Trump pretende abolir las reservas atómicas de Irán, un problema que él ayudó a crear

Trump pretende abolir las reservas atómicas de Irán, un problema que él ayudó a crear

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El presidente Trump se retiró del acuerdo nuclear de la era Obama en 2018, pero Irán respondió con una oleada de enriquecimiento que tensa las negociaciones actuales

Internacional
/ 27 abril 2026
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Por: William J. Broad and David E. Sanger

Mientras el presidente Donald Trump lucha por negociar o intimidar para salir de la guerra que inició con Irán, se enfrenta al complicado legado de su decisión, hace ocho años, de cancelar lo que ha calificado de “horrible acuerdo unilateral”.

Aquel acuerdo de la era de Barack Obama adolecía de defectos y omisiones. Habría expirado al cabo de 15 años, lo cual dejaría a Irán libre para fabricar todo el combustible nuclear que quisiera después de 2030. Pero una vez que Trump se retiró del acuerdo en 2018, los iraníes aceleraron el enriquecimiento mucho antes, con lo que se acercaron más que nunca a una bomba atómica.

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Ahora, los negociadores de Trump lidian con las consecuencias de esa decisión, que tomó a pesar de las objeciones de muchos de sus asesores de seguridad nacional de aquel entonces. Para subrayar los desafíos, el sábado Trump suspendió abruptamente una ronda de conversaciones nucleares con Irán en Pakistán.

Últimamente, gran parte de la atención se ha enfocado en la media tonelada de uranio iraní enriquecido a un nivel ligeramente inferior al que se suele utilizar en las bombas atómicas. Se cree que la mayor parte está enterrada en un complejo de túneles que Trump bombardeó el pasado junio. Pero esos 440 kilos de combustible potencial para bombas representan solo una pequeña fracción del problema.

En la actualidad, según los inspectores internacionales, Irán posee un total de 10 toneladas de uranio, con distintos niveles de enriquecimiento. Si se les purifica más, es suficiente para construir hasta 100 armas nucleares, más que el tamaño estimado del arsenal de Israel.

Prácticamente todo ese alijo se acumuló en los años posteriores a que Trump abandonara el acuerdo de la era Obama. Ello se debe a que Teherán cumplió su promesa de enviar a Rusia 11 toneladas de su reserva total, alrededor del 97 por ciento. Los diseñadores de armas de Irán se quedaron con muy poco combustible nuclear para construir una sola bomba.

Ahora, igualar o superar ese logro diplomático es uno de los retos más complejos a los que se enfrentan Trump y sus dos principales negociadores, su yerno Jared Kushner y su enviado especial, Steve Witkoff, cuyo viaje previsto a Pakistán para otra sesión de negociaciones fue cancelado en el último minuto por Trump. En el centro de las negociaciones está la exigencia estadounidense de que Irán detenga el enriquecimiento y entregue las reservas de combustible que ha acumulado en los últimos ocho años; Irán se resiste en ambos frentes.

Trump es plenamente consciente de que cualquier acuerdo que logre negociar con los iraníes se comparará con lo que Obama consiguió hace más de una década. Aunque ambos países siguen intercambiando propuestas, y bien podrían quedarse con las manos vacías, Trump ya considera que su propio acuerdo, aún por negociar, es superior.

“El ACUERDO que estamos haciendo con Irán será MUCHO MEJOR”, escribió Trump en sus redes sociales el lunes. El acuerdo de la era Obama “era un camino garantizado hacia un arma nuclear, lo que no sucederá, ni puede suceder, con el acuerdo en el que estamos trabajando”.

Dados los objetivos a menudo cambiantes de Trump en el conflicto con Irán, Kushner y Witkoff se enfrentan a una abrumadora lista de temas de negociación, muchos de los cuales el equipo de Obama no abordó. Tienen que encontrar la manera de limitar la capacidad de Irán para reconstruir su arsenal de misiles. (El acuerdo de 2015 nunca abordó la capacidad de Irán en materia de misiles, y Teherán ignoró una resolución de las Naciones Unidas que imponía límites).

