El movimiento de Alberta para separarse de Canadá llega a las urnas
El primer ministro, Mark Carney, ha intentado abordar las quejas de los albertanos y frenar el impulso secesionista, al mismo tiempo que gestiona una ruptura histórica en la relación de Canadá con EU
CANADÁ- Steven Lovelace no está seguro de que Alberta deba separarse de Canadá y convertirse en un país independiente.
Le preocupa el futuro de su provincia sin salida al mar si esta se separa.
Además, él se considera patriota.
“Amo a Canadá, eso es lo difícil”, dijo en una entrevista en Slave Lake, una ciudad de 7,300 habitantes en el centro de Alberta, donde el petróleo, el gas y la silvicultura son grandes empleadores. Pero Lovelace, de 31 años y comerciante en una fábrica de celulosa, de todos modos firmó una petición que exige una votación sobre el tema.
Tras meses de gran dramatismo político que incluyeron un cortejo entre los separatistas y el gobierno de Donald Trump, parece cada vez más probable que Lovelace consiga lo que desea el 19 de octubre.
“No ando hablando de secesión todos los días”, dijo. “Pero quiero asustar a Ottawa”, capital de Canadá y sede del gobierno federal.
Alberta, una provincia del oeste de Canadá rica en petróleo, a la que a menudo se hace referencia como la “Texas de Canadá”, se precipita hacia un referendo en el que se preguntará a los ciudadanos: ¿Quieres permanecer en Canadá o celebrar un referendo vinculante por separado para la secesión?
Un referendo sobre la realización de un referendo, por así decirlo.
El mero hecho de plantear la pregunta ha encendido una chispa política. En Alberta, el debate se ha vuelto urgente, y ha hecho que la mayoría de los albertanos que no quieren la secesión se sientan obligados a manifestarse en contra. La clase política canadiense de Ottawa, donde el separatismo albertano históricamente ha suscitado indiferencia o burlas, ahora le presta atención.
El primer ministro, Mark Carney, ha intentado abordar las quejas de los albertanos y frenar el impulso secesionista, al mismo tiempo que gestiona una ruptura histórica en la relación de Canadá con Estados Unidos. No puede permitirse una crisis separatista con una provincia que exporta su petróleo a Estados Unidos.
La semana pasada, Carney dijo que el referendo equivalía a un “peligroso fanfarroneo” y lo comparó con el Brexit. Habló desde la experiencia: dirigió el Banco de Inglaterra cuando el Reino Unido votó a favor de abandonar la Unión Europea en 2016 y tuvo que ayudar al país a navegar por las consecuencias económicas.
MÁS DE UN SIGLO DE ALINEACIÓN
Muchos albertanos dicen que la provincia ha sido maltratada desde el día en que se unió a la confederación canadiense en 1905.
Las caricaturas políticas de la época presentaban al este de Canadá, prácticamente a un continente de distancia de Alberta, explotando los recursos de la provincia. (En una de ellas, de 1915, se representa a una vaca a lo largo y ancho de Canadá, alimentada por granjeros de Alberta, Manitoba y Saskatchewan, y ordeñada por hombres con traje y sombrero de copa del este de Canadá).
Ese sentimiento de explotación ha animado un fervor separatista desde entonces, respaldado por la creencia de que los ganaderos, agricultores y petroleros que colonizaron esta parte de Canadá eran excepcionales.
Pero incluso cuando Alberta y el gobierno federal se enfrentaron durante el siglo pasado, el separatismo siguió siendo un movimiento minoritario.
En los últimos años, no más del 20 por ciento de los habitantes de Alberta apoyaban el separatismo, según las encuestas, y a menudo se les tachaba de excéntricos rurales o de agitadores pro-Estados Unidos, que aspiraban secretamente a que Alberta se convirtiera en un estado estadounidense.
Esa cifra ha subido ahora a más del 30 por ciento, lo que ha empujado la causa separatista hacia la corriente dominante.
“Esta idea no es nueva”, dijo Corey Hogan, miembro liberal del Parlamento por Calgary, la mayor ciudad de Alberta, quien ha iniciado una apasionada campaña para que Alberta permanezca en Canadá. “Lo que es nuevo es que la gente hable de ello”.
