A sus pies

Opinión
/ 6 diciembre 2021
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Ahora las mujeres ya casi no usan medias: traen zapatos de tacón alto y todo, pero generalmente los pies desnudos y a pleno aire.

A mí eso me parece bien. No critico tal uso, como hacen algunos rigurosos censores de la moda. Ellos opinan que las medias son en la mujer lo que el traje en el hombre, o la corbata. Pero ¿quién lleva ahora traje? La corbata se va volviendo también prenda paleontológica.

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Los pies de la mujer son atractivos, aunque no tanto como otras partes de su cuerpo, dicho sea con el mayor respeto. Siempre el pie femenino ha ejercido un mágico atractivo sobre el hombre. De ahí expresiones como aquella que desgraciadamente ya no se usa, porque era muy galante: “A los pies de usted, señora”. Eduardo Zamacois, novelista español hoy olvidado, tiene un personaje que seducía a las mujeres únicamente para poder besarles los pies. Con eso llegaba al erótico espasmo; alcanzaba el clímax sexual sin requerir estímulos mayores. Sus parejas se quedaban desvestidas y alborotadas.

Hay un fetichismo de pies, no cabe duda. Agustín Lara escribió un bolero en el cual dice: “Es tu pie chiquitito como un alfiletero...”. Otra canción -”Por si no te vuelvo a ver”- describe la belleza de la musa: “... Tú, la de los ojazos negros, la de boca tan bonita, la de tan chiquito el pie...”.

Antes también se pedía en los hombres pequeñez de pie. Esa era señal de buena cuna. Cuando el virrey Marquina llegó a la Nueva España no fue bien aceptado porque tenía pies muy grandes. Un criollo socarrón hizo una apuesta: le diría al virrey, en su cara, que era muy patón y muy pendejo. Ganó la apuesta. Al terminar una prueba de equitación en que el virrey participó, le entregó un ramo de flores al tiempo que le decía: “Señor: a pie y a caballo nadie os gana”. En aquel tiempo la palabra “caballo” era sinónimo de tonto.

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Ahora, por fortuna, ya nadie se fija en la medida de los pies del hombre. A los varones eso no les importa, y las señoras descubrieron -con el sistema de prueba y error- que la supuesta relación entre el tamaño de las extremidades inferiores con el de otras regiones anatómicas del hombre es puro engaño, como las estadísticas.

Ahora, si el tiempo lo permite, nuestras amables compañeras andan muy orondas con sus lindos y delicados pies al aire. Así van a las bodas y demás solemnes y significativas ceremonias. “Las medias para el invierno”, han de decir. Algunas se pintan las uñas, y otras se ponen en el tobillo cadenitas como para encadenar a sus pies las miradas del varón.

Lo cierto es que, pónganse lo que se pongan -o quítense lo que se quiten-, las mujeres se ven siempre muy bien. Se vieron bien con corsé y peinado de bandós; con bloomers y el cabello a la flapper; con sencillos vestidos de tela estampada y baratita, como en la Segunda Guerra, cuando escasearon las medias porque el náilon era para los paracaídas, y se pintaban ellas una raya en las piernas para que pareciera que las traían. Lucieron bien -¡muy bien!- con minifalda; con midi y maxifalda; con falda de medio paso o crinolinas; con aquella prenda que se llamó chemisse, y luego en pantalón.

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También –si faltara esta declaración la cita quedaría incompleta- se ven muy bien sin nada.

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