Un cardenal en apuros
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Es sorprendente, desde donde se le vea, la declaración tan desacertada del cardenal Juan Sandoval Iñiguez respecto al matrimonio entre homosexuales o, aún peor, la posibilidad de que éstos puedan adoptar niños. Empero él pudo haberse pronunciado, como cualquier otro ciudadano, sobre un asunto que está en el aire y del que casi todos tenemos alguna opinión. Pero no se contentó con analizar el asunto (y no lo analizó en absoluto) sino que lanzó un anatema contra quienes tienen el poder de cambiar hasta la Constitución, aprobar o rechazar cambios en las leyes de los Estados. Tampoco dijo que estaban equivocados sino que eran unos corruptos que aprobaron la nueva reglamentación del Distrito Federal porque les dieron dinero para ello.
Él y el cardenal Rivera Carrera, por medio de su vocero, tomaron un rumbo del que es difícil retornar por una simple razón: la Iglesia jerárquica no tiene entre sus tradiciones la de pedir perdón. Y lo digo porque sí existen hechos, aunque muy aislados en que algún Papa o un obispo ha llegado a expresar su pena por ofensas infringidas a sociedades o personas a pesar de que esos eventos sucediesen años o siglos antes. El último, que yo recuerde, fue el Papa Juan XXIII que lo hizo para con los luteranos y luego hacia los judíos a los que todavía cuando él asumió el papado se les denominaba en una liturgia de Semana Santa "los pérfidos judíos". También pidió perdón a las víctimas de abuso Benedicto XVI.
Ahora, nuestro ínclito cardenal de Guadalajara, hocicón como es y falto de la más mínima capacidad para escuchar a los demás y, sobre todo intolerante, se rasgaba las vestiduras porque algún niño pudiera ser adoptado por unos "maricones". Tal vez no recuerde ya el episodio en el que Cristo es puesto en una trampa cuando un grupo de sacerdotes (¡vaya casualidad!) proponía apedrear hasta la muerte a una mujer adúltera y el Maestro los retó: "el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra". Y, por supuesto, ¿qué se yo de los pecados de Sandoval Iñiguez?, pero al menos sé que los ha encubierto, que es, en la práctica, lo mismo o quizá peor porque ahí él está en el papel de juez que le da el ser purpurado. Acaso no le han platicado que su jefe Benedicto XVI abrió ancha vía a la información sobre los sacerdotes y hermanos pederastas. Me dirá usted, amable lector, que esto no tiene nada qué ver con el tema. Se equivoca. Sandoval cree que los homosexuales son perversos y no se les debe confiar un niño aunque éste esté muriendo de hambre. Sus hermanos religiosos, que ya pasaron de mil 300, abusaron de niños. ¡Cómo se atreve a opinar de la maldad del mundo respecto a la infancia! Él apoyó al padre Marcial Maciel y todavía se atreve a opinar.
En otros tiempos se hubiera dado una polémica, se habría argumentado. y sabemos que la Iglesia, sobre todo la que manejaba la Escolástica, era experta en polemizar. Ahora no. De sus labios surgió: "los maicearon", "maricones". ¿Puede haber algo más soez? Pero es que él no es uncardenal cualquiera, es el más reaccionario, el más soberbio, el menos caritativo si al vocabulario cristiano se puede uno referir. El Cardenal de Guadalajara es, también, retardatario (más atrasado que una nalga, diríamos con cierto recato).
El juicio civil al que lo están llevando puede que no se lleve a cabo o que no tenga demasiados efectos. Recuerde usted que los obispos pueden decir lo que se les antoje, que también pueden hacerlo los diputados y los gobernadores y los magistrados y muchos de los periodistas de "prestigio", ¿por qué?, porque gozan de fuero. He ahí el problema. No todos los ciudadanos somos iguales. George Orwell, en su maravilloso "Rebelión en la Granja" escribió que hay unos más iguales que otros. Nosotros, pobres mortales, podemos pagar con cárcel el ofender a terceros en su integridad o en su fama aunque no tengamos pruebas. Obispos, gobernantes y ciertos periodistas tienen fuero para hacer el daño que se les antoje. Por eso, el juicio al Cardenal es importante. Espero que algún día podamos enjuiciar a diputados, alcaldes y periodistas difamadores. Estamos jalando la punta de la madeja; estiremos al unísono.