Crisis de Groenlandia: Europa necesita a EU, pero también necesita plantar cara a Trump
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Groenlandia se ha convertido en el punto de quiebre que Europa llevaba meses evitando. Tras un año de concesiones, silencios y gestos de acomodo frente a Donald Trump, la insistencia del presidente estadounidense en apoderarse del territorio ártico amenaza con erosionar el pilar central de la relación transatlántica: la OTAN.
Hasta ahora, los gobiernos europeos habían optado por la cautela. Aceptaron sin confrontación directa las presiones de Trump para elevar el gasto militar al 5% del PIB, toleraron su ambigüedad respecto al apoyo a Ucrania —percibida como una ventaja estratégica para Rusia— y evitaron criticar abiertamente operaciones estadounidenses de alto impacto, como la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro. La consigna era no provocar a Washington.
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Esa estrategia, sin embargo, empieza a agotarse.
Las reiteradas exigencias de Trump para que Dinamarca ceda o venda Groenlandia —un territorio semiautónomo clave en el Ártico— han encendido una alarma distinta. No se trata de presupuesto ni de reparto de cargas, sino de soberanía. Y para muchos en Europa, esa es una frontera que no puede cruzarse.
“Estamos en 2026. Se comercia con bienes, no con pueblos”, advirtió el canciller danés Lars Løkke Rasmussen tras reunirse en Washington con el vicepresidente J.D. Vance y el secretario de Estado Marco Rubio. Sus palabras marcaron un tono inusualmente firme en una relación que hasta ahora había privilegiado la deferencia.
La escena posterior fue reveladora: Rasmussen y la ministra groenlandesa Vivian Motzfeldt, visiblemente tensos, fumando en silencio frente al complejo ejecutivo Eisenhower. Para analistas transatlánticos, ese momento simbolizó el fin de la diplomacia sonriente.
“Groenlandia es la línea roja”, resumió Kristine Berzina, del Fondo Marshall Alemán. “Todo lo demás ha sido negociable. Esto no. Aquí se juega si Europa puede defender su propio territorio”.
El problema es que Europa llega a este choque desde una posición incómoda. Su dependencia militar de Estados Unidos limita su margen de maniobra, reconoció el ex primer ministro letón Krišjanis Kariņš. Cualquier escalada —incluso comercial— podría desencadenar represalias de una Casa Blanca conocida por responder con dureza.
La presión sobre Copenhague y Nuuk ha sido intensa. Motzfeldt reconoció sentirse desbordada tras días de negociaciones. Para expertos en política ártica, el episodio resulta especialmente desconcertante: Dinamarca ha sido uno de los aliados más constantes de Washington. “Es como si tu mejor amigo te golpeara sin razón”, resumió la académica Marisol Maddox.
El interés de Trump en Groenlandia no es nuevo, pero sí más obsesivo. Desde que Ronald Lauder, empresario y viejo aliado, le sugirió la idea en 2019, el tema ha crecido hasta convertirse en una fijación personal. Aunque la Casa Blanca invoca razones de seguridad nacional, Trump ha admitido que hay un componente psicológico: poseer la isla sería, dijo, “necesario para el éxito”. La semana pasada incluso amenazó con aranceles contra países que no cooperen con su objetivo.
Dentro de su administración, figuras como J.D. Vance han visto el conflicto como una oportunidad para tensar aún más la relación con Europa. Diplomáticos europeos interpretaron su participación directa en las negociaciones como una señal de confrontación deliberada. Según Politico, ningún funcionario consultado lo considera un aliado fiable en este tema.
Ante ese escenario, Europa ha optado por una respuesta pragmática: desmontar el argumento de que Groenlandia está indefensa. Un contingente militar francés llegó a la isla, acompañado de fuerzas de Alemania, Suecia, Noruega, Finlandia, Países Bajos y Reino Unido. El mensaje es claro: la seguridad del Ártico es una responsabilidad compartida de la OTAN, no una excusa para la anexión.
“Groenlandia no está sola”, afirmó la primera ministra danesa, Mette Frederiksen. En los próximos días, Rasmussen y Motzfeldt se reunirán con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, para coordinar una postura común.
Más allá del despliegue militar, circulan propuestas diplomáticas. Desde una cumbre internacional de seguridad ártica en Nuuk hasta medidas más agresivas, como congelar la ratificación del acuerdo comercial UE-EE. UU. pactado con Trump el año pasado. Sin embargo, estas últimas enfrentan resistencias en un Parlamento Europeo dominado por fuerzas conservadoras reacias a provocar a Washington.
Por ahora, Bruselas mantiene un delicado equilibrio. Ursula von der Leyen reiteró que Estados Unidos sigue siendo un aliado estratégico, al tiempo que prometió mayor apoyo político y financiero a Groenlandia, incluida la duplicación de la ayuda europea y una presencia institucional más fuerte en la isla.
“Debemos dialogar, no aislarnos”, sostuvo el canciller chipriota Constantinos Kombos, cuya nación preside actualmente el Consejo de la UE.
Pero bajo esa retórica diplomática subyace una realidad incómoda: por primera vez en décadas, Europa contempla seriamente la posibilidad de que su principal aliado se convierta en el mayor desafío a su soberanía territorial.