Psicosis 4:48

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Opinión
/ 17 agosto 2014

En Coahuila, cualquiera hora es buena. Descanse en paz la señora de las dos muertes. Caray, cuánto dolor tenía en su alma, cuánto

Coahuila no es el paraíso. Aquí pocos o nadie sonríe. Coahuila, apuntó lacónico el matemático Miguel Ángel Wheelock, es La tierra de la desesperanza. Tierra yerma, áspera, brutal. Tierra donde crece la cizaña pero no el trigo bueno. Aquí sopla un viento negro, un viento hostil, un viento bruno el cual a todos lastima por igual. Este viento preñado de tristeza y melancolía desata la ictericia de los habitantes de este desangelado valle y su humor maldito penetra entre la piel y el esqueleto. ¿Es Saltillo y la región una ciudad para desdichados, para tomar prestada una imagen y libro de Marco Antonio Campos? Tal vez sí. Aquí, para decirlo en plata pura, es mejor estar muerto a estar vivo.

Lo he escrito antes no pocas veces: hay una hora macilenta, una hora llamada del lobo. Esta hora es alta y agobiante. Es por lo general entre las 3:30 y las 5:20 de la noche. Perdonadme lectores el no escribir de la mañana. En honor a los ojos, la maldita claridad no se ve por ningún lado a esta infausta hora y sí se ve una clara sombra, para decirlo en oxímoron de Octavio Paz. Esta hora del lobo es feraz. Mientras la ciudad duerme, los insomnes como este escritor, pelamos los ojos como platos, pensamientos suicidas nos agobian, la aflicción se ceba en nuestra carne y no vemos salida alguna al padecimiento de tanto sentir.

¿Cómo dejar de pensar en esta hora maldita, esta hora del chacal, entre las 3 y las 5:00 de madrugada? Pues hay una solución, dejar de sentir, dejar de vivir; es decir, morir. Según investigaciones en la Gran Bretaña, a las 4:48 de la noche (minutos más, minutos menos, da igual) es la hora en que ocurren más suicidios en Inglaterra. Es el momento, dicen las investigaciones, de mayor lucidez de los enfermos y pacientes psiquiátricos, luego de la ingesta y pasado el efecto de los fármacos recetados la noche anterior.

La joven dramaturga inglesa Sarah Kane (1971-1999) lo sabía y por ello dejó por escrito una obra de teatro perturbadora, la cual gira en torno a los últimos ocho minutos de vida de una protagonista, ella misma, en la cual el personaje se debate entre su psicosis (Psicosis 4:48), la ingesta de fármacos que controlan su vida, la lucidez, su decisión, su libertad y la solución extrema, el suicidio. Sarah Kane así lo hizo. Se suicidó. Tenía 28 años. Se cortó las venas y se ahorcó en el mismo Hospital en el cual se había internado voluntariamente dos días antes.    

Esquina-bajan

Siguen los suicidios en la región sureste. Sin ser fatalista y si realista, los suicidios van a seguir. Ya las autoridades tratan el tema. Ignoro la política de Héctor Zapata, nuevo titular de Salud, pero sí la atención por parte de Lauro Cortés y claro, de Carlos García Vega. Pero, ausente están las políticas al respecto por el Municipio (Chilote López Villarreal y Lourdes Naranjo); la Secretaría de la Mujer nada hace al respecto, no obstante que el último suicidio fue de una atormentada ama de casa de 31 años. Bárbara de la Rosa se colgó en su domicilio. Dejó tres niños en la orfandad.

La dramaturga Sarah Kane es considerada una de las autoras más influyentes en esta época. Antes de lograr su cometido de suicidarse, ya había tenido un intento fallido. En el segundo lo logró. Y lo anterior viene para este escritor a recuerdo, porque uno de los suicidios más impactantes fue el que tuvo lugar el  martes 29 de julio. Ese día infausto se cumplieron cuatro suicidios en igual número de días. Una mujer sin nombre de entre 50 y 55 años planeó su método infalible.

Primero, se disparó en la sien con un arma de fuego la cual ató a su blusa. ¿Dudas de quedar vida y seguir sintiendo? Para esto, se había enlazado con una soga en un árbol fuerte, que no se doblegara. Al quedar inconsciente (o muerta) por el disparo, caería y se asfixiaría. La segunda muerte. Así ocurrió. 4:48, la hora de los suicidios en Inglaterra.

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