Peña en el PRI; sus antecesores en sus partidos

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Opinión
/ 4 marzo 2014

Por: José Carreño Carlón

Probablemente el presidente Peña Nieto delineó el sentido que le imprimirá a su partido, el PRI, ahora que este partido está otra vez en el control del Gobierno Federal, conserva la mayoría de los gobiernos de los Estados y recobró una mayoría –así sea marginal- en el Congreso.

Esto no sería una excentricidad autoritaria del viejo partido dominante. Porque en países de larga huella democrática, el gobernante suele incluso transformar radicalmente a su partido, como lo hizo Tony Blair en el Reino Unido. Y los grupos parlamentarios suelen declinar su programa legislativo partidista para ponerlo al servicio del programa del gobierno, una vez que su partido toma o recobra el poder. Queda atrás la agenda del partido para impulsar la agenda de la Casa Blanca, dijo la líder de la Cámara demócrata Nanci Pelosi al iniciar Obama su primer periodo.

Esto lo suelen entender tarde los advenedizos en la política (outsiders, se les dice en el análisis político angloamericano), como Zedillo y Fox. Zedillo, con su inicial declaración de distancia con el partido que lo llevó al poder, sólo para desplazarse enseguida al otro extremo: a meterse de lleno en la vida interna partidista, con una sucesión de cambios abruptos de sus dirigentes, así como en la designación del candidato presidencial para sucederlo. A su vez, Fox no supo qué hacer con su partido hasta perderlo a manos de Calderón. Y Calderón no pudo controlarlo —lo perdió a manos de Josefina— a pesar de su mayor profesionalismo político.

Añicos

Otra característica compartida por esos tres gobiernos fue la aceleración del tránsito de la alta cohesión del poder de la época del partido dominante a la descentralización del poder propia de un sistema de alternancia de los partidos, desde la regidurías municipales hasta la presidencia de la República. Sólo que en manos de ousiders, este proceso se volvió accidentado y caótico. Y en lugar de una descentralización democrática y ordenada del poder, tuvimos una serie de descalabros y rupturas que llevaron a debilitar y a hacer añicos al poder político formal, y al fortalecimiento, fuera de control, de poderes fácticos en todos los órdenes y actividades.

En efecto, Zedillo produjo la fractura del grupo gobernante al perseguir a su antecesor, como episodio inicial de una manejo político catastrófico de la catástrofe social que siguió al llamado error de diciembre de 1994. Esto condujo a su partido a la pérdida de la mayoría parlamentaria, del gobierno de la capital y de la presidencia de la República.

De EZ a EPN

Enseguida, el accidente histórico que llevó a la presidencia a Ernesto Zedillo, tras el asesinato de Colosio, dio paso al accidente que llevó a Fox a una presidencia que resultó dispersa desde el gabinete hasta, incluso, la casa presidencial. El Poder Ejecutivo se fue diluyendo ante el poder de los gobiernos estatales y de las grandes corporaciones privadas. Además, fue dejando vacíos, llenados por las bandas criminales. Con la elección de Calderón, la fragmentación se convirtió ya en polarización entre partidos y en el desgarramiento del propio.

Y así volvemos al encuentro de anoche del presidente Peña Nieto con su partido, tras los primeros pasos por reconstituir el tejido del poder político diluido en estos lustros. Se rescatan poderes de decisión secuestrados por un sindicato, zonas de regulación estatal neutralizadas por grandes corporaciones privadas, y territorios tomados por el crimen. La diferencia está en que esta reconstitución del poder del Estado no descansó en una reconcentración del poder en el Ejecutivo, sino en un sistema de acuerdos entre partidos que le abrió el paso a un nuevo sistema regulatorio a aplicar por órganos constitucionales autónomos. Así, no parecería probable que un presidente que mostró la capacidad operativa para unir a las principales fuerzas políticas en un gran acuerdo nacional, pueda perder el control de su partido, o romper su unidad, como lo hicieron sus tres antecesores.

(El autor es el director general del Fondo de Cultura Económica)




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