1926, centenario de la Guerra Cristera
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La casa de mi abuela materna, María Luisa Aguilar Smith —en un descuido soy descendiente de Adam Smith—, se levantó señorial y orgullosa sobre la calle de Bravo, una de las que mejor conservan el sabor del Saltillo de antes. Aquella vivienda se ubicaba a unos pasos de la calle de Juárez. Los recuerdos que permanecen de ella entre nosotros son los de una abuelita dulce y tierna, que entraba en pánico al ver a sus traviesos nietos jugar con cuchillos de hule; su temor era que resultáramos heridos, al tiempo que profería las palabras: “Juegos de manos son de villanos”. También nos contaba historias y nos enseñó a jugar a las cartas de la baraja clásica española con sus reyes de oros, espadas, bastos y copas.
La visitábamos con gusto, y ella nos recibía sentada en la mecedora en el espacioso zaguán de su casa, impregnado de macetas y plantas, pero el gusto se acrecentaba los domingos, ya que ese día, sin falta, nos entregaba a cada uno aquellos pesos de plata, los que inmediatamente iban a dar al estanquillo “San Luis,” localizado en Bravo esquina con Juárez.
Sin embargo, detrás de aquella fachada de bondad y en ocasiones de ingenuidad, se ocultaba el corazón de una mujer de firmes convicciones religiosas, que fueron puestas a prueba en el año de 1926, fecha en que, bajo la presidencia de Calles, se inició la persecución religiosa, conocida también como la Guerra Cristera. Al estallar aquel conflicto —nos contó nuestra madre que en ese tiempo tenía cuatro años, pero una memoria prodigiosa—, el obispo habló con mi abuela para pedirle un favor, resguardar en su casa los objetos religiosos: casullas, sotanas, estolas, copones, cálices, libros, vino de consagrar, etc., ante la amenaza de ser incautados por el gobierno. Es preciso señalar que la casa de mi abuela colindaba con el obispado, situado en ese tiempo donde actualmente se levanta el recinto de Juárez; una barda dividía las dos construcciones. En la biblioteca del obispo se encontraba una edición encuadernada a todo lujo del “Quijote”, que la familia de mi madre tuvo la fortuna de leer. Por cierto, en estos días me encuentro en mi tercera relectura de la obra magna de la literatura universal. Confío en alcanzar a mi compañero columnista Carlos Manuel Valdés, que ya va en la cuarta.
La respuesta de doña Luisita fue positiva, accediendo a cumplimentar la petición del alto prelado, pese a que esa decisión implicaba el riesgo de sufrir represalias por el gobierno, pero pudo más la fe que el temor a la represión. Esto sucedió cuando nuestra abuela ya había enviudado, haciendo más meritorio su compromiso, ante la falta de la cabeza del hogar. Una vez que se dio la luz verde, los seminaristas acomodaron el bagaje en grandes cajas de madera, y con la ayuda de unas cuerdas lo pasaron sobre la pared, para no despertar sospechas. Sólo los muros fueron testigos silenciosos de esa maniobra.
Al finalizar el conflicto todo aquello regresó al obispado, que por ironía de la vida en 1864 fue la casa que habitó por un tiempo Benito Juárez. Años después, volvería a ser la sede del obispado, alojando actualmente el Recinto de Juárez. Todavía se conserva la fachada de la casa, con sus dos balcones, siendo hoy estacionamiento alterno del Casino de Saltillo. Desde la casa de mi abuela, era posible observar al economista non Adrián Rodríguez cuando visitaba a su novia María, quien le pasaba dinero envuelto en rollitos de papel. Entre los vecinos recuerdo a las familias Garza Cavazos, la del ingeniero Eulogio Flores, a Victoria Recio, a mi primo Chuy Raúl y al abogado Agustín de Valle. Frente a la casa vivió el licenciado Constancio de la Garza, que fue asesinado por la tarde noche de un 6 de agosto. Hace un siglo la religión nos separó, hoy desde el gobierno federal se lanzan mensajes de odio, que deben terminar.
Redondeo: Garrafal error de la SEP al recortar el calendario escolar, es preciso enmendarlo.