Tienen que encontrar la manera de cumplir el mandato de Trump de proteger a los manifestantes contrarios al régimen, a quienes Trump prometió ayudar en enero cuando salieron a la calle. De hecho, dichas protestas fueron uno de los detonantes de la escalada militar estadounidense que, en última instancia, condujo al ataque del 28 de febrero.

Y deben negociar la reapertura del estrecho de Ormuz, que los iraníes cerraron tras los ataques estadounidense-israelíes, una medida para la que Trump claramente no estaba preparado. Ahora Irán ha descubierto que unas pocas minas baratas y las amenazas a las embarcaciones le han dado una enorme influencia sobre la economía mundial, una presión que puede aumentar o disminuir de formas que las armas nucleares no pueden.

Pero el destino del programa atómico es el eje central de las negociaciones. Al igual que en las conversaciones de 2015, los iraníes declaran que tienen un “derecho” a enriquecer en virtud del Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares, al que se niegan a renunciar. Sin embargo, esto aún deja margen para la “suspensión” de todos los esfuerzos nucleares durante un cierto número de años. (El vicepresidente JD Vance exigió 20 años cuando se reunió con sus interlocutores pakistaníes hace dos semanas, solo para que Trump declarara unos días después que el periodo adecuado era “ilimitado”).

William Burns, el exjefe de la CIA que desempeñó un papel principal en las negociaciones de la era Obama, dijo el viernes en The New York Times que un buen acuerdo requeriría “inspecciones nucleares estrictas, una moratoria ampliada sobre el enriquecimiento de uranio y la exportación o dilución de las reservas existentes de uranio enriquecido de Teherán a cambio de un alivio tangible de las sanciones”.

También pidió que el gobierno de Trump delimitara cada término. “A menos que las líneas se tracen con claridad y se controlen estrictamente”, dijo Burns, “los iraníes pintarán fuera de ellas”.

Eso es exactamente lo que ocurrió cuando Trump abandonó el acuerdo de Obama en 2018 y no lo reemplazó con nada. En aquel momento, Irán no poseía ni una sola reserva de uranio suficiente para fabricar una bomba. Después, comenzó a enriquecer uranio sin control.

En la guerra actual, Trump ha hablado públicamente de una posible redada para confiscar la media tonelada de material iraní casi apto para bombas, con el que se podrían fabricar unas 10 armas. Pero no ha hablado de la reserva total de 10 toneladas ni de la amenaza que supone para Estados Unidos y sus aliados.

No se trata de un problema nuevo. En 2006, Irán empezó a enriquecer uranio a escala industrial. Aunque describió sus objetivos como pacíficos y de naturaleza civil, sus agresivas medidas convencieron a los expertos de que Teherán quería construir una bomba.

Las alarmas sonaron con más fuerza en 2010, cuando Irán empezó a enriquecer uranio al 20 por ciento. Ese nivel de pureza marca la línea divisoria oficial entre usos civiles y militares. Irán dijo que quería ese combustible al 20 por ciento para un reactor de investigación de la Universidad de Teherán.

El enriquecimiento al 20 por ciento alarmó al gobierno de Obama. Puso a los iraníes en el camino hacia el combustible de 90 por ciento utilizado para fabricar una cabeza nuclear lo suficientemente ligera y compacta como para caber en un misil. (Es posible fabricar un arma con combustible al 20 por ciento, pero sería tan grande y pesada que se necesitaría un camión, un barco o un avión para transportarla).

En el pacto de la era Obama, se prohibía a los iraníes enriquecer combustible hasta un nivel de pureza superior al 3,67 por ciento, que es suficiente para alimentar reactores nucleares con fines civiles. El arsenal total del país se limitaba a unos 300 kilos. Se suponía que las restricciones se mantendrían durante 15 años, hasta 2030. Pero se permitió a los iraníes continuar con el enriquecimiento de bajo nivel, y construyeron centrifugadoras más eficientes.

Esta laguna jurídica los preparó para lo que ocurrió después de que Trump anulara el acuerdo tres años más tarde y volviera a imponer sanciones económicas. Los iraníes respondieron sobrepasando todos esos límites.

A principios de 2021, justo antes de que Trump dejara el cargo, Irán reinstauró su objetivo de elevar el nivel de enriquecimiento al 20 por ciento.

