‘Esto es un nido de serpientes’: mujeres y niñas son blanco de la guerra del narco en Sinaloa
El año pasado, 105 mujeres fueron asesinadas en Sinaloa, la cifra más alta en 14 años y casi el doble del total del año anterior, mientras que otras 299 desaparecieron
CIUDAD DE MÉXICO- Ha pasado casi un año desde que su hermana menor, Cecilia, desapareció, y Nadia Berrelleza casi no duerme.
Pasa las noches en busca de pistas, reconstruyendo los últimos movimientos de Cecilia y analizando mensajes, fotografías y videos que aseguran revelar su destino.
Una imagen que recibió mostraba a una joven con cabello negro, largo y rizado, igual que el de Cecilia, arrodillada, con los ojos vendados, con las manos atadas y rodeada de hombres armados. Los investigadores dijeron que la imagen fue generada por inteligencia artificial. Otro video enviado por Facebook mostraba a una mujer siendo agredida sexualmente. El remitente exigía una recompensa.
“Conozco su cara perfectamente, nunca hubiera creído que era ella”, dijo Berrelleza. “Pero es horrible ver eso como quiera”.
Cecilia Berrelleza, de 31 años, desapareció en julio de 2025 después de salir a comer con unas amigas en Mazatlán, una ciudad costera del estado mexicano de Sinaloa. Desde entonces, Nadia ha recurrido a las autoridades y a la población; en su desesperación, incluso ha ofrecido su coche como recompensa por el regreso de Cecilia. La atención, dijo, ha atraído una oleada de pistas, pero también a oportunistas que intentan extorsionarla con afirmaciones falsas sobre el paradero de su hermana.
Su desaparición es parte de una ola de violencia que ha convertido al estado de Sinaloa en el más peligroso del país para las mujeres. También coincide con una guerra entre dos facciones del Cártel de Sinaloa que ha deteriorado la seguridad y generado miedo en el estado durante dos años. Los enfrentamientos se han vuelto tan generalizados que los límites entre la violencia doméstica, la violencia de género y las represalias del cártel a menudo se traslapan.
El año pasado, 105 mujeres fueron asesinadas en Sinaloa, la cifra más alta en 14 años y casi el doble del total del año anterior, mientras que otras 299 desaparecieron. Setenta y tres de esos asesinatos fueron investigados como feminicidios, el término que se usa para los asesinatos por razones de género. Hasta julio, Sinaloa encabezaba nuevamente las cifras de asesinatos de mujeres en el país, mientras que 153 mujeres han desaparecido.
En todo el estado, las mujeres son asesinadas por sus maridos o sus parejas dentro de sus hogares. Las niñas son acribilladas intencionalmente a plena luz del día o quedan atrapadas en el fuego cruzado mientras sicarios de facciones rivales libran una guerra. Algunas desaparecen. Otras son secuestradas, torturadas y halladas en fosas clandestinas, o nunca se les encuentra.
La mayoría de estas muertes y desapariciones siguen sin resolverse, ya que los investigadores, desbordados por la guerra al narcotráfico, luchan por seguir el ritmo, dicen los expertos. Lydia Ojeda, investigadora de la Universidad Autónoma de Sinaloa que estudia los feminicidios, encontró en un análisis que solo el 8 por ciento de todos los casos de feminicidio de 2015 a 2026 resultaron en una condena.
Esa cifra refleja una crisis más amplia en México, donde aproximadamente el 95 por ciento de los delitos violentos, incluidos los homicidios, quedan sin resolver, según grupos de investigación.
Esta impunidad a menudo empuja a los familiares a convertirse ellos mismos en investigadores, detectives y grupos de búsqueda, lo que puede ser un trabajo peligroso.
Una vez, después de recibir un aviso que decía que Cecilia estaba siendo obligada a trabajar para el cártel, Berrelleza dijo que había conducido hasta un rancho a las afueras de Mazatlán disfrazada de hombre, solo para encontrarse rodeada de vigías armados en motocicletas. Se fue de inmediato.
