De joya industrial a ruinas: una ciudad revela la decadencia de Venezuela
El agua potable en Cumaná es extremadamente escasa, los apagones diarios asolan la ciudad, el viento aúlla entre los restos saqueados de su otrora ilustre universidad y los carroñeros rebuscan en los vertederos de basura restos de comida
Por: Simon Romero and Adriana Loureiro Fernandez
Gran parte de Cumaná, ciudad del este de Venezuela que en su día fue una joya de la corona de la base industrial del país, tiene el aire de una zona de guerra marcada por la batalla.
Esta ciudad costera es un mundo totalmente distinto del de Caracas, la capital, que se encuentra en la cúspide de un auge que la aísla en gran medida de la decadencia de la mayor parte de Venezuela.
Después de que las fuerzas estadounidenses derrocaran y capturaran al dirigente anterior, Nicolás Maduro, en enero, los petroleros y los magnates de las criptomonedas se han apresurado a viajar a Caracas para explorar posibles acuerdos.
Cumaná cuenta una historia muy diferente: la de la economía destruida del resto del país, que podría tardar generaciones en reconstruirse.
En mayo, atravesé en coche el este de Venezuela, un viaje de sol a sol a través de más de 20 puestos de control militares y policiales, para ver de primera mano las condiciones de vida fuera de la capital.
“¿Viste los bombardeos con misiles en Ucrania de los que todo el mundo habla?”, dijo José Luis Sánchez, de 56 años, presidente del Colegio de Economistas del Estado Sucre, un grupo empresarial. Con un toque de humor negro, añadió: “Bueno, a veces decimos que nuestra ciudad se parece a Kiev”.
No fueron los bombardeos los que arrasaron gran parte de Cumaná. Por el contrario, la culpa la tienen el régimen de partido único, la desastrosa gestión económica y las campañas de venganza ideológica, dicen quienes ahora expresan abiertamente su disidencia en la ciudad de medio millón de habitantes, a medida que comienzan a suavizarse las restricciones autoritarias de Venezuela a la libertad de expresión.
Cuando Hugo Chávez subió al poder hace 27 años, Cumaná figuraba, junto con otros centros industriales como Ciudad Guayana y Valencia, entre las ciudades que contribuyeron a convertir a Venezuela en una potencia regional. Cumaná era un epicentro de la industria pesquera y conservera de toda la cuenca del Caribe, y procesaba una cantidad asombrosa del atún y las sardinas que se consumían en toda Sudamérica.
Prosperaban los astilleros que construían barcos de pesca comercial. El mayor orgullo de Cumaná era una planta de Toyota que fabricaba Land Cruisers, los legendarios vehículos de tracción en las cuatro ruedas que se convirtieron en un clásico en toda Venezuela.
Entonces Chávez se embarcó en una oleada de adquisiciones de empresas privadas por parte del Estado, una pieza clave en su plan de construir una economía socialista bajo su control. Cumaná y el estado circundante de Sucre, bastión chavista, se convirtieron en un laboratorio de estos esfuerzos.
Las expropiaciones destinadas inicialmente a garantizar la seguridad alimentaria nacional privaron de capital privado a la industria conservera de Cumaná. El hundimiento de la producción en otras empresas estatales de otros lugares de Venezuela privó entonces a las conserveras de lo que más necesitaban: latas de metal.
En la actualidad, muchas conserveras funcionan a duras penas, están cerradas de manera temporal o están abandonadas por completo, como una del barrio de Caigüire, lo que se suma al paisaje de ruinas de Cumaná.
La planta de montaje de Toyota, paralizada en varias ocasiones por huelgas apoyadas por el gobierno y enfrentamientos sindicales, se redujo por fases. La espiral de hiperinflación de la economía, hace una década, la obligó finalmente a cerrar, junto con todo su ecosistema de proveedores locales.
Con su sector manufacturero destruido, Cumaná depende ahora, como gran parte del país, del gobierno de Venezuela para cubrir sus necesidades básicas.
Este nuevo capítulo no va bien.
En febrero, un desprendimiento de rocas en el interior de un túnel del embalse que suministra el agua a Cumaná provocó un colapso en todo el sistema. Al no poder solucionar el problema, las autoridades ordenaron un severo programa de racionamiento destinado a preservar el agua que pudiera transportarse en camiones cisterna.
Escenas de caos acompañan ahora la llegada de estos camiones, con residentes que suplican, a veces a gritos, que se les permita llenar jarras de plástico. Los soldados, armados con rifles semiautomáticos, están preparados para impedir que se produzcan enfrentamientos.
Cuando no llegan los camiones públicos, los camiones cisterna privados llenan el vacío. Pero las presiones inflacionistas han hecho que los precios del agua se disparen, y un solo recipiente de 20 litros cuesta hasta 8 dólares, una carga considerable para las familias que ya subsisten con salarios bajos y una subvención mensual del gobierno de 240 dólares.
Quien no puede permitirse comprar agua embotellada se ve obligado a caminar hasta los puntos de recogida públicos o a pozos improvisados. Los negocios han cerrado. Las escuelas han suspendido las clases porque las instalaciones carecen de agua para el saneamiento básico y los baños.
