Cómo el presidente Trump estropeó el Centro Kennedy
Desde el inicio de su administración, Donald Trump se ha encargado de desmantelar el Centro Kennedy, ya que lo considera un bastión liberal
Una tormenta derribó un trozo de yeso de metro y medio del techo en el Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas este mes y sus directivos entraron en acción. Una cosa que no hicieron fue reparar los daños.
En su lugar, los miembros del personal dejaron los escombros en la alfombra durante casi dos semanas, y publicaron fotos en las redes sociales con comentarios como “el lugar se está cayendo a pedazos y @realDonaldTrump quiere arreglarlo”. Midieron los fragmentos de yeso y mapearon el “campo de escombros” como investigadores después de un choque aéreo, lo que se incluyó en un informe de 55 páginas para la junta del centro sobre el deterioro del edificio. Nadie resultó herido, pero el presidente Donald Trump afirmó en línea que un guardia de seguridad había evitado por poco una “muerte segura”. Menos de dos horas después, sus aliados en la junta votaron para cerrar el centro, y dieron como argumento preocupaciones de seguridad.
Las amenazas de Trump de la semana pasada sugieren que salvar las apariencias, no las vidas, explica mejor por qué clausuró el Centro Kennedy el martes para lo que los funcionarios dijeron que sería un cierre temporal.
El presidente de Estados Unidos, que también es el presidente del centro, anunció por primera vez en febrero que la institución cerraría durante dos años para renovaciones. Los legisladores demócratas en la junta dijeron que era una excusa para evitar la humillación de la caída en las ventas de boletos y la salida de los artistas. Desde entonces, Trump ha luchado por agregar su nombre al monumento a un presidente asesinado, con lo que ha atraído múltiples mandatos judiciales. Cuando un juez se lo negó de nuevo la semana pasada, el presidente dejó clara su prioridad. Decretó que el cierre se llevaría a cabo de inmediato, pero que la renovación no comenzaría hasta que los tribunales —potencialmente la Corte Suprema— permitieran que su nombre estuviera en la fachada del edificio.
Luego, mientras se levantaban pesadas cercas de construcción alrededor del edificio, fue más allá. “El gobierno de Trump ciertamente debería tener reconocimiento”, dijo, y argumentó que poner su nombre en el centro ayudaría a sacarlo de la crisis física y financiera. “Porque francamente si no hacemos eso va a cerrar, terminará siendo derribado”.
El viernes por la noche, una gran multitud de manifestantes entrelazó sus brazos para formar una cadena humana alrededor del edificio en protesta por los esfuerzos de Trump por cerrar el centro en medio de temores de que al final pudiera demolerlo.
El cierre es la apoteosis de la ruina y el caos creados en los menos de dos años desde que Trump tomó control del centro, que alguna vez fue un modelo global bipartidista de acceso público a las artes. Los documentos y correos electrónicos internos obtenidos por The New York Times demuestran la captura política de la institución por los caprichos de Trump, quien al comienzo de su segundo mandato instaló una junta que lo convirtió en su presidente. El público y los donantes huyeron, y sus finanzas se hundieron.
El primer director del centro designado por Trump, Richard Grenell, buscó llevar a cabo un plan del que no se había informado previamente para reemplazar obras de la colección de arte del centro, incluidos regalos de países extranjeros en honor a Kennedy, por obras de arte seleccionadas por mecenas de Trump. “Definitivamente puedes empezar a enviar cosas de vuelta a los países que las donaron ahora”, dijo Grenell en un correo electrónico a Josef Palermo, un curador que él contrató. “Elige todo lo que no quieres y solo envíalo de vuelta lo antes posible”.
Grupos conservadores y amigos del presidente organizaron eventos gratuitos o con grandes descuentos, incluida una conferencia sobre “poner fin a la persecución cristiana”. El centro organizó fiestas y dedicó salas a donantes de Trump y aliados políticos.
Los trabajadores remodelaron los tres palcos de Trump en el teatro del centro, en los que instalaron accesorios de plomería dorados y arrancaron baldosas recién colocadas cuyo color no era del agrado de la Casa Blanca. En un correo electrónico, una integrante del personal del Centro Kennedy, Lisa Dale, alertó a sus colegas sobre la exigencia de Trump de un tipo específico de árbol en las instalaciones: “A nuestro presidente le encantan los arces y está insistiendo en que plantemos arces de una arboleda muy específica de un jardinero muy específico. :) ¡En realidad me encanta esto de él!”.
Trump y los funcionarios del centro culpan a los directivos anteriores por los problemas financieros y de mantenimiento. A pesar de los recientes retiros de obras de arte de las instalaciones y de la exhibición pública, dicen que no hay un plan activo para deshacerse de la colección.
