ADN de la crónica y la historia
Plácido Garza DETONA A ciertas edades, la memoria se vuelve un monumento y los cronistas ayudan a salvarla de las garras del “alemán”
¿Les platico? ¡Arre!
Frente al olvido , recuerda.
Ante el descuido, investiga.
Cierta dosis de curiosidad por la historia me llevó ayer a coronar por la tarde un frenético día de muchas leguas.
Tres horas antes del inicio del evento “aterricé” a una mesa donde fui acompañado por Polo Espinosa y Xavier Doria.
Se trataba de atestiguar la entrega a Polo Espinosa, de la “Presea Leopoldo Espinosa Benavides”, por parte del Consejo Metropolitano de la Crónica.
A propósito...
Por cualquier puerta se sale del mundo, una de ellas es la del olvido, que más que puerta es una escotilla.
En cambio, para conocer nuestro pasado e historia hay que traspasar más que puertas, portones, donde sus goznes hacen crujir la ignorancia colectiva, tendenciosa y premeditada, como la de los libros de texto gratuito que siembran en nuestros niños y adolescentes tempranos, ideología en vez de tecnología y el rigor del conocimiento.
A la SEP y sus esbirros les faltan pedagogos y les sobran demagogos.
Por eso, el conocimiento de la historia debe enfocarse no solo en gente de las terceras edades, por muy doradas que sean y parezcan, sino también -y principalmente- en los pacientes por excelencia de los dermatólogos, los del grano en la cara, para que en vez de pomadas y artilugios estéticos, se los quiten los cronistas como Polo Espinosa, Agustín Serna, Oscar Tamez, Carlos Gómez, Juan Alanís y muchos otros, con lecturas, anécdotas e historias de nuestro pasado y de dónde venimos.
La tarde de este jueves 20, en un pletórico salón del Casino Monterrey, abundó gente de edades maduras y faltaron pacientes de los dermatólogos.
También faltaron los que se dicen “analistas” y peor aún, “periodistas”, que pululan en las “malditas redes sociales” -como las llamó Umberto Eco- y que se reproducen cual gremlins en aguacero en el lodazal de chats vueltos viles y decadentes chales, firmando con sus nombres los textos de otros o las listas en breña del súper, que les dictan los áridos cerebros que coronan cuerpos adiposos.
La tarea del cronista es preservar monumentos y memorias.
La tarea de nosotros es rendirles culto a la educación y a la historia de estas bárbaras tierras del norte.
La tarea de todos es quitarle a la historia y a la crónica, el olor a alcanfor y naftalina.
Por defecto de cabeza y no de corazón, no hablo más de Polo.