Entonces, una misteriosa explosión dejó sin electricidad a Natanz, el principal complejo de enriquecimiento de Irán. Las autoridades iraníes lo atribuyeron a un sabotaje israelí y tomaron represalias al elevar parte de sus reservas al nivel del 60 por ciento, el mayor salto en la historia de su programa de enriquecimiento. Esto los dejó a un paso del máximo grado militar.

Desde principios de 2021 hasta principios de 2025, el gobierno de Joe Biden intentó, sin éxito, negociar nuevos límites. Durante las negociaciones, Irán siguió enriqueciendo y amplió su reserva de combustible al 60 por ciento.

Después, en junio de 2025, Trump bombardeó las plantas de enriquecimiento de Irán en Natanz y Fordo, así como los túneles de almacenamiento de uranio y otras instalaciones en Isfahán. Declaró que el programa nuclear había sido “eliminado”.

Oficialmente, el gobierno estadounidense se mostró más circunspecto y afirmó que el programa había sufrido un “retroceso”. Pero si la “operación Martillo de Medianoche” realmente paralizó gran parte de la infraestructura atómica iraní, el gobierno de Trump dijo poco o nada sobre la supervivencia de las reservas de uranio enriquecido de Irán, que el Organismo Internacional de Energía Atómica ha estimado en 9,8 toneladas, con niveles de pureza que oscilan entre el 2 y el 60 por ciento.

Uno de los pocos funcionarios que sí habló del tema fue Witkoff, quien calificó la reserva de “un paso hacia la fabricación de armas: es la única razón para tenerlo”. Irán, añadió, podría convertir su combustible más enriquecido en unas tres decenas de bombas.

Aunque el debate público se ha enfocado en si un equipo de comandos estadounidense podría recuperar la media tonelada de uranio enriquecido al 60 por ciento de Irán, los expertos nucleares afirman que Teherán podría convertir las 10 toneladas completas en combustible para bombas, si logra activar nuevas centrifugadoras, probablemente subterráneas, para aumentar sus niveles de enriquecimiento.

Edwin Lyman, experto nuclear de la Unión de Científicos Conscientes, dijo que la reserva iraní podría producir entre 35 y 55 armas, dependiendo de su habilidad para fabricar no solo el núcleo de combustible de la bomba, sino también piezas no nucleares como los detonadores que desencadenan las reacciones en cadena.

Thomas Cochran, un experto en armas nucleares que escribió un influyente estudio sobre los niveles de enriquecimiento, llegó a la conclusión de que el arsenal de Irán era suficiente para fabricar entre 50 y 100 bombas si se enriquecía aún más.

Para Estados Unidos, la ubicación de la reserva de 10 toneladas es una gran incertidumbre. Para Irán, es una herramienta de presión política.

“Sí, muchos de sus principales científicos han muerto”, dijo Gary Samore, quien asesoró a la Casa Blanca de Obama sobre el programa nuclear iraní. “Pero aún tienen la capacidad industrial básica para producir armas nucleares si deciden hacerlo”.

Irán tiene otra carta en el juego nuclear: la incertidumbre sobre la ubicación exacta de un nuevo complejo de enriquecimiento que Teherán estaba a punto de declarar en vísperas de la guerra de 12 días con Israel el pasado junio. El Organismo Internacional de Energía Atómica informó que una reunión informativa fijada para el 13 de junio de 2025 fue “cancelada debido al inicio de los ataques militares ese día”.

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Los analistas ahora creen que Irán podría haber instalado la planta en el laberinto de túneles montañosos que colindan con su extenso polígono industrial de Isfahán. Es cerca de donde se cree que Teherán almacena la mayor parte de sus reservas de uranio, lo que plantea la posibilidad de que Irán albergue un emplazamiento industrial profundamente enterrado que podría llevar a cabo nuevas rondas de enriquecimiento de combustible.

“No podemos bombardear sus conocimientos”, dijo Matthew Bunn, especialista nuclear de Harvard. Y dado que una planta para enriquecer uranio puede ser “comparable en tamaño a una tienda de comestibles”, añadió, el terreno montañoso de Irán ofrece muchos lugares para ocultar un esfuerzo clandestino de fabricación de bombas.

c. 2026 The New York Times Company

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