¿México, Colombia o Groenlandia? Trump ofrece pistas sobre su siguiente acto
Envalentonado por la rápida captura del venezolano Nicolás Maduro, el presidente estadounidense deja ver hacia donde podría apuntar a continuación.
Por: David E. Sanger
A más de 48 horas después de derrocar al líder de Venezuela y afirmar el derecho de Estados Unidos sobre el petróleo del país, el presidente Trump amenazó a Colombia con un destino similar, declaró que no merecía la pena invadir Cuba porque “está lista para caer” y volvió a afirmar que Groenlandia debía quedar bajo control estadounidense como una cuestión de seguridad nacional.
Las afirmaciones de Trump, en entrevistas concedidas el domingo y en un prolongado intercambio con periodistas a bordo del Air Force One cuando regresaba de su club privado en Florida, dejaron entrever lo envalentonado que se sentía tras la rápida captura de Nicolás Maduro, el hombre fuerte a quien se detuvo acusado de narcotráfico.
TE PUEDE INTERESAR: Un golpe catastrófico: Anticipan caída en la producción petrolera de Venezuela
“Estamos al mando” de Venezuela, afirmó Trump, mientras describía sus planes de insuflar nueva vida a la Doctrina Monroe, la declaración fundacional de 1823 de las pretensiones estadounidenses sobre el hemisferio occidental.
O, más concretamente, invocó una actualización más reciente a la que se refiere, característicamente, en honor a sí mismo: la “doctrina Donroe”.
Trump nunca describió su filosofía en detalle, ni si se aplicaba más allá del ataque del sábado en Caracas. Pero sin duda sugirió que podría utilizar las fuerzas reunidas en el Caribe para nuevos fines, esta vez dirigidos contra Colombia y su presidente, Gustavo Petro.
El país, afirmó, estaba “dirigido por un hombre enfermo a quien le gusta fabricar cocaína y venderla a Estados Unidos”.
“No va a seguir haciéndolo durante mucho tiempo”, dijo Trump a los periodistas en el Air Force One. “Tiene molinos de cocaína y fábricas de cocaína. No va a seguir haciéndolo”. Al preguntársele si Estados Unidos llevaría a cabo una operación contra Colombia, el presidente dijo: “Me parece bien”.
Puede que haya sido una amenaza vacía, un intento de utilizar la rápida precisión con la que se secuestró a Maduro de su dormitorio bien protegido para someter a Petro. Pero el núcleo del argumento de Trump era sobre el poder estadounidense, y lo que la operación de Maduro decía sobre su disposición a utilizarlo.
“El dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a cuestionarse”, dijo Trump a los periodistas al anunciar el ataque a Venezuela desde Mar-a-Lago, su club privado de Florida.
Trump habla con declaraciones contundentes, razón por la cual su secretario de Estado, Marco Rubio, pasó gran parte del domingo retractándose suavemente de la declaración de su jefe —que había repetido varias veces— de que Estados Unidos planeaba “dirigir” Venezuela en el futuro inmediato. Pero una postura más matizada sobre el papel de Estados Unidos en el hemisferio occidental se describe en la página 15 de la reciente Estrategia de Seguridad Nacional del gobierno de Trump, un documento que parece haber sido redactado teniendo en mente este momento del aventurerismo territorial estadounidense.
Una lectura atenta podría apuntar a lo que Trump está pensando más allá de Venezuela: desde Colombia a México, pasando por Cuba y Groenlandia, el territorio cubierto de hielo que Trump volvió a afirmar durante el fin de semana que debe quedar bajo alguna forma de control estadounidense.
“La Doctrina Monroe es algo importante”, dijo Trump, quien conserva un retrato pensativo del quinto presidente estadounidense cerca de su escritorio en el Despacho Oval, encajado entre Alexander Hamilton y Andrew Jackson. “Pero la hemos superado con creces, muchísimo”.
Parecía referirse a lo que la Estrategia de Seguridad Nacional denominó el “Corolario Trump” de la famosa declaración de Monroe que pretendía impedir que las potencias europeas se entrometieran en América.