“Nuestro enfoque no partidista es evidente por la práctica constante de dar la bienvenida a todos y las continuas invitaciones a miembros de ambos partidos del Congreso y su personal para sesiones informativas, recorridos y nuestra programación”, dijo una portavoz, Roma Daravi, en un comunicado el viernes. (Horas más tarde perdió su trabajo en una ronda de despidos, una de varias este año). El miércoles le dijo a Real America’s Voice, una red de televisión a favor de Trump, que los críticos demócratas “están deteniendo a sabiendas cualquier trabajo que vaya a salvar esta institución porque no quieren que el presidente Trump se lleve el crédito”.
Los demócratas se burlaron. “Es una locura”, dijo en una entrevista la representante por Maine Chellie Pingree, la principal demócrata en el subcomité de asignaciones de la Cámara de Representantes que supervisa el financiamiento para el edificio del Centro Kennedy. “El problema número uno que ha tenido el Centro Kennedy es el presidente Trump”.
Cinco décadas bipartidistas
Primero se le conoció como el Centro Cultural Nacional y fue concebido en la década de 1950 por un presidente republicano, Dwight Eisenhower, y luego defendido por Kennedy, un demócrata, como un oasis artístico para todos. Los dos presidentes consiguieron apoyo público y recaudaron dinero para el centro, y sus esposas fueron copresidentas honorarias de su junta directiva.
Después del asesinato de Kennedy en 1963, el Congreso aprobó una ley que nombró al centro en su honor y requirió que operara como un monumento. El marco de administración que se desarrolló tenía como objetivo aislar a la institución del partidismo. El edificio se mantendría con fondos federales y su programación artística sería financiada por donantes privados y por la venta de boletos. La junta estaría formada por legisladores de ambos partidos y personas designadas por el presidente cuyos periodos de seis años se superpondrían con los distintos gobiernos federales.
Durante cinco décadas, legisladores de ambos partidos asistieron a eventos como los Honores del Centro Kennedy, la noche más importante del año para el centro. Los jueces de la Corte Suprema Ruth Bader Ginsburg y Antonin Scalia se sentaron juntos en la ópera. Un concierto benéfico después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 incluyó tributos de Laura Bush, la primera dama en ese momento, y del senador Ted Kennedy, demócrata por Massachusetts.
“Tenías a un montón de republicanos y tenías a un montón de demócratas y todos simplemente estaban tratando de hacer arte y educación artística”, dijo Michael Kaiser, quien dirigió el centro de 2001 a 2014.
Trump, desairado por muchos en el mundo de las artes de tendencia liberal, no se presentó a los eventos del centro durante la mayor parte de su primer mandato. Pero a menos de un mes de su segundo mandato, purgó a la junta directiva del Centro Kennedy de las personas designadas durante el gobierno de Joe Biden e instaló aliados suyos. Estos lo convirtieron en presidente, lo que constituyó la primera vez que un presidente de Estados Unidos en funciones ha ocupado ese cargo.
‘Estamos devolviendo el arte’
Trump incorporó a Grenell, su combativo exembajador en Alemania, quien llenó los altos cargos del centro de partidarios. Documentos y correos electrónicos internos —incluidos algunos de la oficina del senador por Rhode Island Sheldon Whitehouse, el demócrata de mayor rango en un comité del Senado que supervisa el centro— muestran que la política dio forma al esfuerzo de Grenell por reemplazar la colección de arte del centro.
Una propuesta distribuida por funcionarios del Centro Kennedy a fines del año pasado dejó en claro en su primera página que la “desadhesión” de obras de arte “puede incluir su retiro a través de los siguientes medios: devolución al país de origen, transferencia o intercambio con otra institución, venta pública o destrucción”.
Grenell dejó el centro en marzo, y Palermo, el curador, fue despedido el mismo mes. En un artículo de The Atlantic publicado en abril, Palermo se describió a sí mismo como en oposición al plan de purgar la colección de arte. Pero los documentos lo retratan como un participante entusiasta que elaboró un plan para reclutar a filántropos simpatizantes de Trump para un nuevo “Consejo de Coleccionistas”.
Un memorando sobre el consejo propuesto describió algunas de sus funciones como la desadhesión de “obras de arte obsoletas o inapropiadas” y su reemplazo por obras que reflejen los “valores estadounidenses compartidos”. Los donantes pagarían hasta 100.000 dólares para unirse.
“Era mi trabajo recibir órdenes y tratar de implementarlas”, dijo Palermo en una entrevista. Agregó que Grenell le dijo que “el presidente quiere arte completamente nuevo” para el centro.