Las opiniones de Lovelace, el comerciante de la fábrica de celulosa, son una muestra de cómo un movimiento antaño marginal atrae a un segmento más amplio de la sociedad de Alberta al aprovechar las quejas de la gente.
Lovelace dijo que quería que los habitantes de Alberta, que en general son más ricos que otros canadienses, recuperaran el control de cómo se gastan sus impuestos, en lugar de dejar que los gestione Ottawa. Alberta tiene una población de unos cinco millones de habitantes —alrededor del 12 por ciento de los 41,5 millones de Canadá— y produce el 15 por ciento del producto económico bruto del país.
Trevor Tombe, catedrático de Economía de la Universidad de Calgary, dijo que los habitantes de Alberta no pagan más impuestos que los de otras provincias, sino que, como la provincia es más rica y más joven, contribuye al presupuesto federal más de lo que recibe, al igual que Columbia Británica y Ontario.
“Es consecuencia de cosas buenas, no es consecuencia de que Alberta esté en la mira”, dijo Tombe. “No es que en Alberta haya un tipo del impuesto sobre la renta más alto que en ningún otro sitio”.
Lovelace también expresó su enfado con el predecesor de Carney, el primer ministro Justin Trudeau, con el argumento de que sus políticas centradas en el clima ahogaron la capacidad de Alberta para hacer crecer su industria del petróleo y el gas.
El legislador Hogan dijo que el gobierno federal debía comprender y abordar el resentimiento que lleva a algunos habitantes de Alberta a coquetear con la idea de la secesión.
“Se trata de un sentimiento de que no contamos”, dijo. “Se trata, en el mejor de los casos, de indiferencia y, a menudo, de hostilidad por parte del este”.
VEN POR LA SECESIÓN, QUÉDATE POR LA CONSPIRACIÓN
En una lúgubre sala de conferencias de un hotel de Slave Lake, unas 100 personas escuchaban una presentación a favor de la independencia de Alberta por parte de Mitch Sylvestre, uno de los líderes más destacados del movimiento.
La mayoría ya había firmado la petición de celebrar un referendo de separación y estaban allí para oír confirmadas sus opiniones en compañía de personas con ideas afines.
Sylvestre, un hombre alto, de mandíbula fuerte y ojos despiertos, proyectó una presentación de PowerPoint. Dijo que ya había hecho esto 119 veces.
“Alberta es una colonia del este de Canadá, y quedará muy claro cuando termine” la presentación, prosiguió. “Hay que ser ingenuo para pensar que no codician lo que tenemos. Todas las guerras de la historia han empezado porque tu vecino quiere lo que tú tienes”.
Un estruendoso aplauso resonó entre la multitud.
Aproximadamente una hora después de comenzar la presentación, las cosas dieron un giro.
Las diapositivas que mostraban cómo los albertanos estaban siendo “gravados hasta la muerte” dieron paso a teorías conspirativas populares en los rincones derechistas de internet.
Sylvestre, sin ningún orden en particular, afirmó que Carney quería instaurar una “dictadura tecnocrática”, que el gobierno federal canadiense era un caballo de Troya comunista y que había soldados chinos apostados en Canadá, tras señalar que una vez había visto a seis hombres asiáticos en buena forma en un supermercado.
Lo remató con una pulla a la pareja de Trudeau, la estrella del pop Katy Perry: “Ella besó a una chica y le gustó”, bromeó, en referencia a una de las canciones de éxito de la cantante.
El público estaba embelesado, pero al final tenía una pregunta más práctica.
¿Cuál sería la moneda cuando Alberta se separara?
“El dólar estadounidense”, dijo Sylvestre con seguridad.
AMIGOS COMO ESTOS
El gobierno de Trump ha negado haber hecho alguna promesa material a los separatistas de Alberta.
Pero funcionarios de la Casa Blanca y del Departamento de Estado confirmaron que funcionarios del Departamento se reunieron con activistas del movimiento separatista en Washington tres veces el año pasado.
“El Departamento se reúne regularmente con personas del tipo de la sociedad civil. Como es habitual en reuniones rutinarias como estas, no se asumió ningún compromiso”, dijo el Departamento de Estado en un comunicado.
Los activistas dijeron que habían jurado mantener en secreto con quién se habían reunido, pero describieron las reuniones.