El Corolario Trump afirma el derecho de Estados Unidos a “restaurar la preeminencia estadounidense en el Hemisferio Occidental” y a negar a los “competidores no hemisféricos” —a saber, China— “la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazadoras, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales”.
Esa última frase, sobre tomar el mando de “activos estratégicamente vitales”, tiene ecos de la explicación de Trump de por qué Estados Unidos reclama derechos sobre las vastas reservas de petróleo de Venezuela, las mayores del mundo. Se refirió al petróleo unas 20 veces en sus declaraciones del sábado, hablando de la necesidad de reconstruir instalaciones descuidadas durante mucho tiempo, controlar la producción y proporcionar soluciones a las empresas estadounidenses, porque los dirigentes de Venezuela “robaron nuestro petróleo”.
“Nosotros construimos toda esa industria allí, y ellos se apoderaron de ella como si no fuéramos nada”, dijo Trump refiriéndose al sector petrolero.
“Y tuvimos un presidente que decidió no hacer nada al respecto”, añadió Trump, pareciendo referirse a su predecesor, Joseph R. Biden Jr. “Así que hicimos algo al respecto. Llegamos tarde, pero hicimos algo al respecto”.
Como dijo Richard Haass, presidente emérito del Consejo de Relaciones Exteriores y exfuncionario de seguridad nacional y del departamento de Estado: “Ésta es la esencia sin ambages de la doctrina Trump”.
Se queda muy lejos de una estrategia global. Trump no ha dicho si, en caso de reclamar el hemisferio occidental, China es libre de hacer lo mismo en Asia. Pero al declarar el hemisferio vedado a los extranjeros que busquen sus riquezas petrolíferas, Trump pretende garantizar que solo las empresas estadounidenses —algunas propiedad de sus partidarios o gestionadas por ellos— podrán explotar las vastas reservas de Venezuela. (Sí dijo, en respuesta a la pregunta de un periodista, que esperaba seguir vendiendo petróleo venezolano a China, que importa entre la mitad y tres cuartas partes de la escasa producción del país).
La intensa insistencia de Trump en utilizar el derrocamiento de Maduro para reclamar la soberanía de Estados Unidos sobre la reserva de petróleo era previsible en una presidencia basada en transacciones. Pero también fue revelador porque ni una sola vez habló de promover y restaurar la democracia en Venezuela como objetivo estadounidense, a pesar de que el país tenía una tradición de prácticas democráticas de décadas y elecciones celebradas libremente, hasta que Hugo Chávez tomó el poder en 1999.
Esa omisión no fue ninguna sorpresa: aunque la promoción de la democracia fue un elemento básico de las estrategias de seguridad nacional de los presidentes demócratas y republicanos, incluso durante el primer mandato de Trump, estuvo ausente en gran medida del documento de noviembre de la Casa Blanca.
Y mientras Trump reflexionaba sobre un gobierno posterior a Maduro, llamó la atención que no pidiera la investidura de Edmundo González como presidente, pese a que Estados Unidos, y otras naciones, lo reconocieran como legítimo vencedor de las elecciones de 2024 que Maduro afirmó falsamente haber ganado. González, que ahora tiene 76 años, era el candidato presidencial suplente de la líder opositora más popular, María Corina Machado, a quien se le prohibió participar.
“La omisión causa un problema inmediato para la legitimidad política del gobierno venezolano”, dijo el fin de semana Richard Fontaine, director ejecutivo del Centro para una Nueva Seguridad Estadounidense y ex asesor del senador John McCain. “Muchos posibles partidarios de la operación estadounidense esperaban la libertad, no solo un enfoque diferente sobre las drogas y el petróleo”.
Pero, añadió, “la restauración de la democracia en Venezuela no está obviamente entre ellos”.
Trump parece perfectamente dispuesto a tratar con los restos del gobierno de Maduro, siempre que sigan sus órdenes y le den acceso al petróleo, así como una compensación por nacionalizar los activos de las empresas estadounidenses. Se trata de una misión de construcción nacional muy distinta de las que, por ejemplo, llevó a cabo George W. Bush en Afganistán e Irak. Bush afirmaba, al menos, que estaba creando modelos de democracia en Medio Oriente. Trump no reclama más que derechos transaccionales sobre las riquezas subterráneas de Venezuela.