En otra ocasión, después de enterarse de que su hermana estaba retenida en una casa de seguridad en el centro de Culiacán, Berrelleza dijo que se había disfrazado de indigente y empujado un carrito mientras fingía hablar sola para investigar la casa. Más tarde, la policía allanó el lugar y encontró armas y drogas, pero ni rastro de Cecilia, dijo Berrelleza.
“Este es un nido de serpientes”, dijo. “Son menos los buenos que los malos, y los buenos y las autoridades tienen miedo. Estamos solos, no hay nadie que nos pueda ayudar”.
Berrelleza ha elaborado una teoría de lo que le pasó a su hermana.
El día de su desaparición, Cecilia fue a comer con tres amigas. Luego, una de ellas llevó al grupo a la casa de su novio, según Berrelleza, donde las cámaras de la calle grabaron a Cecilia y a otra de las amigas mientras eran esposadas y se las llevaban en un auto.
Nadia Berrelleza dijo que cree que la mujer que llevó a Cecilia trabajaba para una de las facciones del Cártel de Sinaloa. Cree que la mujer reclutaba a mujeres jóvenes con promesas de lujos, viajes y dinero antes de entregar a algunas de ellas a miembros del cártel para ser explotadas sexualmente. Pero la mujer no está siendo investigada como sospechosa. Según el expediente del caso, ella afirma que también fue secuestrada y liberada después de tres días.
La policía local y la fiscalía general de Sinaloa declinaron hacer comentarios sobre el caso.
Las circunstancias en torno a la desaparición de Cecilia siguen sin estar claras. Pero el relato de su hermana muestra cómo las mujeres son cada vez más arrastradas al mundo criminal del cártel como reclutadoras, mensajeras o cómplices, al tiempo que se convierten en blancos, lo que a veces desdibuja la línea entre víctima y perpetrador.
Investigadores y defensores de los derechos de las mujeres afirman que la crisis de seguridad más amplia de México ha provocado que la violencia contra las mujeres descienda en la lista de prioridades del Estado, lo que crea más oportunidades para que los perpetradores actúen con mayor impunidad y les da a las víctimas menos lugares a los que acudir.
“Es la tormenta perfecta que convierte a las mujeres en presa perfecta”, dijo Ojeda. “Ya sea que su agresor sea un narco, o su exesposo, las condiciones siempre son las mismas: impunidad, negligencia institucional y una sociedad envuelta en violencia”.
Entrevisté a Ojeda el mes pasado en Culiacán, la capital de Sinaloa. Exactamente al mismo tiempo, un hombre armado se acercó a una joven de 23 años que estaba sentada afuera de una florería al otro lado de la ciudad y le disparó en la cabeza.
Episodios similares ocurren de forma rutinaria en toda la ciudad.
En marzo de 2025, Vivian Karely Aispuro, de 26 años, fue a una fiesta con su hermana y sus amigas. Nunca llegó a casa. Diecisiete días después, el cuerpo de Vivian fue hallado en un camino de tierra en Culiacán.
Sus familiares dicen que creen que una conocida la drogó y la llevó a la casa del exnovio de Vivian, quien ha sido acusado de su asesinato. Los fiscales dicen que la golpeó en la cara con un tarro de cerveza y dejó que se desangrara hasta morir.
Su familia dice que las autoridades nunca investigaron a la mujer como posible cómplice, a pesar de que le dijeron a la policía que la mujer les había devuelto la ropa de Vivian recién lavada días después de su desaparición, y había afirmado que Vivian había insistido en ver a su exnovio, a pesar de haber terminado la relación meses atrás.
La fiscalía general en Culiacán declinó hacer comentarios.
La hermana de Vivian, Alma Daniela, dijo que su hermana se había transformado poco a poco durante el noviazgo con su asesino, un hombre que también estaba acusado de matar a una mujer en Las Vegas. Vivian se volvió retraída, ansiosa e insegura sobre su apariencia; se sometió a procedimientos estéticos, casi no comía y vivía con miedo constante.
“Ella cambió mucho durante la relación con él”, dijo Alma Daniela. “Las cosas que antes le gustaban de ella y de su cuerpo, después las comenzó a odiar”.
