Aleco y el inesperado color de la esperanza

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Opinión
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Santos se apropió de la burla, le quitó el veneno y la convirtió en un gran punto de encuentro con su gente. Algo que nació para lastimar terminó uniendo.

En el futbol, las coincidencias duran poco: muy pronto se convierten en cábalas. Hace unas semanas, “Color Esperanza” apareció ligada a Aleco Irarragorri en uno de los momentos más difíciles de Santos. La imagen se volvió tema de conversación y, como ocurre en las redes, dio pie a comparaciones y bromas. Surgió la referencia a “Chava Iglesias”, más por la edad y el apellido del joven presidente que por una lectura seria de su trabajo al frente del club.

La comparación era demasiado fácil. Sirve para fabricar memes, pero no para explicar lo que está pasando en Santos.

Hoy la misma canción cierra los partidos en el Corona. Después de ganarle a Juárez, remontar de visita al Toluca y vencer a Pachuca, Santos suma tres victorias consecutivas por primera vez desde marzo de 2024. El sábado, más de 21 mil personas encendieron las luces de sus teléfonos y cantaron una letra que semanas antes parecía condenada al sarcasmo. El TSM volvió a pintarse de verde y blanco. No es una resurrección, pero sí una señal visible.

¿Coincidencia? Claro. Ninguna canción marca, defiende ni detiene penales. Pero el futbol también se construye con símbolos. Santos se apropió de la burla, le quitó el veneno y la convirtió en un gran punto de encuentro con su gente. Algo que nació para lastimar terminó uniendo. Eso también es gestionar un club.

Detrás de la racha hay algo más que fortuna. No una obra terminada ni una prueba definitiva, pero sí un proyecto que empieza a hacerse visible.

Hay un elemento importante que suele quedar fuera de la conversación: la relación de Aleco con Santos y La Laguna no se limita a un cargo ni a un apellido. Aleco vive aquí. Está aquí. Convive con la gente, recorre la ciudad, escucha y carga con la presión de encabezar la institución que más emociones mueve en esta región. No dirige a Santos desde una oficina lejana ni llega solamente para la fotografía.

Esa presencia no lo vuelve infalible ni elimina el derecho a cuestionarlo. Los resultados recientes han sido malos y la afición tiene razones para exigir. Santos dejó de competir como su historia demanda y el Corona perdió parte de aquella atmósfera que intimidaba. Reconocer lo que comienza a hacerse bien no borra el expediente; significa mirar la historia completa.

Aleco llegó a la presidencia en octubre de 2024 siendo muy joven. Desde el primer día cargó con el apellido, la sospecha del privilegio y una comparación televisiva hecha a su medida. Le ha tocado aprender bajo una exposición sin tregua. El último año le dejó más experiencia que muchos cursos: derrotas, estadios vacíos, protestas, fichajes cuestionados y la obligación de dar la cara cuando era más cómodo esconderse.

Y ha dado la cara. Está presente, habla, escucha y acompaña al equipo. Celebró la remontada ante Toluca al borde del palco y de la prudencia. Su manera de involucrarse puede discutirse; su interés, mucho menos.

Además, comienza a verse una línea de trabajo: respaldo a Renato Paiva cuando lo sencillo habría sido cambiar de entrenador, inversión en visores y fuerzas básicas, y un plan hacia 2030 con una meta concreta: que Santos aporte cinco futbolistas mexicanos a la Selección en ese Mundial. Puede sonar excesivo, pero obliga a mirar más allá del siguiente domingo y devuelve a la cantera un lugar central.

Un proyecto no se prueba en una conferencia ni queda validado por tres victorias; se prueba cuando las decisiones conservan sentido después de una derrota. Ahí estará el examen: demostrar que la paciencia no es pretexto, que la cantera no es discurso y que el horizonte de 2030 tiene pasos verificables desde hoy. Tampoco sería justo esperar cuatro años para reconocer cada avance.

Estas victorias no deben silenciar la crítica, sino afinarla. Ahora corresponde observar qué cambió para que aparecieran. Hay un equipo más ordenado, un entrenador respaldado, jugadores que compiten y una tribuna que decidió regresar y creer, aunque sea con cautela. Nada garantiza que la racha continúe, pero algo empieza a tomar forma.

El sábado, la imagen más importante no fue el penal de Fran Villalba ni la tercera victoria al hilo: fue el estadio conectado otra vez con el equipo. Durante unos minutos, el sarcasmo dejó de mandar y la esperanza volvió a ser verde.

Aleco tiene mucho que demostrar y lo sabe. Su gestión debe juzgarse por lo que hace, no por su edad, su apellido o un personaje de televisión. Reconocerlo no es adulación, sino una forma de juzgar con la misma atención los errores y los avances de alguien que eligió vivir aquí y trabajar con la gente. Entre la crisis y la exigencia, el proyecto empieza a encontrar una voz. Y resulta que todos conocemos la canción.

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