Buscando juventud
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La entrega de los premios de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas es un espectáculo para viejos de corazón.
Me consta porque he visto sin falta desde los once años cada premiación y ésta no ha presentado desde entonces ningún cambio sustancial, por lo que encuentro muy natural que resulte un espectáculo poco o en absoluto atractivo para públicos nuevos, impuestos a formas de entretenimiento más dinámicas e interactivas.
Por mí está bien. No considero que la anual entrega del Oscar tenga que volverse complaciente con las nuevas generaciones.
Sin embargo, los productores de la transmisión televisiva de esta ceremonia, más preocupados por los niveles de audiencia que por la esencia del evento, han experimentado durante la última década-la mayor parte de las veces con resultados lamentables- en aras de cautivar telespectadores más jóvenes.
Y así, la entrega de los también llamados Academy Awards comenzó una serie de transformaciones. La primera fue mudar el día de la ceremonia del lunes tradicional al domingo, en un intento de equiparar este evento con el de mayor rating de todos, el Superbowl.
Luego buscaron agilizar la ceremonia -que de por sí es cansada para el que no la ama per sé-, y acortaron el tiempo destinado a los números musicales que servían como referencia a los nominados en las categorías de mejor canción y mejor partitura original.
Más adelante comenzaron a requerir los servicios de estrellas juveniles para presentar algunos de los premios, e incluso han incluido sangre fresca en las nominaciones para ver si a la muchachada se le ocurre así sintonizar la dichosa entrega.
Pero son esfuerzos estériles, ya que si los chamacos quieren ver a sus ídolos tienen mil opciones en donde hacerlo, todas mejores que una cansadísima ceremonia de tres horas en la que hay que venerar a vetustas leyendas de interminables discursos, que únicamente importan a treintones y mayores.
Este año buscaron inyectarle juventud por la vía de los anfitriones (James Franco y Anne Hathaway) quienes, sin ser unos niños, tienen poco que ver con la madurez de los que les han precedido en la responsabilidad de amenizar la maratónica noche de las estatuillas doradas.
De tal suerte que la entrega de Oscar pronto terminará por parecerse más los a los Kid's Choice de Nickelodeon, o a los MTV Awards. Yo creo que eso explica por qué Jack Nicholson no se ha dejado ver en la ceremonia en los últimos años.
Es difícil sin duda involucrar nuevos públicos sin traicionar la tradición; conciliar chaviza y momiza.
Hasta ahora la Academia ha intentado hacer clic con la juventud y en muchos de esos intentos sólo ha hecho el ridículo.
Esa misma preocupación por conectar con los estratos más jóvenes de la demografía la tienen también los partidos políticos y las autoridades electorales, y sus esfuerzos reditúan más o menos de la misma manera Â
Unos y otros comparten un mismo interés por lograr legitimación de parte de tan nutrido y significativo segmento poblacional.
Y es que el voto joven no sólo cuenta en el aspecto cuantitativo (aunque ello bastaría para intentar seducirlo a cualquier precio). Sucede que representa además la validación de quienes regirán el mundo en cuestión de unos cuantos años.
Bueno, pero ¿qué tal lo están haciendo?
A este respecto me es imposible no evocar aquella campaña nacional de afiliación del PAN, cuya bandera enarboló la cantante Patylú. ¡Bien pensado, Acción Nacional! Tratar a los ciudadanos como retrasados mentales y en el intento desatar fantasías eróticas con una animadora infantil. ¡Bien!
Otro ejemplo del afán por coquetear con la juventud nos la dio nuestro IEPC, con su reciente campaña de promoción al voto que resultó muy controversial.
Yo no participo de dicha polémica, que fue más bien exagerada y gratuita. La publicidad del IEPC será ramplona y fea, pero no la siento malintencionada.
En este año electoral los partidos en contienda no podrán desestimar las nuevas tecnologías para buscar ese anhelado acercamiento con la juventud.
Pero sucede que dichas tecnologías -en su mayoría emparentadas con la red mundial a la que estamos todos de alguna manera vinculados- tienen la característica de preservar, si así se desea, el anonimato, lo que las vuelve el canal perfecto para los golpes sucios y la campaña negra.
Y si hay algo peor que dar un golpe bajo es propinarlo sin dar la cara. Constituye la forma más ruin, pusilánime y rastrera de hacer campaña política.
No es cuestión de años. Rebasar cierta edad no nos vuelve menos propensos a la manipulación. Sin embargo, estimo plausible que los más jóvenes -debido a la inexperiencia e irreflexión propias de su edad- sean especialmente proclives a la información engañosa.
Sembrar la semilla del desprestigio desde una computadora anónima conectada a la red es de lo más simple, y siempre habrá un marrano dispuesto a hacerlo.
Pero si esas serán las estrategias que implementarán los partidos políticos para acercarse a los ciudadanos jóvenes, no les extrañe que en poco tiempo, al igual que la generación que les precede, terminen hastiados de esa guerra chabacana que en México se entiende como "hacer política".
petatiux@hotmail.com