La extrema derecha en Europa se alimenta de nostalgia y orgullo perdido
Debido a la incapacidad de la izquierda por construir la paz, se ha reportado un incremento en los votos a favor de la extrema derecha en el continente
El énfasis populista en la identidad nacional y en las amenazas a la misma, reales e imaginadas, encuentra una profunda respuesta en los votantes a la deriva en un mundo que ya no entienden.
El ascenso de un partido de extrema derecha en Alemania, Alternativa para Alemania, representa un sesgo de la historia, alimentado por su propia visión del pasado, a veces imaginaria. Se nutre, dicen los analistas, de la alienación generalizada de una Alemania liberal, multicultural y unida, comprometida con la memoria del Holocausto y los crímenes nazis.
El AFD es ahora el partido más popular a nivel nacional, según las encuestas, está cerca de gobernar un estado alemán por primera vez, y le fue bien de nuevo en dos elecciones estatales más el domingo. Se ha beneficiado del declive económico e industrial y de una sensación de inseguridad, de lo cual el partido culpa a la extensa migración de jóvenes musulmanes en la última década.
El partido quedó en primer lugar en el pequeño estado de Mecklemburgo-Pomerania Occidental, en el este de Alemania, y en un buen tercer lugar en Berlín, mientras que a la Unión Demócrata Cristiana del canciller Friedrich Merz le fue mal, en lo que él mismo llamó “un desastre”. Los resultados intensificarán los rumores de que el partido reemplazará al impopular canciller antes del final de su mandato.
El AFD ha prosperado gracias a un elemento clave que une a la mayoría de los partidos populistas, en especial a los de extrema derecha: la nostalgia por una sociedad y una nación perdidas a lo largo del tiempo, incluso si estas solo existen en recuerdos dorados o en la fantasía.
“Vivimos hoy en un mundo de fragmentación y creciente desigualdad, ya sin temas unificadores ni una narrativa unificadora”, dijo Mohamed A. El-Erian, economista de la Escuela Wharton, en la Universidad de Pensilvania.
Esa sensación de inseguridad, dicen los analistas, está llevando a muchas personas a anhelar las narrativas que sí conocen, en especial en el pasado, cuando la vida se recuerda como más simple, las estructuras familiares parecían más definidas y las naciones occidentales eran mayoritariamente cristianas y menos diversas.
En toda Europa, los líderes de extrema derecha han pintado esa idea del pasado como preferible al presente, restando importancia o descartando hechos inconvenientes, como Mussolini en Italia, la colaboración con los nazis, la ocupación soviética o las desigualdades en el Reino Unido de Margaret Thatcher.
El partido de extrema derecha de Francia, Agrupación Nacional, a la cabeza en las encuestas para las cruciales elecciones presidenciales del próximo año, ha hecho de la identidad francesa un elemento central de su ideología, lo cual incluye elogiar a héroes como Juana de Arco y restar importancia al régimen de Vichy.
Su énfasis en los valores nacionales, la asimilación y las preferencias estatales para los ciudadanos es ampliamente compartido por otros partidos de extrema derecha, incluido el Partido por la Libertad de Geert Wilders en los Países Bajos, los Demócratas de Suecia y el partido Reform UK de Nigel Farage.
Detrás de sus posturas duras sobre la restricción de la inmigración —y la deportación, o “remigración”, de inmigrantes ilegales y criminales—, estos partidos visualizan una amenaza a su cultura e identidad. Ven a la cultura nacional o incluso europea como mayoritariamente blanca y cristiana, amenazada por la globalización, el islam y la dilución del nacionalismo en instituciones como la Unión Europea.
Los líderes del movimiento estadounidense MAGA han expresado temores similares, con el vicepresidente JD Vance preocupándose por una “muerte civilizatoria”, tanto en Europa como en Estados Unidos, y argumentando que la ascendencia significa más que la adhesión a un credo nacional.
“Creo que las personas cuyos ancestros pelearon en la Guerra Civil tienen muchísimo más derecho sobre Estados Unidos que las personas que dicen” que cualquiera que no esté de acuerdo con el “liberalismo progresista” no pertenece al país, dijo el año pasado.
En su reciente libro, Communion, Vance afirma que el cambio de la “civilización cristiana occidental” al “liberalismo global laico” es el culpable del aumento de los conflictos raciales, la erosión del matrimonio tradicional y el declive en el crecimiento demográfico.
El secretario de Estado, Marco Rubio, también ha enfatizado el cristianismo como una “herencia sagrada, un vínculo inquebrantable entre el Viejo y el Nuevo Mundo”.
El anhelo de una identidad orgullosa es particularmente fuerte en la antigua Alemania Oriental, que fue esencialmente anexada en una toma de poder pacífica en 1989. A medida que el país se reunificaba, los alemanes occidentales llegaron como una nueva élite para dirigir los negocios, o cerrarlos, y hasta una cuarta parte de la población se mudó al oeste, incluyendo muchas mujeres jóvenes.
En una conversación en Weimar, en Turingia, y donde la democracia alemana colapsó ante los nazis, Anna Wenske, de 69 años, habló de la identidad de Alemania Oriental como algo perdido.
