Susana Mendoza
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Cuando se hacían las seis de la tarde, en aquellos inviernos donde todavía no había horarios de calores o fríos, Nidia, una ecologista que vivía entonces en nuestra ciudad, pintora también, experimentaba, decía, una gran tristeza. Era la hora, compartía, en que se hacía presente la melancolía, era la hora en que menos se podía ver. "Es el momento en que ocurren más accidentes de tránsito", reafirmaba luego, "pues los objetos aparecen nebulosos ante nuestros ojos".
Desde el sitio en que nos encontrábamos, la esquina de Hidalgo y Juárez, el Instituto Estatal de Bellas Artes, y ahora Icocult, se apreciaba en toda su magnífica extensión la Plaza de Armas.
Uno podía observar, con la exactitud de que nos hablaba Nidia, que a esa hora iba penetrando la oscuridad a través de los cristales. La ciudad callaba lentamente. Hace veinte años. Una época que hoy se volcó de manera intempestiva con el conocimiento de la muerte de una de las grandes amigas que atestiguaban la llegada de esas noches, jornada tras jornada. Fue a esta hora, veinte años más tarde, de hace unos días, que me enteré del fallecimiento de Susana Mendoza, cuya sola presencia en esta tierra era ya en sí misma igual de poética que la caída de la tarde que presenciábamos juntas.
En la hora de la tristeza cayó el manto de la oscuridad: "Murió Susana Mendoza", anunció Cirilo, mi hermano y gran amigo de Susy. Ella, de tan feliz y brillante andadura por la vida, se había marchado.
Maestra, promotora cultural, omnipresente en las galas de la existencia, Susana era mujer de ventanas abiertas. Siempre hecha a la sonrisa, llevaba una vida intensa, la acompañaba un sentido místico y hacía de cada acto uno de fabulosa magia.
La época descrita en las primeras líneas de estos recuerdos era los finales de los años ochentas y principios de los noventas. Susana escribía poemas, impartía talleres infantiles, publicaba en ediciones literarias. Imaginativa, creaba, creaba, creaba, y su generosidad se pintaba de colores. La dirigía en forma de ingeniosos objetos que iban a parar a las manos de amigos y los pequeños infantes de sus grupos de taller.
Una mujer de pasiones, de sensibilidad, de entrega, era un espíritu excepcional. Recuerdos especiales cuando, llegado el invierno en el pleno de aquel Saltillo, Susana no se descomponía un segundo para montar una exposición que iba desde el cargar los cuadros, idear su distribución y colgarlos, hasta constituirse en la maestra de ceremonias y la guía de una muestra de Antonio Costilla.
El día previo a la inauguración, la gente de museografía no se había presentado a trabajar. No sólo no se desalentó; para animar a quienes nos dirigía, tarareaba alegremente un "Nooel, Nooel, Nooel", que iba acorde al momento, muy cercano de las fiestas navideñas. Si pudiera alguien sentirse melancólico o triste por estar trabajando cuando todo mundo andaba en el trajinar de las fiestas, con su entusiasmado "Noel", lograba infundir aliento y un ánimo que no se olvidarían jamás.
En General Cepeda, Coahuila, creó una ludoteca que tuvo mucho éxito. Vivió allá un tiempo y dejó una huella de amistad que no olvidarán sus habitantes, quienes convivieron con ella en una empresa que mucho tiempo acarició como proyecto de largo alcance, en una comunidad a la que tanto le ofreció.
Susana hacía que todo espacio se convirtiera en un palacio persa. Era amiga de las fragancias y de la decoración del antiguo Oriente. La magia que emanaba de su persona era justamente el equilibrio que había logrado amalgamar para su existencia.
Sonrisa fácil, Susana era un ser excepcional, de esos seres que como son pocos en esta vida, escuchan los sonidos de un tambor diferente. Murió en España apenas hace unos días. "Me dijo que se iría de viaje", comenta Lorena Ferriño. "Que iba a vivir la vida".
Le quedaban pocos días, pero, como siempre, Susana aprovecharía cada segundo. Deja una gran enseñanza de vida a su hijo, a quien con tanto amor bautizó como David, "El amado", me repetía con tanta alegría. El David, a quien dedicaba poemas desde pequeñito, el que lleva en su nombre la palabra Vida. A la Vida supo ella siempre hacerle el honor de vivirla a plenitud.