Jeffrey Rath, abogado de Alberta y destacado dirigente independentista que participó en las tres reuniones, dijo que uno de los funcionarios del Departamento de Estado era de tan alto rango que fue a ver a Trump al Despacho Oval después de terminar. “No nos reunimos con subalternos en el sótano”, dijo.
Rath y otros asistentes afirmaron que les dijeron que renunciaran a cualquier insinuación de que Alberta pudiera unirse a Estados Unidos (solo a un fragmento de los separatistas de Alberta les gusta la idea).
La visión separatista es que Alberta y Estados Unidos estén estrechamente alineados, dijo. “Tendremos un acuerdo económico de tipo mercado común, con aranceles cero a ambos lados de la frontera, sobre el 100 por ciento de todos los bienes y servicios”.
El gobierno estadounidense parece estar en sintonía con esa visión.
“Alberta es un socio natural para Estados Unidos”, dijo Scott Bessent, secretario del Tesoro estadounidense, en una entrevista en enero. “Tienen grandes recursos; los albertanos son gente muy independiente”.
EL FACTOR DANNIELLE SMITH
Para la mayoría de los albertanos, el hecho de que se vaya a celebrar un referendo sobre la separación es una sorpresa.
“Era un sueño febril y, de repente, es real”, dijo Tye Rubisch, un amigo de Lovelace que trabaja en el sector del petróleo y el gas en Slave Lake, pero que siente aprensión ante el separatismo.
Rubisch es indígena y le inquieta la secesión porque pondría en tela de juicio los tratados vinculantes que el país ha firmado con las Primeras Naciones, en los que se establecen sus derechos legales, incluidos los de pesca, caza y agricultura, así como el control sobre grandes partes de sus tierras ancestrales.
Esta preocupación frenó una petición de los independentistas el mes pasado, cuando una jueza se puso de parte de un grupo indígena y dictaminó que el referendo podría violar los derechos que les confieren los tratados.
Entonces apareció Danielle Smith.
La primera ministra de Alberta anunció que pasaría por encima de ese obstáculo legal y celebraría el referendo de todos modos; propuso un marco complejo —la elección entre permanecer en Alberta o celebrar otro referendo vinculante para separarse— como solución intermedia.
Smith, una ágil operadora que a menudo ha cambiado de rumbo en respuesta a los volubles vientos políticos, creó las condiciones para que los separatistas celebraran un referendo al rebajar el umbral de firmas necesario para convocarlo y ampliar el tiempo de que disponía un grupo para alcanzar dicho umbral.
Los líderes independentistas la han descrito como una aliada, y su jefe de gabinete es un destacado intelectual del movimiento independentista.
Y Smith ha confiado en los votos de los separatistas. Se recuperó de una crisis política anterior para dirigir el Partido Conservador Unido de Alberta con su ayuda.
Pero Smith ha empezado a trabajar estrechamente con Carney sobre las exigencias de Alberta, en particular el apoyo federal a un nuevo oleoducto para transportar el petróleo de la provincia a la costa oeste para enviarlo a los mercados asiáticos.
El mes pasado, Carney y Smith se comprometieron a construir el oleoducto, y Carney hizo concesiones en materia de normativa medioambiental. Presentaron el acuerdo como una prueba de que las relaciones entre Alberta y Ottawa habían pasado página.
“Creo que convencerá a algunas personas más de que vale la pena luchar por Canadá y de que vale la pena trabajar por ello”, declaró Smith a la prensa.
Pero la gestión del referendo por parte de Smith ha provocado frustración.
“La primera ministra no siempre escucha mis consejos”, bromeó Carney la semana pasada cuando le preguntaron por su convocatoria de un referendo.
El siguiente giro argumental podría venir de los independentistas, furiosos por no tener un voto directo a favor o en contra de la secesión. Intentan organizar una rebelión para desbancarla como líder del partido.
Rath, el abogado de Alberta, dijo que Smith fue “completamente engañosa” al suavizar el referendo, pero que su partido animaría a todo el mundo a votar a favor de celebrar un referendo al plantear la elección como un simple voto por la democracia.
“Si quieres enviarle un mensaje realmente contundente a Ottawa”, dijo en una entrevista la semana pasada, “aunque todavía estés indeciso sobre la independencia, esto es simplemente votar para votar”. c. 2026 The New York Times Company.
Por Matina Stevis-Gridneff y Amber Bracken, The New York Times.