Gringo en Méksicou! Vol.1

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Opinión
/ 3 febrero 2014

También yo escupiría lo más execrable de mi acervo si entre mi persona y mis legítimos satisfactores se interpusiera un grupo de burócratas

Mucha controversia y poco consenso existe en torno al origen y significado de la palabra gringo.

Hay un montón de teorías improbables que intentan aclarar este término en el contexto del conflicto bélico México-Estados Unidos del siglo 19, aunque se antoja más leyenda lingüística y mitote urbano.

Y es que gringo aparece en textos españoles mucho más antiguos que la Intervención Norteamericana y ya se usaba para designar al extranjero que no se da a entender en nuestra lengua.

Me quedo con la versión que dice que gringo es tan sólo una corrupción de griego, que era la forma clásica de referirse a lo que nos resulta ajeno o demasiado complicado (¡Este asunto está en griego!)

Si atendemos a esta teoría, el significado de la palabreja ha evolucionado, designando en cada época o lugar a diferentes grupos étnicos, aunque el denominador común es su empleo para referirse a los extranjeros, especialmente caucásicos angloparlantes.

De tal suerte que el hombre que en días pasados se descosió en la lengua de Shakespeare en altisonantes diatribas contra los miembros del gremio magisterial que obstruían una de las vialidades de esta ciudad, es técnicamente un gringo.

No importa si gringo es la forma en que ahora comúnmente aludimos a los estadounidenses, como tampoco importa que el protagonista de este video-reportaje viral sea presuntamente holandés. Lo cierto es que sabe mentar notablemente madres en buen gabacho (aquí otra palabra controversial para designar lo made in USA, pero ya no podemos detenernos más en disertaciones filológicas).

Sucede que desde que distinguimos a este ciudadano por su presumible oriundez, convertimos esto en un asunto racial y por tanto discriminatorio.

Es necesario olvidar si este hombre vociferó en inglés, catalán, hebreo antiguo, esperanto o klingon. Esa no puede ni debe ser nunca la esencia del debate.

Es el hecho que tenemos a un enardecido ciudadano que reclama su legítimo derecho al libre tránsito en una arteria que, como ya dijimos, obstruían con todo su ánimo beligerante nuestros educadores.

Por ningún lado veo el crimen del gringo. Cualquiera que se vea vulnerado en sus derechos fundamentales actuará en respuesta, y en cada caso, de manera imprevisible, siendo la reacción de energúmeno que vimos en este hombre una de las más probables, ya que le están privando de uno de los bienes intangibles más sagrados y protegidos por el derecho humanístico: el libre acceso.

Desde el punto de vista de los maestros huelguistas, su causa justifica cualquier atropello del derecho del prójimo. No les interesa si nuestro empleo, nuestra salud, nuestra vida o nuestra simple tranquilidad están al otro lado de su emplazamiento, la cabeza de estos maestros (de estos en particular antes de que me linchen), no les da para imaginarlo –pero qué razonamiento se puede esperar de quienes violan un derecho constitucional en busca de corregir un mero asunto administrativo-.

Ahora, hagamos un poco de filosofía y busquemos discernir entre dos conceptos básicos en materia de convivencia: ofensa y daño.

La ofensa es optativa (yo decido si recibo o no las palabras que me injurian –muchos ni siquiera entendieron el maldecir del gringo-). El daño en cambio es forzado, innegociable, no espera nuestra disposición; nos merma, nos socava y requiere restitución.

Nuestro gringo en cuestión lanzó ofensas (sin duda, oh sí) a los docentes manifestantes, pero no los dañó. En cambio, los educadores sí lesionaron a cuantos obstruyeron para llegar a su destino y a todos quienes se vieron afectados en consecuencia de estas demoras. Todo ello es un daño imposible de calcular, porque cada retraso constituye un caso muy particular, aunque las consecuencias pueden variar de lo incómodo a lo desastroso, de lo insignificante a lo costosísimo, o de lo anecdótico a lo irremediable. Pero, otra vez, el entendimiento de los teachers no les alcanza para dimensionar lo grave de su proceder. Sólo saben que su quincena es ahora más magra.

Mi poca tolerancia a la frustración me vuelve también un desbocado y lenguaraz de primer orden, es mi manera de lidiar con los inconvenientes. Por ello me identifico bien con este Angry Gringo, que les dio a los docentes su curso exprés de auténtico inglés sin barreras. También yo escupiría lo más execrable de mi acervo si entre mi persona y mis legítimos satisfactores (triviales o trascendentales), se interpusiera un grupo de burócratas.

Dos cosas carecen de la más pobre lógica: Uno, que la causa presumiblemente justa (eso aún estamos por analizarlo) de un grupo particular vulnere a la totalidad en un derecho superior. Y dos, que para presionar al Estado, el grupo haga en cambio rehenes a sus conciudadanos, no a los representantes del Gobierno. Así, cualquier posible simpatía para su causa los mismos maestros se encargan de mandarla directamente al carajo.

La cuestión no es la nacionalidad del vociferante ni la lengua en que estalló su cólera, sino las causas que motivaron este teatral episodio. Y lo siento, pero en este caso con el único profe con el que me solidarizo es con este gringo-holandés de gran bocaza. Ya en la siguiente entrega ahondaremos en el por qué.

petatiux@hotmail.com

Columna: Nación Petatiux

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