Saltillo en la Independencia / 2

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Opinión
/ 11 septiembre 2010
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Al inicio y durante las luchas de Independencia, Saltillo era tan sólo una pequeña población española con un pueblo tlaxcalteca contiguo, separados por una acequia que corría a lo largo de la hoy calle de Allende.

En 1810, la vida en Saltillo transcurría con toda tranquilidad y sus habitantes eran escasos, tanto en la villa como en el pueblo de San Esteban. Hacía ya dos décadas que no pertenecían a la Nueva Vizcaya, porque ambos poblados habían sido incorporados a la Provincia de Coahuila, cuya capital residía en Monclova. Juntas las dos poblaciones no llegaban sino hasta la calle Múzquiz por el lado norte; hasta Escobedo y Bolívar por el sur; por el oriente llegaban sólo hasta Abasolo, pues el cementerio, que estaba en las orillas, se encontraba en las hoy calles de Matamoros y Juárez; hacia el poniente, la villa se extendía hasta la Alameda, aunque el caserío llegaba escasamente a la calle Xicoténcatl, donde había algunas huertas y fincas de los tlaxcaltecas.

La Catedral de Santiago no era tal, sino una iglesia parroquial muy grande, cuya construcción había iniciado en 1745 y hasta 55 años después, en 1800, pudo ser bendecida, quedando inconclusa su torre. La capilla del Santo Cristo ya existía, y su reloj de sol instalado en lo más alto de su portada era el que marcaba el transcurrir del tiempo, mientras que las actividades comerciales, sociales y políticas de los habitantes del Saltillo se regían por las sonoras campanadas de su torre, pues el reloj mecánico fue adquirido y colocado posteriormente, en 1837, por el ayuntamiento de la ciudad. La iglesia de San Francisco había sido construida desde 1787, y la de San Esteban mucho antes, desde la llegada de los tlaxcaltecas.

En la Provincia de Coahuila ya se sabía de la invasión napoleónica a España, y conforme a la nueva legislación, el ayuntamiento de Saltillo había nombrado a don Miguel Ramos Arizpe como su representante ante las Cortes de Cádiz, donde luchó denodadamente por su provincia.

La población no se vio muy afectada en este periodo de la historia de México. Para noviembre de ese año de 1810, ya habían llegado procedentes de Matehuala, Cedros y Real de Catorce algunos españoles con sus familias, que depositaron en las cajas reales de Saltillo, cuyo tesorero era don Manuel Royuela, las barras de plata y el dinero que venían cargando. Era entonces gobernador don Antonio Cordero, quien pertrechó a las tropas y se alistó para enfrentar a los insurgentes.

Cuando Mariano Jiménez, enviado en avanzada por los insurgentes, llegó a Agua Nueva el 7 de enero de 1811, se topó con los realistas al mando de Cordero, quien huyó intempestivamente cuando sus soldados se pasaron al lado de los insurgentes. Jiménez tomó la ciudad de Saltillo prácticamente sin un solo tiro y casi sin batalla. El 12 de ese mes se celebró en la Catedral de Santiago un solemne Te Deum en acción de gracias por haber pasado la plaza a poder de la insurgencia.

Destituido don Miguel Hidalgo y Costilla como generalísimo de las fuerzas insurgentes, quedó a la cabeza don Ignacio Allende, militar de profesión. Allende iba rumbo al Norte en busca de ayuda y llegó a Saltillo el 24 de febrero. Lo recibió una multitud encabezada por Jiménez y sus tropas, que se encontraban en la ciudad. Unos días después, llegó don Miguel Hidalgo. De aquí salió para ser aprehendido en las Norias de Baján. De ahí se le trasladó prisionero a Monclova y luego al cadalso a Chihuahua.

Esa fue toda la presencia de Saltillo en la primera etapa de la lucha independentista.

edsota@yahoo.com.mx

Profesora de Lengua y Literatura Española. Dirigió el departamento de Difusión Cultural de la Unidad Saltillo de la UAdeC. En 1995 fue invitada por la Universidad Tecnológica de Coahuila, unidad Ramos Arzipe, para encargarse del área cultural, que incluía la formación del Centro de Información y cuatro años más tarde vendría la fundación del Centro Cultural Vito Alessio Robles, recinto que resguardaría la biblioteca de su padre, y donde hasta hoy labora.

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