Saltillo: Cuando el espectáculo ocupa el lugar de la agenda pública
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El verdadero peligro del pan y circo contemporáneo no es que existan fiestas, rodeos o conciertos, sino que terminemos confundiendo el espectáculo con el gobierno
Hay una vieja fórmula de la política que parece no envejecer: “Al pueblo, pan y circo”. Dar a la gente algo que satisfaga sus necesidades inmediatas y algo que la entretenga; no necesariamente para engañarla, pero sí para mantener su atención ocupada mientras los asuntos importantes esperan. Es el caso de la mayoría de las ciudades mexicanas y sus gobiernos.
La expresión viene de Juvenal, poeta y satírico romano que vivió entre los siglos 1 y 2 de nuestra era. La frase cobra sentido porque durante su vida gobernaron Roma: Nerón, Vespasiano, Tito, Domiciano, Trajano y Adriano, entre otros. En su Sátira X utilizó la expresión panem et circenses (pan y juegos de circo) para criticar a una sociedad que había dejado en segundo plano los asuntos públicos y se había acostumbrado a pedir satisfacciones inmediatas y entretenimiento.
Han pasado casi 2 mil años. Cambió el Coliseo, pero no necesariamente la fórmula.
Hoy no hace falta repartir pan ni llenar un anfiteatro. Hay conciertos, festivales, inauguraciones, campañas en redes sociales, videos, anuncios, eventos deportivos y una interminable sucesión de imágenes destinadas a mantener nuestra atención. El problema no es que existan. El riesgo surge cuando empiezan a ocupar el lugar de lo importante. Y ahí aparece la pregunta que incomoda: ¿cuánto de la política actual se ha convertido en administración de la atención?
Porque gobernar también es eso: conseguir que la gente mire. La diferencia está en qué se le pide que observe. Saltillo tiene otros asuntos. Mientras la ciudad se prepara para el espectáculo, hay otra que sigue funcionando todos los días: la que abre la llave y se pregunta si habrá agua; la que sale de su casa y esquiva un bache o la que, después de una lluvia intensa –como las que ahora vivimos–, descubre que algunas calles pueden convertirse en ríos. Es la urbe que espera un transporte público que necesita ser más eficiente, la que enfrenta congestionamientos, problemas de movilidad, contaminación, falta de banquetas adecuadas o servicios públicos que no siempre responden a la velocidad con que crece el entorno. Esa ciudad no tiene cartelera, escenario ni luces, y difícilmente se vuelve tendencia en redes sociales, pero esa es la real.
El agua no produce aplausos cuando llega todos los días a una vivienda. El drenaje pluvial tampoco genera una fotografía espectacular cuando cumple su función correctamente. Una calle bien pavimentada deja de ser noticia precisamente porque nadie tiene que hablar de ella. Un transporte público eficiente no necesita una campaña diaria para demostrar que funciona. El éxito de muchas políticas públicas tiene una característica curiosa: cuando operan bien, dejan de llamar la atención. Y quizá por eso resultan menos rentables políticamente que un gran evento.
Y entonces aparece el Rodeo: competencias, conciertos, gastronomía, actividades familiares y una cartelera con nombres reconocidos. Un espectáculo que convoca a mucha gente, que puede generar turismo y actividad económica. Y no hay nada malo en ello. Una ciudad también necesita divertirse.
Pero hay algo que conviene no perder de vista. Quienes comenzaron a impulsar este tipo de eventos entendieron desde el principio que detrás del espectáculo había una oportunidad de recaudación. El negocio del entretenimiento consiste, precisamente, en atraer personas para generar consumo: boletos, alimentos, bebidas, estacionamiento, comercio y patrocinio.
Esa dinámica económica es legítima: un espectáculo puede ser un negocio y puede producir derrama económica. El problema aparece cuando esa lógica comercial comienza a confundirse con una política pública o cuando el éxito de la recaudación termina convirtiéndose en el principal argumento para justificar cualquier evento, sobre todo cuando beneficia a quienes lo promueven. Una cosa es organizar un show para ganar dinero y otra muy distinta utilizarlo como sustituto de la gestión pública.
El gobierno puede promover un evento y, al mismo tiempo, tener que resolver el desabasto de agua. Puede organizar un concierto y tener pendiente el drenaje pluvial. Puede inaugurar una obra y seguir enfrentando problemas de movilidad. Puede llenar una plaza y tener que responder por el estado de las calles. No existe contradicción en ello, pero esta aparece cuando el espectáculo comienza a convertirse en la principal medida de la gestión.
El problema no está en el evento, sino en lo que ocurre alrededor.
La pregunta relevante no es cuánto éxito tiene un espectáculo, sino qué lugar ocupa dentro de las prioridades de gobierno. ¿Cuánto se invierte y cuánto genera? ¿Quién se beneficia? ¿Qué objetivos públicos persigue? ¿Qué problemas se están atendiendo simultáneamente? ¿Qué resultados son comprobables? ¿Qué desafíos siguen esperando mientras muchos celebran? Porque la ciudadanía tiene derecho al entretenimiento, pero también tiene derecho a exigir cuentas. ¿Nos dirán cuánto gastan y cuánto entra? Ojalá que así sea.
El verdadero peligro del pan y circo contemporáneo no es que existan fiestas, rodeos o conciertos, sino que terminemos confundiendo el espectáculo con el gobierno: una cartelera con una política pública, una fotografía con un resultado, un anuncio con una solución o la popularidad con la evaluación.
El problema tampoco es el circo, sino cuando este se convierte en la agenda. Saltillo puede y debe tener celebraciones y espectáculos, siempre que respondan a la sociedad y generen beneficios comprobables. Pero eso no puede desplazar las prioridades menos visibles: agua suficiente, calles transitables, drenaje, movilidad, transporte digno, seguridad vial y servicios públicos eficaces. No existen índices que comprueben el lugar que podría ocupar la ciudad en esos rankings, pero si los hubiese, andaría por los primeros. Sus gobernantes le han tomado la medida a la población. Así las cosas.