrín y de posibles, de modo que Cholita le respondió con la mayor desfachatez: “Cuestan a un peso cada una”. El hombre no se sorprendió; no dio señal de molestarse por lo caro del producto. Le pidió a Cholita: “Me da tres”. Ella, feliz porque con eso completaba la venta de todo el día, le puso las gorditas en un papel de estraza y se las alargó por la ventanilla. El sujeto se aplicó a comer ahí mismo en su asiento. Lo hizo muy a su sabor. Terminó, se limpió dedos y boca con el papel de estraza. Cholita, abajo, esperaba a que el cliente le pagara. Pero el comprador no daba trazas de llevarse la mano a la cartera. Y el tren empezó a andar. “Señor, págueme”. El individuo se volteó hacia otro lado. “¡Oiga! ¡Mi dinero!”. El tipo se cruzó de brazos; el tren tomó velocidad. Se quedó Cholita en medio del andén. Desde ahí, con rencoroso acento, le gritó al sujeto: “¡Ratero desgraciado! ¡Pero al cabo que te las di bien caras!”... A la 4T no le gustó que un juez hubiese decretado prisión domiciliaria para Ernesto Ruffo. Ya fuese por torpe y cruel determinación judicial o por venganza pura y simple –“pero al cabo que te las di bien caras”–, los morenistas trasladaron por tierra al injustamente preso mediante un viaje que duró más de 40 horas. La Presidenta se enteró, o debió enterarse, de esa inhumanidad cometida en la persona de un hombre de edad, y que sufre quebrantos de salud. El hecho arroja una fea mancha sobre el gobierno de Sheinbaum, y presenta su régimen como carente no sólo de humanidad, sino igualmente de decencia. A los ojos de muchos, la Presidenta quedará como culpable de maldad. El baldón que con esto cae sobre su sexenio no será olvidado. Señoras y señores: les presento a Cruella de Vil Sheinbaum... El médico le indicó a su paciente, mujer de extraordinaria pechonalidad: “Señorita Tetonina: la próxima vez que le diga que tome aire deme tiempo de hacerme a un lado”... Salacio Libidez, hombre dado a inéditas sensualidades, le comentó a un compañero de trabajo: “Hoy por la noche iré a una orgia”. Así pronunció la palabra: “orgia”. El otro lo corrigió: “Querrás decir ‘orgía’”. “No –precisó Salacio–. La orgía es con mujeres”... Himenia, célibe de 39 años cumplidos repetidas veces, invitó a merendar en su casa a don Acisclo, senescente caballero de los de antes. Le ofreció un piscolabis de rompope con galletas de animalitos, y entabló una sabrosa conversación con él sobre filmes que vieron en sus respectivas juventudes, protagonizados por Greta Garbo y Douglas Fairbanks (padre). De pronto, la señorita Himenia le dijo a don Acisclo: “No sabía, querido amigo, que fuese usted tan atrevido”. Respondió el educado caballero: “Yo tampoco lo sabía, señorita, hasta que se sentó usted sobre mi mano”... FIN.