A grandes males...
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Nada como lo simple, lo sencillo, lo carente de complejidad.
Y no sólo porque es práctico, útil y fácil de comprender sino porque, como demuestran los ejércitos de fanáticos del minimalismo, lo sencillo es, en esencia, elegante.
Por ello, sin duda, la proclividad colectiva por la simpleza no se restringe a las fórmulas para la decoración de interiores, el diseño de fachadas, la alta cocina o la sobriedad en el vestir, sino que buscamos aplicarla a todos los aspectos de la vida cotidiana.
No se trata, vale la pena señalarlo, del grosero intento por "no batallar", por encontrar la salida a cualquier laberinto mediante el mínimo esfuerzo o por hacernos eco de la consigna proferida por el doctor Chapatín cada vez que enfrenta el dilema de invertir algunas calorías en recorrer el camino hacia la solución de un dilema.
Nada de eso. La simplicidad cuenta entre sus admiradores a muchos de los más connotados individuos paridos por la raza humana. Como el premio nobel Leon Lederman, quien afirmaba tener como mayor ambición en la vida "ver toda la física reducida a una fórmula tan elegante y simple que quepa sin problemas en el frente de una camiseta".
No es exagerado decir entonces, que de la búsqueda de la simpleza han surgido muchos de los más elevados ejemplos de creatividad humana, así como un ingente número de soluciones para nuestros problemas comunes.
A este último apartado justamente deseo referirme en esta colaboración, pues considero mi obligación para con el destino de la humanidad, compartir con el resto de mis congéneres algunas de las creaciones intelectuales más elegantes que han llegado circunstancialmente a mis oídos.
La primera de ellas se refiere a la más ingeniosa propuesta que he escuchado para disminuir el número de víctimas en los accidentes aéreos derivados de un aterrizaje forzoso.
Mi compadre Juan Carlos Guzmán, de quien les he platicado en otras ocasiones, es el autor de esta fórmula que seguramente será instrumentada en breve por las líneas aéreas de todo el mundo, con el propósito de reducir el costo de sus pólizas de seguros.
Partidario como es del método socrático de transferencia de conocimientos, mi compadre me espetó un día, a propósito de una charla que había derivado, por alguna extraña razón, en el análisis de los accidentes aéreos:
-A ver, ¿cuál es el riesgo implícito en un aterrizaje forzoso?
-Pues... que el avión termine impactándose con una barda, otro avión, el edificio terminal o cualquier obstáculo -dije intentando adelantarme a las ideas de mi interlocutor.
-Efectivamente... Y, ¿cuál es el problema con eso?
-Pueeeeeeeees... ¡que el avión se incendie!
-Exacto. ¿Y qué es lo que provoca el incendio?
-Pues el combustible -señalé ya con mucha más seguridad que al principio y, a esas alturas, sintiéndome ya dueño de la situación.
-Así es. ¿Y dónde está el combustible?
-Pues en las alas...
-¡Ajá! Entonces, compadre, una forma de evitar una catástrofe sería colocar, en la cabina de pilotos, una palanca que en caso de aterrizaje forzoso sea accionada por el capitán y eso haga que las alas se desprendan, alejando el peligro de los ocupantes de la nave.
Sin duda alguna, estamos ante una solución sencilla, útil y elegante para un problema complejo.
El segundo ejemplo de este tipo es uno que, desde la perspectiva social, resulta más importante, porque su instrumentación tendría un fuerte impacto en la mejoría del nivel de vida de mucha gente... O al menos provocaría la sensación de que se está mejor, lo cual es algo.
La idea surgió, como suele ocurrir, de forma inesperada y en un lugar improbable. Gracias a la invitación de una querida amiga, terminé compartiendo mesa, hace unos días, con algunos colegas de los medios de comunicación de la ciudad capital.
Entre los convidados a La Opera (un famosísimo bar del Distrito Federal, no un teatro) estaba Claudia, habitual cronista de los variopintos sucesos que se registran en la Cámara de Senadores del Congreso de la Unión.
Entre las entradas y el plato fuerte, Claudia compartió con nosotros las incidencias de un reciente viaje a la India, exótico paraje terráqueo donde atestiguó un fenómeno singular: la gente -toda, incluso la más pobre- despide un olor agradable.
La razón de tal circunstancia no es que el Gobierno indio haya encontrado la solución al reto -monumental como cualquier reto en un país habitado por más de mil millones de personas- de proveer a todos de agua entubada y, consecuentemente, de la posibilidad del baño cotidiano.
La razón del buen humor -nunca mejor dicho- de los indios es su dieta: dado que ingieren cantidades bíblicas de especias, dijo Claudia, huelen a eso, a especias... Aunque no se bañen.
¡Pos ya está!, exclamé para mis adentros: en lo que somos capaces de llevar el agua entubada a todos lados, los gobiernos mexicanos deberían emprender una campaña masiva de distribución de especias y recetarios de comida hindú...
¡Feliz fin de semana!
carredondo@vanguardia.com.mx