Pregón de fuego
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Los hombres vienen y van. Caminan sin derrotero visible en su tránsito por la tierra. Pocos descubren su vocación, su plan, su sentido, su apuesta de vida. La mayoría de los hombres apenas vegetan: nacen, comen, se reproducen y mueren. Pero, hay hombres que transitan por la vida, por la existencia misma como si ésta no los mereciese. Fue el caso de Armando.
La grandeza de la eternidad obsesiona a los hombres. Seguido, muy seguido nos preguntamos si nuestras acciones valen lo suficiente para que nuestro nombre reverbere a través de los años. ¿Oirá entonces la gente de otros lugares y otros sitios, nuestro nombre mucho tiempo después de que muramos? ¿Acaso esa gente se preguntará quiénes éramos, con cuánta pasión defendimos nuestro trabajo, con cuánto valor peleamos por las causas en las que creímos; con cuánta ferocidad amamos, con cuánto ardor cortejamos a nuestra pareja y a la gente que nos rodea?
Armando seguía un código de vida sencillo: amaba y respetaba a su familia, arañando un peso de aquí y allá, peleaba diario por dotar a Coahuila de una Feria del Libro digna y elogiosa en el concierto nacional; y tercero, sabía que en los libros y en la lectura y sólo aquí, se encuentra el germen, la semilla fundadora del hombre nuevo. La formación de ciudadanos libres y críticos.
Una persona realmente muere cuando dejamos de pensar en ella. Si nos roban a nuestros hermanos en la espada, si nos roban a nuestros seres queridos, la mejor manera de que sigan viviendo con nosotros es jamás dejar de amarlos, jamás dejar de pensar en ellos. Las ciudades y edificios arden, la gente muere. No podemos cambiar el orden de las cosas, es la voluntad de los dioses.
Pero si alguien se atreve a contar esta historia, si alguien escribe entonces la crónica de estos convulsos y violentos días, que digan que viví entre gigantes. Que digan que fui amigo del poeta Alfredo García Valdés, escritor y fiel colaborador de Armando; que digan que fui coterráneo de los escritores Gerardo Segura y Gerardo Carrera, atildados cómplices de don Armando.
Que digan y escriban que fui amigo de un hombre recto y pulcro como Carlos Arredondo, compañero de vida y parranda de don Armando; que digan entonces María Eugenia y Armando Sánchez Madrazo, que conocí y caminé al lado de su padre. Que los cronistas escriban con letras de fuego, que conocí y conviví con Gloria Luz González, ferviente contribuyente en las causas académicas y culturales de don Armando. Que digan que conocí a los hermanos del catrín, a los juglares del grupo Takinkai.
Esquina-bajan
Reclamo para Armando el homenaje sin pausa que le debe esta Feria del Libro y la cultura de Coahuila en general; reclamo para Armando la persistencia mineral de nuestros suelos y las aguas que buscan, necias y obcecadas, llegar a su corazón y a sus huesos. Reclamo para Armando la fervorosa simpatía de su equipo de trabajo, hombres y mujeres que nunca se echaron ni un paso atrás, no obstante el poco o nulo apoyo con el cual realizan año con año esta Feria del Libro y la Lectura.
Señoras y señores, si alguien se atreve a escribir la crónica de estos días convulsos, amargos y oscuros, que diga que conviví con gigantes, que digan que caminé junto a un hombre entero, honesto, de temple acerado y vocación adánica por ir nombrando las cosas.
Si alguien se atreve a empuñar lápiz y papel y escribe la crónica de estos días, que diga entonces que caminé codo con codo, junto a tu padre, Ana Teresa Sánchez, que digan que viví en tiempos de un hombre de pie como pocos, que digan que viví en los tiempos de José Armando Sánchez Quintanilla.
Letras minúsculas
*Texto leído por este escritor en el homenaje a su hermano muerto, don Armando Sánchez, en el tributo en su honor el pasado 13 de septiembre en la Feria del Libro de Saltillo.