Las criaturas del Señor
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¿Quiénes fueron los primeros que vieron al Niño Dios después de María y José? No fueron los ángeles ni los pastores, es decir la gente del Cielo y de la Tierra. Fueron la mula y el buey, es decir los animalitos del Señor. El segundo aliento que recibió Jesús, después del soplo del Espíritu, fue el vaho con que el buey y la mulita le dieron su calor.
En eso yo veo un simbolismo: con esas criaturas animales todo el universo de lo creado estuvo en el portal de Belén. Esos dos seres representaban a todos los seres y las cosas nacidos desde el principio de todos los tiempos. Ellos llegaron al mundo antes que los hombres. En esta segunda Creación -la de la Navidad- también ellos los antecedieron. Por ellos se junta el Génesis, libro primero del Antiguo Testamento, con los Evangelios, primeros libros del Nuevo. Con su presencia se cierra el perfecto círculo de lo anunciado. Ellos dan unidad al mensaje de salvación que empieza con la pérdida del Paraíso y culmina en la noche de Belén.
Por eso en ningún Nacimiento deben faltar el buey y la mulita. Tienen la misma importancia de los pastores y los ángeles. También ellos son protagonistas de la Natividad. Desde luego que esto de los animalitos es cosa de la tradición. También lo son los Reyes Magos. Pero la tradición llega a tener fuerza canónica cuando todo el pueblo de Dios la ha hecho suya. Desde que San Francisco de Asís instituyó la costumbre de los belenes o nacimientos ya aparecieron la mula y el buey como personajes de primer orden en la representación. Desde entonces son figura obligada de la Navidad.
En esta Nochebuena hagamos la recordación de estas dos humildísimas criaturas que acompañaron a Jesús, María y José en la maravillosa noche de Belén. No era poca compañía esa de los animalitos del portal. Ya ellos estaban junto al pesebre cuando llegaron ahí el carpintero y su esposa. También ya todos los animales y las cosas estaban en el Edén cuando llegaron a él Adán y Eva. Eso debería hacer que los hombres fuéramos más humildes: somos recién llegados a esta tierra; la ocupamos después de sus primeros moradores. Y también a la Navidad llegamos en segundo lugar.
Esta noche celebremos el gozoso misterio de la Encarnación por el cual Dios se hizo hombre para compartir con nosotros nuestra humanidad y acercarnos, por medio de Jesús, a lo divino. Sintamos el júbilo -y el oculto dolor- de María Madre, y admiremos la humildad infinita de José: también él aceptó ser esclavo del Señor, y se sometió a los designios divinos sin entenderlos. San José es el santo de la humildad; en los cuadros antiguos aparece en el último fondo de la escena. Los pintores, siguiendo las enseñanzas de los teólogos, no querían mostrar demasiado al padre putativo de Jesús, para no empañar con lo humano su paternidad divina. Pero al mirar a Jesús, José y María no olvidemos a los animalitos, a la mula y el buey que la milenaria tradición coloca junto a ellos. Olvidarlos es olvidarnos de lo creado, y no entender que el acontecimiento de Belén fue una segunda Creación.