Agua de borrajas

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Opinión
/ 20 agosto 2010

En medio del acto del amor el señor se levanta de la cama, va a la sala, toma el ramo de flores que ahí estaba, regresa y lo pone sobre su esposa. "¿Qué haces?" -pregunta ella, intrigada. "Ah, perdona -contesta el marido-. Pensé que estabas muerta"... Le dice don Flacidio a su mujer: "Hace mucho calor. Ganas me dan de salir en peletier -quiero decir sin ropa- a regar el pasto del jardín. ¿Qué crees que pensarán los vecinos?". Responde la señora: "Pensarán que me casé contigo por tu dinero"... Me alegra mucho que Marcelo Ebrard haya demandado judicialmente a Juan Sandoval Iñiguez. Ante la ley este señor es un ciudadano, y no debe gozar de ningún fuero o privilegio que lo exima de sujetarse a los dictados del derecho. La soberbia del cardenal realmente es insultante; su grosera actitud, su prepotencia, causan grima. Sandoval puede, en el seno de la institución de la que forma parte, tomar en serio eso de "Príncipe de la Iglesia". Puede vestir sus pomposos atavíos -que se ven cada día más fuera de lugar, más anacrónicos-; coronarse con la mitra; lucir su pectoral; adornar su persona con el báculo pastoral para más impresionar a sus ovejas; darles a besar su anillo, y llamarse representante de Dios sobre la tierra. Pero eso no lo pone por encima del orden jurídico que a todos nos obliga. Es claro que Sandoval se fue de la lengua al opinar sobre temas relacionados con los homosexuales. Injurió a éstos; los motejó con adjetivos denostosos y despreciativos que no se pueden ya admitir, y menos condonar. En este rubro la Comisión Nacional para Prevenir la Discriminación tiene también algo qué decir. Pero a más de eso el jerarca acusó sin tapujos al Jefe de Gobierno del DF de haber sobornado a los Ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, y a éstos de haber admitido ese soborno. Les atribuyó la comisión de un delito, el de cohecho, y no se ha retractado de su acusación. Eso es muy grave. Si Sandoval tiene pruebas de sus imputaciones debe presentarlas inmediatamente, a fin de no quedar como calumniador, cosa que ante el Estado es un delito y ante su iglesia es un pecado. Dijo él que Ebrard había "maiceado" a los ministros para obtener de ellos una decisión favorable a su interés. Ese verbo, "maicear", es mexicano en la connotación en que aquí se usa. Tiene carácter popular; no aparece en el lexicón de la Academia ni en el de mexicanismos de Santamaría. Tampoco lo registra el "Diccionario del Español usual en México" que publicó el Colegio de México. Pienso que la expresión deriva de una frase que solía usar Porfirio Díaz. Cuando algún periodista hacía la crítica de su gobierno, o algún diputado se soliviantaba, decía el astuto dictador: "Ese pollo quiere máiz". Así, con acento en la a. "Maicear", entonces, significa sobornar, comprar, cohechar. De eso acusó Sandoval Iñiguez a Ebrard y a los ministros de la Corte. Una cosa lamento: las demandas por difamación, calumnia o injuria tardan en resolverse, a veces años. Generalmente el tiempo las diluye, o terminan en agua de borrajas. También ésa es una forma de impunidad. Ojalá en este caso el infatuado cardenal no quede por encima de la ley. La denuncia de Marcelo Ebrard es procedente; condice con la naturaleza laica del Estado mexicano, y busca plasmar una de las características fundamentales de la ley: su generalidad. Mientras tanto el purpurado debería tener la púrpura en la cara, por la vergüenza de haber soltado la lengua sin ponerle el freno ni de la caridad al prójimo ni del respeto que ha de tenerse a la verdad... Don Inepcio pintó la pared de la cocina. Le dice su mujer: "La pintaste en la misma forma en que me haces el amor". "¿Cómo?" -pregunta él, receloso. Contesta la señora: "Rápido, mal, y yo misma tuve que terminar el trabajo". (No le entendí)... FIN.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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