Yamileth Sotillo, de 43 años, asistenta que vive en Brisas del Golfo, un asentamiento ilegal, dijo que esperaba que las cosas mejoraran después de que las fuerzas estadounidenses capturaran a Nicolás Maduro en enero y lo sustituyeran por Delcy Rodríguez, su vicepresidenta.
Pero la crisis del agua empeoró mucho una situación que ya era mala, dijo.
“Todavía no se ve queso en la tostada”, dijo Sotillo, usando una expresión popular venezolana.
Otra forma de decirlo: todavía no hay nada mejor.
Otros habitantes de Brisas del Golfo dijeron que tenían miedo de hablar con un periodista. Dijeron que todavía temían las represalias de los dirigentes de su Consejo Comunal, la célula organizativa de Venezuela que gestiona la gobernanza local y sirve de ojos y oídos en la calle del partido gobernante.
Los dirigentes del Consejo vigilan las publicaciones en redes sociales y las conversaciones cotidianas, dijeron estos residentes, y podrían limitar subvenciones como alimentos básicos o combustible para cocinar si creen que alguien es desleal al Estado.
Otro símbolo trágico de la disfunción de Cumaná es el campus de la Universidad de Oriente, fundada en 1958, cuando Venezuela entró en un periodo de renovación democrática. Situada en una colina con vistas al Caribe, se convirtió en uno de los centros de investigación marina más importantes de Latinoamérica.
En su día acogió a más de 15.000 estudiantes, pero ahora está prácticamente en ruinas. Tras surgir como centro de protestas antigubernamentales, las autoridades locales tomaron represalias hace aproximadamente una década y permitieron que los chatarreros robaran objetos como cables de cobre, aparatos de aire acondicionado, accesorios de baño y tuberías, dijeron antiguos profesores y estudiantes.
Cuando las protestas se reavivaron unos años más tarde, también lo hicieron los saqueos.
Por la noche, los saqueadores prendían fuego a los libros para poder ver lo que se llevaban, según antiguos trabajadores de la universidad. Un incendio destruyó miles de volúmenes de la biblioteca central, dijeron, cuyas páginas carbonizadas aún pueden verse.
Ahora, un edificio tras otro del campus parecen destruidos por ataques de aviones no tripulados. Solo quedan unos 2000 alumnos, que estudian en estructuras construidas apresuradamente y agrupadas alrededor de la entrada de la universidad.
Los colapsos de los sistemas de agua y de educación son solo algunos de los problemas de Cumaná, que presume de ser la ciudad habitada por europeos más antigua de Sudamérica, anterior en más de medio siglo a la fundación de Caracas.
En un vertedero al aire libre, cerca de hoteles decadentes que en su día acogieron a turistas ávidos de sol, personas mayores rebuscan comida, leña y latas de aluminio para reciclar.
Como en otras partes del país rico en petróleo de las afueras de Caracas, la electricidad se va durante varias horas casi todos los días.
Esto convierte algo mundano, como ir a un centro comercial, en una experiencia surrealista.
Alrededor del mediodía de un día reciente, en el centro comercial Hipergalerías, el estacionamiento estaba completamente a oscuras, lo que obligaba a quienes llegaban en coche a utilizar las linternas de sus teléfonos para orientarse.
Dentro del centro comercial, las escaleras mecánicas y los ascensores habían dejado de funcionar. Sin aire acondicionado, y con temperaturas exteriores cercanas a los 32 grados Celsius, la cavernosa estructura se sentía como un sauna.
Aun así, circulaban algunos compradores. La mayoría de las tiendas se habían quedado a oscuras, pero un puñado con generadores propios permanecieron abiertas.
“Esto nos tira el negocio abajo, obviamente”, dijo Taís Mago, de 35 años, quien administra un restaurante en el centro comercial que tiene que cerrar sus puertas cada vez que se producen apagones.
En otros lugares de Cumaná, los murales progubernamentales cubren las paredes de toda la ciudad, como si quisieran recordar a la gente quién sigue al mando. Aunque las imágenes de Hugo Chávez se han desvanecido en gran parte de Caracas, todavía son omnipresentes en Cumaná.
Entre los eslóganes que proclaman: “El turismo es el arma secreta del nuevo modelo económico de Venezuela”. “La esperanza está en la calle”. “Cuando hay determinación, nada es imposible”.
A pesar de la sensación de abatimiento en Cumaná, no es difícil encontrar personas que siguen creyendo en la revolución de inspiración socialista que produjo muchos de los males de la ciudad. Marisol Gómez, vendedora ambulante de ropa en el centro de la ciudad, es una de ellas.
“¿Quién se iba a imaginar que iba a pasar un derrumbe?”, dijo Gómez, de 35 años, cuando se le preguntó por la crisis del agua. “Eso escapa de las manos del gobierno”.
Dijo que todos en su casa, desde sus tres hijos hasta su padre, una persona mayor, caminaban regularmente para recoger agua en jarras de plástico.
“Hasta que pase este tormento tengo fe que el gobierno lo va a solucionar”, dijo Gómez, que se autodenomina chavista. “Claro que no es fácil tener paciencia pero no queda de otra y hay que esperar”.
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