En la sangrienta guerra de los cárteles que ha cobrado más de 4000 vidas en Sinaloa, las mujeres se han convertido en activos y en blancos estratégicos.
En entrevistas con cuatro miembros del Cártel de Sinaloa —tres hombres y una mujer— de las facciones enfrentadas, revelaron algunas razones detrás del aumento en los homicidios y desapariciones de mujeres. Hablaron bajo condición de anonimato debido a la naturaleza ilegal de sus actividades y describieron una organización consumida por la sospecha mientras se enfrentaba a una ofensiva gubernamental intensificada.
En ese escenario, dijeron, las mujeres se han convertido en blancos por lo que saben.
Las relaciones con sus novios, esposos, hermanos, jefes y amigos les han dado desde hace tiempo acceso a la información más delicada de los cárteles: dónde se esconden los operadores de alto rango, qué casas de seguridad utilizan, dónde se almacenan las armas y las drogas, y cómo se lava el dinero, dijo un operador de alto rango.
Ahora, dijeron los cuatro operadores, las mujeres en Sinaloa son secuestradas cada vez con mayor frecuencia bajo la sospecha de que compartieron esa información con las autoridades o con facciones rivales. Otras son atacadas porque salieron con el hombre equivocado, siguieron siendo amigas de la novia de un traficante sospechoso o incluso porque rechazaron las insinuaciones románticas de un miembro del cártel, dijeron los operadores.
A principios de este año, Nemesio Oseguera Cervantes, líder de un cártel rival llamado Cártel Jalisco Nueva Generación, fue encontrado luego de que oficiales de inteligencia siguieran a su amante hasta su escondite. Murió en un enfrentamiento armado con las fuerzas de seguridad mexicanas.
Antes de la guerra de los cárteles, las mujeres en las organizaciones delictivas principalmente lavaban dinero, llevaban mensajes o custodiaban drogas y armas. Pero a medida que cientos de hombres armados han muerto o han sido arrestados, las mujeres ahora ocupan puestos que antes estaban reservados para los hombres. Ahora organizan secuestros, supervisan interrogatorios y en ocasiones ellas mismas ejecutan los homicidios, según dos operadores del cártel, incluida una mujer de 40 años que distribuye el pago de la nómina a los operadores del cártel en Culiacán.
Las facciones rivales también secuestran, matan o desaparecen a las esposas, novias, hermanas y madres de sus enemigos como represalia o para enviar un mensaje, dijo la operadora. A otras mujeres, añadió, las matan solo porque vieron o escucharon algo.
Antes de la guerra, la operadora dijo que era dueña de un salón de uñas. Luego de que la violencia destruyera su negocio, comenzó a ayudar a su pareja a transportar drogas y armas en la ciudad, antes de unirse al cártel de tiempo completo.
“Si eres mujer y vas manejando en el carro con un niño, no te van a inspeccionar”, dijo. “La policía o el ejército te va a dejar que pases así nomás”.
La prevalencia de los feminicidios relacionados con los cárteles en Sinaloa también ha llevado a algunos perpetradores a imitar la violencia de los cárteles para despistar a los investigadores.
Justo antes de la víspera de Año Nuevo de 2024, Barbara Yáñez Uriarte y su hijo de 5 años, Dante, fueron asesinados brutalmente en su casa. Según los fiscales, el padre distanciado de Dante llegó a la casa y apuñaló a Barbara y a Dante varias veces en el cuello. Después dejó sus cuerpos debajo del árbol de Navidad y prendió fuego a la casa.
La madre de Barbara, Lucero Uriarte, dijo que al principio los investigadores habían investigado los asesinatos con posibles nexos con el crimen organizado porque incendiar la casa era una táctica común de los cárteles. El sospechoso permanece detenido pero aún no ha sido enjuiciado, según los registros judiciales.
“Él mató a mi hija, a mi nieto”, dijo Lucero en voz baja, sentada en la sala calcinada. “Y también me mató a mí. Yo ya estoy muerta en vida”. c. 2026 The New York Times Company.
Por Paulina Villegas y Adriana Zehbrauskas, The New York Times.