Cuando fallan los profetas
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Don Rafael Solana fue un hombre sabio y bueno.
Lo traté mucho en la revista "Siempre", de la que fue crítico de teatro. Él terminaba ya su larga carrera de escritor, y yo empezaba apenas a publicar ahí. Me invitó Beatriz Pagés Rebollar, talentosa mujer por la que siento admiración y afecto.
A don Rafael lo conocí en Saltillo. Vino cuando la inauguración del Teatro de la Ciudad, una de las obras de don Oscar Flores Tapia. A la ceremonia asistió el entonces Presidente de la República, José López Portillo, a quien acompañó una lucida -y larga- cauda de funcionarios públicos, intelectuales de renombre, gente de la farándula y periodistas.
Me tocó pronunciar el discurso inaugural, discurso que el señor Solana encomió con generosidad en un artículo. De ahí vino la invitación que me hizo Beatriz Pagés para escribir en "Siempre". Nunca sabemos cuándo se va a desencadenar una cadena de acontecimientos.
La noche de la inauguración hubo una especie de noche bohemia en el Hotel Camino Real. Recuerdo aquella noche. La recuerdo vagamente, no por las brumas del tiempo, sino por otras brumas propias de las noches bohemias.
Recuerdo, sí, con claridad digna de mejor causa, que Julio Aldama declamó varios poemas de esos que hacen llorar bastante, de José Angel Buesa y similares. Julio Aldama era coahuilense, pero no se llamaba así. Se llamaba Augurio Aguado Turrubiate. Claro, no podía salir a la calle con semejante nombre, y entonces se puso Julio Aldama. Pero no se llamaba Julio Aldama. Se llamaba, vuelvo a decirlo, Augurio Aguado Turrubiate. Ni pa' dónde hacerse.
Entre los poemas que Augurio... perdón, que Julio recitó estaba uno, infaltable: "Profecía". Empieza así: "... Me lo contaron ayer las lenguas de doble filo: que te casaste hace un mes. Y me quedé tan tranquilo"... Etcétera. Un etcétera muy largo. La novia de un muchacho lo deja para casarse con un señor muy rico, y el abandonado le hace una profecía: todas las noches la perjura soñaría con él. Se trataba de joder, nada más, pero con eso el abandonado tenía bastante. Otra profecía hubo aquella noche. Al elogiar el nuevo teatro don Rafael Solana hizo un ominoso vaticinio. No tardaría la sala, dijo, en correr la suerte de muchas otras que había conocido él: se convertiría en cine.
Todos creímos cierto aquel otro augurio, pues don Rafael era hombre de teatro, conocedor profundo de los públicos y del ambiente artístico de México. Su obra "Debiera haber obispas" corrió con éxito por los escenarios. Si él decía que el teatro "Fernando Soler" se iba a convertir en cine, había que pedir inmediatamente la concesión de la dulcería.
Y sin embargo se equivocó aquel amabilísimo profeta. El Teatro de la Ciudad no se volvió cine. Antes bien desaparecieron algunos que había por esos años en Saltillo -el "Cinelena", el "Royal", el "Saltillo", el "Florida"-, y fueron substituídos por salas pequeñitas en las que apenas caben unas cuantas parejas, y eso si están sentadas. El Teatro "Fernando Soler" sigue siendo teatro y sirviendo bien al uso natural de una sala de su género.
Este día el Gobernador Moreira inaugurará una de las mejores obras entre las muchas que ha realizado en su gestión: el Teatro de Monclova. Seguramente tampoco éste habrá de convertirse en cine, y servirá para que esa ciudad, por la que tanto afecto siento, y tanta gratitud, enriquezca su vida, y la de sus laboriosos habitantes.