Ayudas sociales, síntoma de un año electoral
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Coahuila es uno de los estados con menos pobreza en el país. Lo dicen las estadísticas, lo dicen los informes de gobiernos. Pero cada año electoral, y hay varios en este país, el presupuesto para “ayudas sociales” suele incrementarse.
El gobierno de Coahuila, por ejemplo, presupuestó para este año 3 mil 199 millones de pesos en ayudas sociales, más de mil millones de pesos más que lo que se destinará a inversión pública, según el presupuesto de egresos. En 2025, un año no electoral -de los pocos- el gasto fue de 2 mil 544 millones de pesos.
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En 2024, año en donde hubo elecciones estatales para renovar los 38 ayuntamientos, además de las elecciones presidenciales, el gasto en este mismo rubro fue de 3 mil 403 millones de pesos.
Si hay 25 mil 600 personas en pobreza extrema en Coahuila como indica la estadística del INEGI en 2024, quiere decir que este año cada uno recibiría 132 mil 930 pesos, es decir, más de 11 mil pesos al mes. La pregunta es si realmente ese dinero llega a esas manos.
La realidad sabemos que va más allá de esa aritmética. La realidad es que cada ciclo electoral trae consigo un fenómeno tan predecible como las bardas pintadas y los spots interminables: el súbito amor de los gobiernos por el gasto social: despensas, tinacos, huevo, botes de pintura y demás.
Porque sabemos que de pronto los programas sociales se refuerzan, los padrones se amplían y los apoyos, ahora sí, llegan con puntualidad inglesa.
No se trata de compromisos cumplidos o de disciplina financiera, se trata de acatar un calendario a conveniencia donde el único fin es que el votante quede satisfecho con el apoyo.
No es cosa de un gobierno o de un color. Inclusive ya tampoco de presupuestos municipales o estatales, pues ya es parte también de la “inversión” de regidores, diputados, senadores o aspirantes. Todos por igual lo aplican. Porque en el México clientelar, el Estado que otorga ayudas sociales se convierte en el benefactor, en el salvador.
Las ayudas sociales, legítimas y necesarias en muchos contextos, se convierten entonces en una estrategia electoral: hablan de cercanía, de justicia, de resultados tangibles. El problema no es el apoyo en sí, sino su timing para lograr un beneficio en las urnas.
El tema tampoco es no dar apoyos sociales, sino vigilar que éstos no sean dirigidos con fines electorales, pues al menos la coincidencia de los aumentos en años donde la gente acude a las urnas, así lo indica.
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AL TIRO
En Coahuila había 731 mil 400 personas en pobreza moderada en 2018; para 2022 eran 538 mil 300, y para 2024 eran 396 mil 200. Uno pensaría que la cifra destinada a apoyos sociales tendría que disminuir, suponiendo que cada vez menos personas requieren de ese apoyo.
Al final, el elector recibe el mensaje, aunque no siempre lo diga en voz alta: el bienestar llega cuando conviene. Y así, elección tras elección, el presupuesto social se estira como acordeón, marcando el ritmo de la contienda. No es un secreto ni una conspiración; es una vieja costumbre democrática. La pregunta incómoda no es si ocurre, sino cuánto nos hemos acostumbrado a que ocurra.
No por nada automáticamente quien preside los puestos de desarrollo social, suele estar en la baraja de personajes que buscan un cargo más alto en la estructura política.