En una entrevista, Grenell dijo que no discutió sobre arte con el presidente. “Lo que le instruí a Josef que hiciera fue volver a cada pieza de arte regalada y decirle al donante: ‘Muchas gracias, estamos devolviendo la obra’”, dijo. En una entrevista posterior, Grenell dijo que estaba particularmente enfocado en devolver las obras que necesitaban reparación o restauración, lo que dijo que el Centro Kennedy no podía costear.
El plan descrito en los documentos tenía como objetivo más de 20 obras de arte dentro y fuera del edificio, incluyendo Blue, una imponente escultura al aire libre entregada al centro por su artista, Joel Shapiro, que este mes fue retirada sin previo aviso o explicación pública.
Dentro del centro, el plan de remoción apuntaba a 15 obras de arte en el Salón Africano, un espacio de eventos cerca de la Casa de la Ópera que se inauguró en 1977 y fue cerrado con llave algún tiempo después de que Trump asumiera el control. Los textiles del salón, las obras de arte y una escultura de madera tallada de Ghana que representaba el dolor de los africanos por la muerte de Kennedy fueron retirados sin explicación pública.
En respuesta a preguntas sobre el plan de retirar obras de arte, el centro dijo que las obras permanecían “totalmente salvaguardadas, sin cambios planeados ni inminentes” y que la colección “ha sido catalogada exhaustivamente”. Dijo que las obras del Salón Africano se están preservando dentro del centro y rechazó las solicitudes para ver el arte.
Los miembros del personal y exfuncionarios del Centro Kennedy especularon que Blue fue retirada porque a Trump, quien ha dicho que considera gran parte del arte moderno “una estafa”, no le gustaba. Pero un funcionario de la Casa Blanca dijo que Trump no estaba al tanto del plan para retirar la obra. El centro declinó hacer comentarios. Desde entonces, la escultura ha sido vendida al filántropo David Rubenstein, el expresidente de la junta directiva del Centro Kennedy que Trump destituyó.
Este verano apareció una serie de relieves chapados en oro sin firma ni atribución en el Reach, un anexo más reciente del Centro Kennedy que está programado para permanecer abierto durante el cierre del edificio principal. Las imágenes representadas incluyen a Trump levantando su puño después de sobrevivir a un intento de asesinato en 2024, al multimillonario Elon Musk y al secretario de Salud y Servicios Humanos, Robert F. Kennedy Jr.
Se cree que la artista es Trish Duggan, una importante donante de Trump. El centro declinó hacer comentarios. Duggan no respondió a múltiples solicitudes de comentarios.
El nombre, las lonas y el final
En julio de 2025, Trump aseguró 257 millones de dólares del Congreso para la renovación del Centro Kennedy.
En diciembre, la junta directiva votó a favor de poner el nombre de Trump en la fachada del edificio. Más artistas y patrocinadores se retiraron.
La representante Joyce Beatty, demócrata por Ohio y miembro ex officio de la junta directiva del centro, interpuso una demanda por el cambio de nombre.
En marzo, Trump reemplazó a Grenell por Matt Floca, un gerente de instalaciones sin experiencia en programación de artes, a quien el presidente había estado llamando semanalmente para obtener actualizaciones sobre todo, desde calderas nuevas hasta los apoyabrazos de los asientos del teatro que él quería que fueran de mármol.
El juez Christopher Cooper dictaminó que solo el Congreso podía cambiar el nombre del centro y ordenó retirar el nombre de Trump. A altas horas de la noche a mediados de junio, los periodistas y una multitud en actitud festiva se reunieron para observar.
Floca estaba preocupado de que el espectáculo público enfureciera a Trump, según tres personas familiarizadas con los eventos recientes del Centro Kennedy que no querían ser nombradas por temor a represalias. Floca hizo que los trabajadores cubrieran una torre de andamios con lonas, bloqueando la vista de la multitud mientras quitaban las letras de la pared. El nombre de Trump ha desaparecido, pero las lonas siguen ahí. Los funcionarios del centro han dicho que están ahí por mantenimiento.
Dado que Cooper prohibió que se cerrara el edificio por completo, el centro comenzó a cerrar secciones enteras, para lo que argumentó preocupaciones de seguridad. Su amplia terraza que da al Potomac ha estado fuera de servicio desde mediados del verano. El yeso caído del techo llevó al cierre de todo el gran vestíbulo, un espacio de casi dos campos de fútbol de largo.
Los daños han hecho una breve aparición en un video de la Casa Blanca, en el que se oye la voz en off de Floca justificando el cierre. A fines de la semana pasada, empleados con cascos finalmente aspiraron los escombros de la alfombra.
© 2026 The New York Times Company
Por Elizabeth Williamson, Kitty Bennett y Julia Jacobs