La primera ministra de Dinamarca que se enfrentó a Trump busca un tercer mandato

La primera ministra de Dinamarca que se enfrentó a Trump busca un tercer mandato

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Mette Frederiksen es la fuerza política más importante que Dinamarca ha visto en décadas. La crisis de Groenlandia le dio energía, pero algunos votantes ya quieren un cambio

Internacional
/ 24 marzo 2026
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Por: Jeffrey Gettleman and Maya Tekeli

Flemming Frederiksen, un tipógrafo jubilado y dirigente sindical, recuerda que hace años volvía a casa del trabajo, agotado y con ganas de descansar, solo para encontrarse a su hija en los escalones de la entrada de su casita de techo rojo, con los brazos cruzados.

“Hoy tengo cuatro preguntas para ti”, anunció la niña, que estaba en secundaria.

“¿Puedo primero entrar, quitarme la chaqueta y comerme una rebanada de pan de centeno con queso?”, preguntó.

Lo bombardeaba con preguntas sobre política. Lo presionaba para que firmara peticiones para detener la experimentación con animales y salvar a las ballenas. Solo a regañadientes aceptaba concesiones, comentó.

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Esa niña ahora es candidata a un tercer mandato como primera ministra de Dinamarca, en unas elecciones previstas para el martes.

Cuando le preguntaron si habría podido predecir esto en ese entonces, Flemming Frederiksen sonrió y dijo: “No quiero parecer arrogante, pero no me sorprende”.

Mette Frederiksen, la lideresa de Dinamarca, se ha convertido en la mayor fuerza política que este pequeño país ha visto en décadas. Cuando asumió el cargo en 2019, pasó a la historia danesa al convertirse en la primera ministra más joven. Ahora, con 48 años, si gana y termina su mandato, será la jefa de gobierno danesa que más tiempo ha ocupado el cargo desde la Segunda Guerra Mundial.

La mayoría de los daneses no la llaman primera ministra; simplemente le dicen “Mette”. Ella se ha convertido en una presencia que evoca a la célebre política británica Margaret Thatcher en Escandinavia, donde es descrita con los mismos términos que se usaban para la legendaria “dama de hierro”: “de carácter firme”, “dura”, y “una fuerza de la naturaleza”.

El presidente Donald Trump pudo ver una muestra de su determinación cuando intentó presionar a Dinamarca y apoderarse de Groenlandia, una gigantesca isla del Ártico que forma parte del reino danés desde hace más de 300 años. Frederiksen se mantuvo firme. Trump se enfadó. Por ahora, al menos, parece haber pasado a otra cosa.

Sin embargo, su dominio se ha convertido en un arma de doble filo.

Muchos votantes en este país de seis millones de habitantes le atribuyen haber protegido a Groenlandia y mantener intacto el reino. Su partido ha capitalizado esto. En una publicación reciente en redes sociales se decía: “Vivimos tiempos inciertos y Dinamarca necesita una mano firme”.

Pero algunos daneses también tienen ganas de un cambio.

“Ha hecho un muy, muy buen trabajo, pero nos estamos cansando de Mette”, dijo Lars-Peter Boel, un granjero de pollos. “Cuando habla, lo hace como una mamá, como si se sintiera superior”.

Su partido, los Socialdemócratas, es número uno en las encuestas, pero el panorama político de Dinamarca está tan fragmentado, con más de 10 partidos representados en el Parlamento, que es poco probable que los Socialdemócratas consigan más de una cuarta parte de los votos. El resultado más probable, según muchos analistas políticos, es un gobierno de coalición reestructurado con ella a la cabeza.

Otra posibilidad es una derrota sorpresiva, con Frederiksen fuera y un nuevo gobierno liderado por Troels Lund Poulsen, ministro de Defensa y jefe de uno de los partidos conservadores más fuertes de Dinamarca.

Frederiksen se ha convertido en un ejemplo de la nueva izquierda europea. Históricamente, su movimiento ha sido un partido obrero. Sin embargo, en años recientes ha virado a la derecha en materia de inmigración: Dinamarca ha impuesto algunas de las normas de asilo más estrictas de Europa. También es una firme partidaria de una política exterior dura que ha puesto a Dinamarca en el centro de los esfuerzos europeos para respaldar a Ucrania frente a las invasiones de una Rusia cada vez más codiciosa.