Aunque Trump y sus aliados están ansiosos por revitalizar la Doctrina Monroe, su intención hace dos siglos era muy distinta de la situación a la que se enfrenta hoy Estados Unidos.
Cuando Monroe, amigo y vecino de Thomas Jefferson, declaró la doctrina original, Estados Unidos era una nación de unos 10 millones de habitantes. Su armada se limitaba a unas pocas decenas de barcos, tripulados por unos 3500 marineros y 500 oficiales, aproximadamente una quinta parte del tamaño de la fuerza que el Pentágono concentró frente a las costas de Venezuela para derrocar a Maduro.
Además, el contexto era totalmente distinto. Los países latinoamericanos se estaban sacudiendo de encima a sus lejanos amos, España y Portugal. A Monroe y a sus aliados políticos les preocupaba que las potencias europeas trataran de convertirlos de nuevo en colonias. Así que la declaración fue un esfuerzo por bloquear esa vía de influencia. Pero había motivos para dudar de que Monroe, o sus sucesores, John Quincy Adams, Andrew Jackson y Martin Van Buren, pudieran impedirlo, apenas 35 años después de la ratificación de la Constitución.
No está claro cuánto de esta historia le resulta familiar a Trump. Pero al revivir la Doctrina Monroe el sábado, dijo: “En cierto modo nos olvidamos de ella. Era muy importante, pero nos olvidamos de ella. Ya no nos olvidamos de ella con nuestra nueva Estrategia de Seguridad Nacional. El dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a cuestionarse”.
Es de suponer que Trump estaba pensando en China y Rusia. Esos son, sin duda, los dos países que tiene en mente cuando renueva sus llamamientos para que Groenlandia quede bajo dominio estadounidense, un tema que planteó en Mar-a-Lago durante una conferencia de prensa hace casi exactamente un año, y sobre el que luego guardó silencio durante meses. (También ha dejado de hablar de tomar el control del Canal de Panamá y de convertir a Canadá en el 51º Estado).
Pero la lógica de este último fin de semana sugiere que Trump cree ahora que tiene vía libre para reclamar unos recursos sin los que, en su opinión, Estados Unidos no puede vivir. Ya está estableciendo un argumento paralelo para Groenlandia, que puede —o no— tener importantes tierras raras recuperables.
“Necesitamos Groenlandia desde el punto de vista de la seguridad nacional”, dijo Trump a los periodistas en el Air Force One el domingo por la noche. “Groenlandia está cubierta de barcos rusos y chinos por todas partes”.
“Dinamarca no va a poder hacerlo”, añadió. Dijo que para reforzar la seguridad de Groenlandia, “añadió un trineo tirado por perros”.
La primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, se mostró claramente agitada a primera hora del día por el renovado interés de Trump en el vasto, aunque congelado, territorio.
“No tiene ningún sentido hablar de la necesidad de Estados Unidos de apoderarse de Groenlandia”, escribió Frederiksen en las redes sociales. “Estados Unidos no tiene derecho a anexarse ninguno de los tres países del reino de Dinamarca”.
TE PUEDE INTERESAR: Con Venezuela, Trump abre una nueva era de riesgo para Estados Unidos
Trump no tendría la fácil pretensión de ir por Groenlandia, a la que tuvo en el caso de Venezuela. Y no está claro que las ganancias económicas merecieran la ruptura con un aliado de la OTAN, en parte porque explotar esos recursos sería tremendamente caro.
Pero también lo será restaurar el sistema petrolero de Venezuela.
“La infraestructura está podrida, oxidada”, dijo Trump a los periodistas en el Air Force One el domingo por la noche.
Sin embargo, a pesar de la constante búsqueda de Trump de un buen acuerdo, las desalentadoras etiquetas de precio no parecen importarle mucho. Venezuela, Groenlandia, Gaza, quizá Canadá: son legados que, con el tiempo, se amortizarán, según él.
Mientras tanto, parece estar jugando un poco a llegar más lejos que James Monroe.
c. 2026 The New York Times Company