A Trump su soberbia lo hará caer
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Donald Trump acaba de decir que el acuerdo comercial que Estados Unidos tiene con Canadá y México le vale madre, si me es permitida esa expresión plebea. A individuos como él su soberbia los lleva a cometer errores que terminan por perderlos
Todo indica que jamás terminarán las desventuras maritales de don Cucoldo. Hace unos días sorprendió a su esposa en coición adulterina con un sujeto de baja condición social, a juzgar por las expresiones que profería al realizar el acto. Decía “mamasota”, “cochononas” y otros terminajos de similar jaez, contrarios todos a las más elementales reglas de la gramática. Seguramente los habría criticado don Rufino José Cuervo, maestro en el uso del lenguaje. Me da pena decirlo, pero a la vista de tan ilícito espectáculo don Cucoldo no se pudo contener y le enrostró a su mujer la palabra de las cuatro letras. Le contestó, mortificada, la señora: “¡Ay, Cucú! ¡Ya vas a empezar con tus indirectas!”... Florenciana, estudiante de enfermería, le contó a una amiga: “Presenté el examen de Anatomía ante tres maestros. Me tocaron los órganos sexuales”. “¡Mira! –se asombró la amiga–. ¡Tan serios que se veían!”... Don Felipe Brondo tenía su tienda de artículos religiosos frente a la Plaza de Armas de mi ciudad, Saltillo. Hombre bueno, bonísimo era él. Católico devoto, apoyó moralmente la rebelión cristera, y por eso sufrió larga pena de prisión en las Islas Marías. Uno de los artículos que más vendía don Felipe era el catecismo del P. Ripalda, cuyo nombre, precedido de esa sonora letra, la pe, aparecía en la portada del opúsculo. Mi tío Raúl Aguirre, liberal extremado, jacobino, acechaba la hora en que en la tienda del señor Brondo había curas o monjas; irrumpía en el local y con su voz de trueno le preguntaba al catolicísimo señor: “Don Felipe: ¿tiene usted el catecismo del pendejo Ripalda?”. “¡Don Raúl!”, se consternaba el librero. Inquiría, malévolo, mi tío: “¿Entonces qué quiere decir la pe?”. Mi abuela Liberata, mamá Lata, me hizo aprender de memoria ese catecismo. A los 5 años lo recitaba yo como perico. Supe entonces de los siete pecados capitales: lujuria, gula, ira, pereza, envidia, avaricia y soberbia, aunque no sabía bien a bien –o mal a mal– en qué consistían. Me enteré igualmente de que hay antídotos para prevenir los malos efectos de esas vitandas culpas: contra lujuria, castidad; contra gula, templanza; contra ira, paciencia; contra pereza, diligencia; contra envidia, longanimidad; contra avaricia, largueza; contra soberbia, humildad. Al paso de los años sabría yo que la soberbia es el peor de los pecados, pues en ella se originan todos. Por soberbio cayó a los abismos Lucifer, el príncipe de las milicias celestiales, y más modernamente por soberbios se hundieron especímenes de la peor ralea humana, como Napoleón, Hitler y Mussolini. Soberbio en grado extremo es también Trump. Acaba de decir que el acuerdo comercial que Estados Unidos tiene con Canadá y México le vale madre, si me es permitida esa expresión plebea. Individuos como él son un forúnculo o buba purulenta en el culo del mundo. Esos tales caen siempre por su propio peso. Su soberbia los lleva a cometer errores que terminan por perderlos. Cuestión de esperar. Mientras tanto siga nuestra Presidenta capoteando las embestidas de ese bestial sujeto, que pese a sus astucias y sus mañas lleva en la frente la P, que en este caso tiene el significado que le adjudicaba mi comecuras tío Raúl. Y a otra cosa... Libidio Pitongo ingresó a la Iglesia de la Quinta Venida. (No confundir con la Iglesia de la Quinta Avenida, que permite a sus feligreses cometer el pecado de fornicación siempre y cuando estén al corriente en el pago de sus cuotas). El pastor Rocko Fages le preguntó a Pitongo: “¿Renuncias a las pompas y vanidades del mundo?”. “A las vanidades sí, reverendo –contestó el lúbrico sujeto–. A las pompas no sé si podré renunciar”... FIN.
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