No obstante, últimamente Frederiksen parece estar virando de nuevo a la izquierda y adoptando un posible impuesto a la riqueza. Los críticos se preguntan si solo lo hace para quedar bien con los partidos de izquierda que obtienen buenos resultados en las encuestas y cuyos votos podría necesitar para formar una coalición. El impuesto a la riqueza, que muchos daneses llaman “el impuesto de la envidia”, ha disgustado a algunos de sus partidarios moderados y a los titanes de la industria danesa, como los directores de la naviera Maersk y de Lego.

Desde el principio, Frederiksen se ha movido por el mundo con firmeza. Su padre, quien se ofreció a hacer un pequeño recorrido por la calle en la que vivía, su antigua escuela y su antigua casa, recordó que, cuando estaba en el instituto, un cabeza rapada le dio un puñetazo en la cara por defender a los niños inmigrantes. Fue una experiencia que ella no le contó sino hasta muchos años después y que ha sido relatada en una biografía política.

“Era muy joven cuando se dio cuenta de cuál era su postura”, dijo.

Tanto él como otras personas atribuyen a su educación la formación de sus valores. Frederiksen creció en Aalborg, una ciudad obrera de la región de Jutlandia, cerca del extremo norte de Dinamarca. Las chimeneas de una fábrica de cemento oscurecen el sol. Antes había más industrias, como grandes astilleros que empleaban a miles de personas.

Hoy Aalborg late con eficiencia escandinava. Los padres llevan a sus hijos a la escuela en carriles especiales para bicicleta. No hay basura en las calles. Una reluciente piscina pública ofrece un baño helado y varias saunas. En una visita de dos días, no escuchamos que una sola persona levantara la voz o tocara la bocina.

Maiken Hedegaard Brondum, consultora de recursos humanos en Aalborg, dijo que se inclina políticamente a la izquierda, pero que no le gusta el partido de Frederiksen por su postura cada vez más dura respecto a los inmigrantes.

“Son demasiado estrictos con la inmigración”, dijo Brondum. “Tenemos que ayudar a la gente que lo necesita”.

Brondum, de 48 años, conoció a Frederiksen cuando tenían 6 años. De niñas, tuvieron una pequeña “agencia de detectives” y más tarde un club medioambiental de aficionados. Aunque siguieron muy unidas en la adolescencia, la creciente atención de Frederiksen por la política acabó por llevarlas en direcciones distintas, y hoy Brondum ya no siente que coincida políticamente con su amiga de la infancia.

“Los Socialdemócratas están demasiado a la derecha para mí”, dijo. “Pero aun así espero que gane. Simplemente porque no veo al otro bando haciendo nada con lo que yo esté de acuerdo”.

La otra noche, Frederiksen regresó a Aalborg para asistir a un evento de campaña en una preparatoria. Vestía de manera informal y cómoda con jeans, un suéter verde y zapatos dorados puntiagudos. Subió al escenario y se sentó entre un periodista y un ex primer ministro. Era la única mujer en el escenario, una posición ya conocida.

Habló de una posible prohibición de las redes sociales para los niños y de los peligros de pasar demasiado tiempo frente a una pantalla. Habló de un tema local candente: los nitratos de los fertilizantes que se filtran en el suministro de agua.

Lamentó los desafíos ideológicos de liderar una coalición de múltiples cabezas y cómo los compromisos necesarios para mantener unido al gobierno inevitablemente diluían algunas de las políticas más contundentes de su partido.

Pero fue cuando el tema pasó a la geopolítica cuando sus ojos se iluminaron de verdad.

“Esta es la décima campaña electoral en la que participo”, dijo al público. “En todos esos años, nunca me había pasado que los asuntos mundiales y la política exterior llenaran tantas de mis conversaciones con los daneses”.

Tras los aplausos, bajó del escenario, abrazó a algunos viejos amigos, posó para algunas selfis y firmó la pierna de los jeans de un joven admirador.

Incluso concedió una rápida entrevista mientras el público se retiraba, dejando el auditorio grande y vacío. Eran casi las 10:00 p. m.

Cuando le preguntaron cómo se sentía respecto a que Trump hubiera retrocedido en el tema de Groenlandia, ella respondió: “Me siento mejor”.

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“En este momento estamos muy contentos de haber logrado llevar esta discusión a una atmósfera política diplomática más tradicional”, comentó.

Se refería a las negociaciones en las que participan la Casa Blanca, Dinamarca y Groenlandia, y pronunció una frase que podría haber salido del propio Trump.

“Con suerte, podremos llegar a un acuerdo”, dijo.

Luego salió al aire fresco de la noche, subió a una elegante camioneta y se alejó a toda velocidad.

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