“Era más alemana”, dijo. “No un pequeño Estados Unidos, como el oeste”.
Figuras clave de la AFD como Björn Höcke han aprovechado esa persistente división, sugiriendo que los alemanes occidentales ya ni siquiera son alemanes, sino solo estadounidenses colonizados, dijo Steffen Mau, un sociólogo que nació en Alemania Oriental.
“Le dan a las personas con complejo de inferioridad la sensación de que eran mejores alemanes, y de que son auténticos, son el futuro”, dijo.
Muchos alemanes orientales sintieron que resistieron a sus ocupantes soviéticos más de lo que los alemanes occidentales resistieron a la cultura de sus ocupantes, en especial de los estadounidenses. La Alemania Oriental comunista se presentó como la heredera de la resistencia a Hitler, han dicho los historiadores, y por lo tanto no adoptó la cultura de la culpa que dominó a Occidente después de la guerra.
Para muchos jóvenes alemanes, que votan en su mayoría por la extrema izquierda o la extrema derecha, la guerra no fue su responsabilidad, y el llamado de la AFD a resaltar el logro nacional, no el crimen colectivo, es atractivo.
Así como el presidente Donald Trump ha presionado a las instituciones estadounidenses para restar importancia a la esclavitud y destacar a héroes como George Washington, la AFD quiere rehacer la educación, los museos y los medios públicos para restarle importancia a la culpa alemana y enfatizar el orgullo y la grandeza de Alemania.
“Más Bismarck, menos Hitler”, ha dicho Hans-Thomas Tillschneider, vicepresidente estatal de la AFD y portavoz de educación en Sajonia-Anhalt.
Alemania está viviendo “un psicodrama sobre su propia historia”, dijo Yascha Mounk, un politólogo germano-estadounidense. “El debate sobre el populismo de derecha trata en parte sobre qué hacer con la historia alemana”, dijo.
La AFD, dijo, quiere abandonar la dominante Erinnerungskultur, o “cultura del recuerdo”, sobre los crímenes de los nazis, por un futuro diferente y con más orgullo.
Lo que el cambio de la cultura de la memoria realmente representa, dijo Ivan Krastev, politólogo y analista, “es el fin del largo siglo XX político”. La responsabilidad por los nazis, dijo, “ya no se puede utilizar para estabilizar el sistema político de Alemania”.
En Alemania Oriental en especial, dijo, la nostalgia no es por el comunismo o por el régimen nazi. Por el contrario, el anhelo es por la gran cantidad de personas que dejaron el este y por la vida tranquila que recuerdan quienes se quedaron.
“Sienten nostalgia por el mundo que creían entender, y ahora están viviendo en un mundo que no entienden”, dijo Krastev. “El orgullo que las personas sentían por sus propias vidas no fue honrado, y las personas privadas de su orgullo se sienten fácilmente tentadas por partidos políticos que comienzan a hablar sobre el orgullo, el esplendor y la grandeza”.
Los ecos de los mismos argumentos fueron evidentes en las charlas impartidas en el Foro Ambrosetti en Italia por Jordan Bardella, el diputado de la Agrupación Nacional de Francia, y por Roberto Vannacci, un exgeneral que ha iniciado un partido político italiano, Futuro Nacional, el cual está más a la derecha que el de la primera ministra Giorgia Meloni.
Los oradores de extrema derecha estuvieron lejos de no tener oposición: los centristas en el foro económico anual los atacaron, acusándolos de inclinarse hacia el fascismo, y citaron el último discurso de François Mitterrand como presidente francés, cuando dijo que en Europa, “el nacionalismo es la guerra”.
La postura de los votantes entre estas fuerzas en competencia se pondrá a prueba con elecciones clave el próximo año en Francia, Italia, Polonia y España, todos los cuales tienen fuertes partidos de extrema derecha que intentan empujar la política en su dirección.
Occidente se ha vuelto complaciente con la democracia y “comenzó a darla por sentado”, dijo Daron Acemoglu, premio Nobel de economía y autor de ¿Qué pasó con la democracia liberal?.
El retroceso democrático y el auge de las políticas populistas están “muy impulsados por los fracasos de la democracia liberal”, dijo.
Las dos grandes líneas de ese fracaso, dijo, son la económica —con el aumento de la desigualdad y la negligencia en los esfuerzos por distribuir la riqueza— y el surgimiento de lo que dijo que eran “políticas culturales de arriba hacia abajo”, que han tratado a los votantes con menos educación y menos ventajas y sus preocupaciones con desprecio, lo que ha abierto un vacío para que los partidos de extrema derecha lo llenen.
En gran medida, lo que está ocurriendo en Alemania es un fenómeno internacional, señaló John Kampfner, un analista británico de Alemania, donde también es ciudadano. “Cada uno de estos movimientos populistas tiene sus especificidades pero siguen vías similares”, dijo.
“Una población que se siente insegura”, dijo, “que equipara la globalización y la identidad transnacional con la inseguridad, está muy abierta a este tipo de políticas identitarias desde el punto de vista nacionalista conservador”.
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Por Steven Erlanger